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Miércoles, 22 de Noviembre 2017
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Las andanzas de unas botas

Tusquets Editores comparte un fragmento del más reciente libro de Mankell con los lectores de EL INFORMADOR
Fragmento del libro 'Botas de lluvia suecas', Henning Mankell de John Connolly,  publicado con autorización de Tusquets Editores. ESPECIAL / Tusquets Editores

Fragmento del libro 'Botas de lluvia suecas', Henning Mankell de John Connolly, publicado con autorización de Tusquets Editores. ESPECIAL / Tusquets Editores

GUADALAJARA, JALISCO (04/SEP/2016).- Mi casa se quemó una noche de otoño hace casi un año. Fue un domingo. Había empezado a levantarse viento a primera hora de la tarde. Al anochecer pude ver en el anemómetro que las ráfagas de aire superaban los veinte metros por segundo.

El viento era del norte y muy frío a pesar de que aún estábamos a principios del otoño. Cuando me acosté a las diez y media, pensé que esa era la primera tormenta otoñal que cruzaba la isla que había heredado de mis abuelos maternos.

Otoño, pronto invierno. Una noche, el agua del mar empezaría a helarse lentamente.

Era la primera vez ese otoño que me metía en la cama con calcetines. El frío lanzaba su primera embestida.

El mes anterior había arreglado el tejado haciendo un gran esfuerzo. Fue un trabajo enorme para un pequeño artesano. Había muchas tejas viejas y rotas. Mis manos, que una vez sujetaron bisturís en complicadas operaciones quirúrgicas, no estaban hechas para manejar ásperas tejas.

Ture Jansson, que había sido cartero aquí fuera, en las islas, durante toda su vida profesional, pero ya estaba jubilado, se había encargado de transportar las tejas nuevas desde el puerto. No quiso ni siquiera cobrar por ello. Como yo he instalado una consulta improvisada en mi cobertizo para ocuparme de todos los achaques imaginarios de Jansson, quizá pensara que debería devolverme el favor.

Durante todos estos años he examinado abajo, en el embarcadero junto al cobertizo, sus supuestos dolores de brazos y espalda. He alcanzado el estetoscopio colgado de un señuelo para cazar eíderes y he constatado que sus pulmones y su corazón sonaban como debían. En todos esos reconocimientos repetitivos, Jansson siempre ha demostrado encontrarse en perfectas condiciones. Su miedo a enfermedades imaginarias ha sido tan exagerado, que yo, durante los muchos años que ejercí de médico, nunca vi nada parecido. Ha sido cartero y, además, hipocondriaco a tiempo completo.

En una ocasión se quejó de un dolor de muelas. Entonces me negué a prestar atención a sus dolores. Si fue al dentista en tierra firme, eso ya no lo sé. Me pregunto si este hombre habrá tenido alguna vez una sola caries en los dientes. ¿No sería que le rechinaban los dientes cuando dormía y que por eso le dolían?

La noche del incendio yo había tomado, como de costumbre, un somnífero y me dormí enseguida.

Me despertaron unas potentes lámparas que se encendieron de repente. Cuando abrí los ojos, la luz que me envolvía me cegó. Bajo el techo del dormitorio flotaba una nube de humo gris. Debí de haberme quitado los calcetines en sueños, cuando la habitación se calentó. Salí corriendo de la cama, bajé la escalera y entré en la cocina. Una penetrante y fuerte luz me rodeaba por todas partes. Vi que el reloj de pared de la cocina marcaba las doce y diecinueve minutos. Me puse como pude mi impermeable negro, colgado junto a la puerta de entrada, me calcé las botas de lluvia, una de las cuales me resultó casi imposible de poner, y salí a toda prisa.

La casa ya estaba totalmente incendiada. Se oía el fragor del fuego. Tuve que bajar hasta el embarcadero y el cobertizo para poder soportar el calor. Allí me quedé luego contemplando lo que pasaba. En esos primeros momentos no pensé en lo que habría ocasionado el fatal incendio. Observaba, sin más, cómo estaba ocurriendo lo imposible. El corazón me latía con tanta fuerza que creí que me iba a estallar dentro del pecho. El fuego me asolaba también por dentro con la misma intensidad.

El tiempo se fundió con el calor. Empezaron a llegar barcos con vecinos medio aturdidos. Pero nunca pude decir después cuánto tiempo duró ni quiénes vinieron. Mis ojos estaban clavados en el fuego y en las chispas que revoloteaban hacia el cielo nocturno. En un instante aterrador me pareció ver de pronto las ancianas figuras de mi abuelo y de mi abuela al otro lado del fuego.

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