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Las claves de un mítico candidato

''Colosio, el asesinato'', es la más reciente película de Carlos Bolado. Recién estrenada en todo el país, coloca en el escenario político al viejo PRI y al malogrado político

Por: EL INFORMADOR

lEnoc Leaño caracterizado como Luis Donaldo Colosio, en una escena que recrea el histórico mítin en Tijuana.  /

lEnoc Leaño caracterizado como Luis Donaldo Colosio, en una escena que recrea el histórico mítin en Tijuana. /

GUADALAJARA, JALISCO (10/JUN/2012).- El juego del poder está compuesto por azares, revanchas y odios; venganzas, desamores y mentiras. La política necesita de los  mitos. La percepción es su campo de batalla, ese escenario de narrativas y discursos que construyen las historias que marcan a un país.

En México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) es precisamente el receptáculo de una serie de pesos, equilibrios y mitos que dibujan la historia política del país. Como muchos lo han señalado en distintas ocasiones, más que un partido, el tricolor es la viva institucionalización de la cultura política nacional, antes que un instituto político, el PRI es un régimen.

Uno de los personajes estelares en esta construcción histórica del PRI y de la incipiente democracia en México, es precisamente Luis Donaldo Colosio. Candidato del PRI asesinado en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana en 1994, Colosio es parte del salón de los intocables priistas que pasan lista, empezando con el nombre de Lázaro Cárdenas y que incluye a íconos del partido como es el caso del recién fallecido Miguel de la Madrid Hurtado o el propio Plutarco Elías Calles, tan nombrado como el articulador del proyecto nacional tras la Revolución Mexicana.

Así, el PRI ha sido una maquinaria respaldada por liderazgos carismáticos que redefinen la visión del partido, el tricolor nunca ha sido el mismo tras la intervención en escena de sus innegables caudillos.

Sin embargo, una maquinaria de tan alto calibre y tanta complejidad, no oscurece una de sus principales falencias: el personalismo y el papel de los caudillos. Un instituto político que ha construido múltiples instancias, edificios majestuosos en los estados con complejos arreglos, con sindicatos y corporaciones, al final depende de una voz: la del Presidente de la República y la del candidato a sucederlo. Esa apariencia indestructible, llena de historia y símbolos compartidos, se derrumba ante el parpadeo del caudillo; ante los personalismos, el PRI es sólo un caparazón, no representa prácticas compartidas, ni ideales consensuados, es una maquinaria vertical que se prende con el cerrillo de aquél que legitima o ilegítimamente se entrona.

A la pantalla grande


Luis Donaldo Colosio es parte de esa cultura política, y posiblemente es su producto más terminado, la cúspide de la construcción política priista. Hombre de ideología confusa que mezcla el pasado nacional revolucionario con un presente neoliberal ineludible, Colosio siempre fue la cara legítima del Gobierno de Carlos Salinas de Gortari. No es difícil afirmar que 1994, con los asesinatos de personajes tan cercanos al régimen y con la ebullición zapatista en su momento de mayor auge, podría haber significado una transformación más profunda del aparato político en México si no hubiera estado recorriendo el país la figura carismática de Luis Donaldo Colosio.

Colosio es en sí mismo una paradoja desde muchas ópticas: por un lado, es un hombre con un extraordinario don de relacionamiento social, con una apertura innegable a los temas que reclama la ciudadanía y con un mensaje popular capaz  de transitar entre una sociedad cansada del autoritarismo; y, por el otro lado, Colosio es el rostro amable del viejo régimen, la fachada de esa apertura goteada del priismo y constituye la aprehensión a los valores no democráticos del viejo régimen. Así, Colosio puede ser la Evita Perón del justicialismo, el Alan García del APRA en Perú o Fernando Collor de Melo en Brasil, son el barniz de un régimen agobiado y que lanza en la voz de personajes sólidos y cálidos, un mensaje de renovación interna.

