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Viernes, 22 de Febrero 2019

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Suplementos | María Trinidad Murillo llegó a Guadalajara hace siete años, desde Huimanguillo, Tabasco

La tejedora que nació sin brazos

María Trinidad Murillo llegó a Guadalajara hace siete años, desde Huimanguillo, Tabasco

Por: EL INFORMADOR

PILAR. Doña Trini, de 54 años, está casada desde hace 20 años con su segunda pareja, es abuela de tres, y sostén de ocho personas. ESPECIAL /

PILAR. Doña Trini, de 54 años, está casada desde hace 20 años con su segunda pareja, es abuela de tres, y sostén de ocho personas. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (21/ABR/2013).- María Trinidad Murillo, la tejedora de ganchillo más rápida de Guadalajara, nació sin el brazo derecho y sin el brazo izquierdo. A los trece años pensó que también le faltaría un marido. Más tarde se dio el lujo de dejar al primer esposo, con quien tuvo un niño y una niña que ahora son unos adultos. Al segundo esposo no lo deja, afirma. Es un buen hombre, afirma.

María Trinidad Murillo, tejedora de ganchillo, veloz, manca de ambos brazos llegó a Guadalajara hace siete años, desde Huimanguillo, Tabasco.

Dice la Enciclopedia de los Municipios que Huimanguillo es la cuna de la Revolución Mexicana en Tabasco. La Enciclopedia de los Municipios no dice que la justicia social jamás llegó a aquella cuna. Eso lo platica María Trinidad Murillo, con el tono centroamericano de tabasqueña, de tumbera andaluza, de mujer alegre. “Huimanguillo: una ranchería muy humilde, donde se vive de la naá. ¡A su mecha! ¿Te vas a creé cuánto le pagan? ¡80 peso al día! ¡Y toda la cosa está carísima!”.

De los de Huimanguillo, casi ninguno tiene dinero para pagar las carpetas y los manteles, que a María Trinidad Murillo le quedan como si los hubieran tejido los ángeles. Por eso se vino a Guadalajara, con la familia en el maletero. Entonces eran el marido, el hijo, la nuera y la hija. Acá sus nacieron tres nietos, que todavía son muy pequeños. Acá ella es el sostén principal de una familia de ocho bocas y ninguna escolaridad.

“Tengo mi esposo desde hace 20 años, que se llama Marco Antonio, que se dedica a cuidarme. Él hace la comida y lava la ropa. Si busca trabajo me deja abandonada. En la tarde salimos a buscá en la basurita latas para vendé”.

María Trinidad Murillo, de 54 de vida, la tejedora más rápida de Guadalajara, sin un solo brazo, con pies prodigiosos, tabasqueña, abuela de tres, sostén de ocho se instala diario, entre las doce y las cuatro de la tarde, en la calle Morelos, a un costado del Palacio de Gobierno. Ahí, en la banqueta, el esposo le tiende una lona negra, sobre la cual apila, las carpetas y manteles de la tejedora. Ahí mismo, sobre la lona negra, ella se sienta arriba de un banco de madera, como los que usan los boleadores de zapatos. Con el dedo gordo y el segundo del pie derecho, María Trinidad se enhebra un hilo de nylon entre el dedo gordo y el segundo el pie izquierdo. Enseguida toma su ganchillo, entre el gordo y el segundo del pie derecho y todo lo hace tan rápido, que uno piensa que lo que está viendo es un par de manos, no un par de pies.

Esta ilusión óptica tiene un origen histórico y uno estético.

El estético: María Trinidad se deja crecer y lima con pulcritud las uñas de los pies, que luego pinta de colores y formas muy de moda. Hoy eligió verde agua y negro. “Me encanta cargar mis uña así”. A esa coquetería se le suman muchas otras; una de ellas es que en que el dedo pequeño de su pie derecho luce adornado por una argolla de matrimonio.

El origen histórico de la ilusión óptica: “Empecé con el gancho cuando tenía como diez años, siempre con lo pié. Apenas había aprendido a caminar, pero yo lavaba, hacía comida, hacía todo con lo pie.  Mis padres me dijeron: ‘Yo pienso que tú pue tejé’. Dilaté como quince días en empezá. Ya mejor me gustó tejé y no estudiar”.

Esos mismos pies de tejedora tienen dotes de cocinera y de maquillista.

Esto último está a la vista de todos los que pasen una tarde por la calle Morelos, entre las doce y las cuatro de la tarde. No hay día, no lo hay, en el que María Trinidad Murillo, 54 de edad, carente de brazos, abuela de tres, sostén de ocho, salga a la calle sin colorearse los ojos, las mequillas y la boca. “Siempre me gusta andá coqueta”, dice, sonríe, levanta la cejas derecha y entorna los ojos. “Tengo amigas a las que le gusta andá toda sucia, no le gusta bañarse. ¿Por qué será que tienen tan sus manos y son así? Yo, aunque sea pidiendo favor, diario ando bañada y guapa”.

Bañada, guapa, tejedora y simpática, María Trinidad le teme a la Dirección Mercados de Guadalajara como se le teme a destierro. “Una inspectora venía diario, me tronaba los dedo y me pateaba el banco. ‘Vamo hacer una cosa’, le dije. ‘Siéntese uste a tejé aquí y deme su trabajo y yo no la voy a moslestá’”.

Pero, la verdad, excepto por los inspectores y el calor seco que castiga por esos días a Guadalajara y a sus habitantes --sobre todo a los que vive más pegados al suelo--, María Trinidad es una mujer muy feliz, afirma ella, al tiempo que los dedos de sus pies siguen tejiéndole centímetros a una carpeta fucsia, a una velocidad casi industrial. Cada día puede tejer hasta seis como esta, aunque nunca ha vendido más de cuatro, en 50 pesos cada una.

Sólo una cosa le falta a María Trinidad Murillo, oriunda de la cuna de la Revolución, manca, tejedora prodigiosa de ganchillo, abuela de tres, sostén de ocho, discriminada por los reglamentos municipales y siempre presentable. Le falta una casa. Ahora habita con toda su prole en un cuarto, en el centro de Guadalajara. No quiere que le regalen la casa; se conforma con que se la vendan barata. “Y yo trabajo mucho para pagársela como renta, pero que no sea cara, porque entonce me vo’a morír y no la vo’a lucír”.

La carpeta fucsia quedó perfecta. Sin novedad. María Trinidad Murillo la toma con sus pies, la revisa minuciosa, la vuelve a revisar, la voltea, la revisa más y sonríe. Uno entiende, hasta entonces, que el que la hizo sin las manos sería muy, muy cruel si algún día la deja ciega

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