GUADALAJARA, JALISCO (18/DIC/2016).- La revista Foreign Affairs abre su edición bimensual noviembre-diciembre con una corta pero interesante entrevista a la cara más reconocible de la ultraderecha francesa: Marine Le Pen. Casi al comienzo, la lideresa del Frente Nacional sostiene que en el mundo “hay una revuelta contra el sistema que ya no sirve a los intereses de la gente, sino que se sirve a sí mismo”. La indignación que comenzó en los países árabes en 2011, hoy se traslada al mundo occidental. El consenso liberal, basado en la globalización y el neoliberalismo como futuro indiscutible del planeta, se encuentra en franca revisión. Aceleradamente crece el apoyo social a esos políticos incorrectos que cuestionan frontalmente el sistema, piden un retorno de la soberanía nacional y encuentran en el pasado un refugio vital ante las incertidumbres del futuro.La rebelión contra las élites y contra lo establecido se apoderó del centro económico del mundo. Si bien, en América Latina, dicha revuelta ocurrió entre los años 90 y mediados de la década anterior, en Europa y Estados Unidos, los extremismos lucían contenidos ante un centro liberal que era capaz de dotar de cierto bienestar a las sociedades industrializadas. La crisis de 2008-2009 rompió ese equilibrio. Y, tras la ruptura, los extremos destinados a la más absoluta marginación en un tiempo de globalización, competitividad e interdependencia, hoy muestran una vitalidad inesperada. Fronteras, muros, aislacionismo, se vuelven ejes vertebradores de los discursos políticos en los países más ricos del mundo. Se entiende a la élite política de estos países como el anti-pueblo, gobiernos entregados a intereses que nada tienen que ver con las reivindicaciones de la sociedad. Marionetas desprovistas de autonomía para tomar decisiones sin la intervención de los poderes trasnacionales.El populismo parece ser el concepto de nuestro tiempo. Es innegable, el mundo atraviesa por un momento populista. Es decir, un periodo de tiempo determinado en que las sociedades se sienten decepcionadas y hasta traicionadas por sus élites. Sienten que “los de arriba” han secuestrado la democracia y la han puesto al servicio de intereses que no son los generales. El populismo es un discurso político y no una ideología. Un discurso que se cierne sobre la aspiración de recuperar las instituciones al servicio del “pueblo”. De la derecha a la izquierda, el cuestionamiento al sistema está teniendo elementos populistas innegables, anclados en figuras de líderes carismáticos que surgen precisamente en momentos de extravío institucional. El populismo como forma de entender la política es consustancial a las decepciones que deja el sistema imperante.La ira está vacunada contra el miedo. Brexit, Colombia, elección en Estados Unidos, referéndum en Italia y los ejemplos que queramos agregar, son episodios en donde se movió todo el aparato político, económico y mediático para impedir lo que al final ocurrió. Toda una industria del miedo operó para evitar que los ciudadanos optaran por aquellos que reivindican el antisistema y, al final, no fue antídoto suficiente. Y es que la indignación alcanza tales cuotas, que el discurso del miedo parece poco efectivo para el granjero de Arkansas que vota por Trump; el anciano británico que no quiere perder su pensión, o el trabajador industrial del Norte de Francia que ha visto como la empresa en la que trabajaba se fue al sudeste asiático. El miedo es poco efectivo cuando la indignación se vuelve el motor del voto. Venganza y resentimiento son también emociones que llevan a los ciudadanos a decantarse por candidatos que desafían al sistema. El próximo año, Francia podría tener su hecatombe particular.La de la ira es una revolución conservadora por ser el imaginario más asimilable al que pueden recurrir las sociedades. Los pueblos que se sienten decepcionados se aferran al imaginario reconfortante que pueden recordar. Hay más pasado que futuro en las narrativas de los nuevos partidos políticos antisistema. El paraíso no es la utopía de una sociedad sin clases o una tierra justa que acoja sin distingo, sino el mundo de las naciones y la soberanía. Las banderas y los himnos. El patriotismo y el Estado. Las fronteras y la ley. Detrás de Le Pen, Trump o Farage no hay un horizonte nuevo, sino una vuelta a lo clásico. Es la recuperación del Estado como escudo protector de los nacionales, de los que son de aquí. Es la búsqueda de la silla y de los aparatos del Estado como vehículo de la revolución. La migración, la cúspide del proceso globalizador, explica la reacción tan agresiva de muchos ciudadanos de naciones ricas.No es el populismo peronista que aspiraba a gobernar en la calle y en las instituciones. La recuperación del Estado como espejo de la recuperación del país. En esa arena, la derecha política es la que mejor entiende las pulsiones más íntimas de los