En este marco, de la llegada a la pantalla grande de la película Colosio: el asesinato, que narra uno de los hechos más paradigmáticos de la historia política de México, puede interpretarse que,  en primer lugar, es una narración que ejemplifica la complejidad de un sistema político subsumido en un signo partidista y débil en términos institucionales.

El “complot”, el misterio y la oscuridad se entrelazan para revelar una de las características más evidentes del viejo régimen: la secrecía. La simulación, como en todo marco político autoritario y con niveles muy bajos de penetración democrática, es una obligación del gobernante: los medios de comunicación deben silbar al ritmo de las notas que ejecuta el partido; la información tiene que estar resguardada en las conciencias más leales al régimen; y la respuesta debe ser rápida, contundente y valiente.

Los paisajes autoritarios son un calvo de cultivo exquisito para la aparición de las recetas conspiratorias, aquellas que creen en la forma en que racionalmente se controla al mundo, en donde algunos empoderados dictan a diestra y siniestra el camino que debe tomar la historia.

De la misma manera, la historia del “asesino solitario”, la tesis defendida por la Procuraduría General de la República (PGR), nunca llegó a ser convincente para una gran parte de los mexicanos, solamente otra fachada. Otro elemento más que abona a la sed por las teorías de conspiración.

Como segundo elemento, cualquiera podría creer que la proyección de una película como esta obedece a que en épocas electorales, el PRI necesita hacer uso de uno de sus personajes más legítimados en la opinión pública, por un lado, y por otro, que sus opositores piensan mostrarle a la población el rostro autoritario de ese PRI que se reclama renovado.

Ante esta idea del posible retorno del PRI antidemocrático a Los Pinos, Colosio surge como una forma de reivindicar a ese tricolor cercano a la gente, que conoce los problemas de la población y que hace del diálogo con la sociedad su principal arma. Digamos que Colosio es una de esas pocas caras de las que el PRI no se quiere deslindar, uno de los eslabones de más orgullo en el Priato.

Una tercera lectura es rescatar ese galimatías ideológico que tan popular hizo al PRI en el salinismo. Aunque no sea fácil explicar en qué consiste el liberalismo social, ni tampoco solventar sus innumerables deficiencias conceptuales, lo cierto es que esa idea de asociar la meritocracia y la libertad individual tan defendidas por el pensamiento liberal con un mínimo de justica y atención social, piezas claves del pensamiento de izquierda, dibuja con claridad la tendencia ideológica que el mexicano ha tomado en los últimos años.

Según la encuesta sobre valores y percepciones de los mexicanos, publicada por la revista Nexos, los mexicanos somos individualistas, creemos en el mérito más que en el linaje y en el esfuerzo personal, principios defendidos por el liberalismo más clásico. Por el otro lado, los mexicanos condenamos la pobreza, sobre todo la absoluta, y creemos que la participación ciudadana es clave (queremos más incluso), fundamentos ineludibles de la izquierda moderada a nivel mundial. Así, Colosio se adueñó del centro político, posición ideológica que el PRI ha logrado monopolizar en el último proceso electoral.

Decía David Crocker, teórico de la Ciencia Político, que los muertos tendrían que estar en los parlamentos: “siempre generan consensos”. La imagen pura, mitificada y real de Colosio tiene que ser vista a la luz de un sistema político urgido de legitimidad y en los coleteos que en 1997 marcaron su olvido de las mayorías absolutas.

La película de Colosio se enmarca en esta lógica, más que en la vida y obra de un político que se ha convertido en mito de su tiempo, de un suceso que puso contra la pared a un régimen que vivía con sus últimas bocanadas de oxígeno. Así, en la pantalla grande, el mito de Colosio ha vuelto a cobrar vida.

Colosio, el asesinato, es la más reciente película de Carlos Bolado. Recién estrenada en todo el país, coloca en el escenario político al viejo PRI y al malogrado político

Cualquiera podría creer que sus opositores piensan mostrarle a la población el rostro autoritario de ese PRI que se reclama renovado

Tapatío

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