ciudadanos, aquello que aceptan en la intimidad pero que les avergüenza decir en voz alta. La hazaña de Trump o de Le Pen ha sido incentivar la salida a la luz de esa masa conservadora que se sentía intimidada, como permanentes habitantes de la incorrección, y que hoy pueden expresarse como producto de la podredumbre de la élite. El 20 de noviembre pasado, un grupo de radicales franquistas golpearon ferozmente a un individuo que gritó “Franco asesino”, una prueba más de la radicalidad de aquellos que antes se movían en la clandestinidad. Las utopías perdieron su atractivo. El socialismo, el comunismo hoy en día son sistemas que no concitan grandes pasiones. El internacionalismo y el globalismo, las doctrinas de la interconexión, tampoco despiertan simpatías desmedidas. Los sectores liberales y progresistas se han quedado sin imaginarios seductores para aquellos que se sienten y viven como perdedores de la globalización. La política dejó de emocionar, sumida en una especie de pacto de turnos entre partidos centristas que se pasaban la estafeta de Gobierno cada determinado tiempo. O el reino gris y aburrido de la tecnocracia. No había quien se atreviera a desafiar lo establecido y el nacionalismo siempre es una opción ante semejantes vacíos. Algunos presagiaron desde los años 90, la desaparición de los nacionalismos ante la inexorable globalización. A pesar de ello, lo que vemos es el resurgimiento del nacionalismo más racial como un proyecto político que tiene posibilidades de ganar elecciones y gobernar. La protección nacional siempre parece ser un manto seguro en tiempos de desasosiego.¿Y qué puede pasar en México? ¿Seremos testigos de una revolución de la ira en nuestro país? Siempre es difícil prever hacia dónde irá la marea de la indignación y el hartazgo. El populismo, como discurso eficaz en momentos de hastío con las élites, bien puede ser un empujón para propiciar la participación de los ciudadanos o, por el contrario, convertirse en una narrativa de discriminación y xenofobia. En América Latina, en general, los populismos no han tenido un origen racial, aunque sí nacionalista. Recordemos a Perón o a Lázaro Cárdenas.En México, las opciones antisistema beben de dos fuentes: los candidatos independientes, variopintos, y el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Los primeros son una incógnita, pero es innegable que puede aparecer un independiente con un discurso demagógico que prometa “cortarle las manos” a los ladrones o armar a la población para hacerse justicia por propia mano-ya hay propuestas a nivel federal. Los independientes tienen el lado rescatable de no responder a las agendas de los partidos y, por lo tanto, ser más libres para abordar las causas del desencanto de los mexicanos con el sistema. Sin embargo, la contraindicación es el personalismo que puede propiciar que aparezcan en el sistema político mexicano algunos planteamientos extremistas que no embonan con el estado de derecho y la democracia. En el caso de Morena, la receta es combate a la corrupción, proteccionismo y nacionalismo económico. Nada distinto de lo que suelen proponer algunas izquierdas que desafían al sistema en América Latina. Morena puede ser el depositario de la ira si logra ampliar su base de electores y seducir a las desencantadas clases medias en México. No es descartable que en México surjan opciones autoritarias que ganen adeptos, tanto a nivel local como a nivel nacional. Es tan marcada la indignación existente contra las élites y sus decisiones, que hay un caldo de cultivo propicio para que surjan liderazgos demagógicos que pueden resultar dañinos para la democracia. Políticos que se aprovechen de la ira acumulada y promueven soluciones que no nos acercan al tipo de país justo que queremos. La revolución de la ira toca las emociones y no la razón. La revolución de la ira demuestra el poder que tiene jugar con los instintos más primarios de la ciudadanía. En México, como el resto de América Latina, existe un giro conservador que busca revertir todos esos avances que ha habido en materia de libertades y derechos humanos. Trump no estaba ni en el radar hace un año y hoy es el político más poderoso del mundo.La revolución de la ira es la modificación de la política como la conocemos. La indignación con las élites ha provocado que el gran centro liberal que se daba como hecho en Occidente, se encuentre cuestionado. En México, rumbo a 2018, veremos como la indignación y la ira juegan un papel clave a la hora de elegir al nuevo o nueva presidente. Ahora, el votante no necesita muchas razones, más bien necesita la vaga percepción de que un candidato, por más locuaz que parezca, puede desafiar a lo establecido. Vamos hacia un horizonte político en donde los partidos son menos importantes y el personaje resulta clave. Las emociones se imponen al cálculo; las pasiones doblegan a lo razonable. Es la revolución de la ira.