Suplementos | La idea de alcanzar una sociedad perfecta está más lejos de lo que pensamos La mirada distante: la proyección múltiple de un futuro desde el hoy La idea de alcanzar una sociedad perfecta, donde la igualdad sea la base, está más lejos de lo que pensamos Por: EL INFORMADOR 26 de abril de 2015 - 02:26 hs La cultura tiene un rol determinante en la proyección de una sociedad con mayores niveles de igualdad y oportunidades. ESPECIAL / Walden Media GUADALAJARA, JALISCO (26/ABR/2015).- Dilucidar el mundo es una tarea que a veces emprendemos con temeraria facilidad; tanta, que en ocasiones buscamos e imaginamos en el futuro la probable solución de problemas actuales gracias a la proyección optimista de que los seres humanos podremos organizarnos para crear una suerte de “sociedad perfecta” donde las diferencias —de todo orden— se borren o palien ¿qué tan lejos o cerca de la objetividad estamos? Estos escenarios —películas, libros o voluntariosos manuales y decálogos, a los que se suma un amplio etcétera— han servido también para la crítica de lo que acontece en el presente o se vislumbra en el provenir; así, no hay área del saber que se libre de proyectar respuestas para esos puntos críticos en los que, parece, radica nuestra incapacidad como especie para sobreponernos al salvajismo del capital, la destrucción de la naturaleza o la falta de solidaridad humana. En estos términos, el desafío que la civilización enfrenta en el siglo XXI, señala el Pbro. Tomás de Híjar, “es el cambio de paradigma que la modernidad en Occidente presentó a partir de la Revolución Francesa, en el que libertad, igualdad y fraternidad se convirtieron en el pivote para darle a la razón, la ley, el Estado, la responsabilidad social de conducir a los pueblos a metas guiadas por el orden y el progreso”, un esquema que se colapsa desde fines del siglo XIX y del que “el fruto podrido fueron los estados totalitarios y las ideologías”. Con todo, precisa, “ni el planteamiento de la era moderna —condensado en los principios de la revolución de 1789— ni el diseño de nuevos paradigmas avizoran aún la inclusión del sentido de la trascendencia como una necesidad humana, sin la que todo proyecto termina encerrándose en sí mismo”. En la búsqueda de este orden, refiere De Híjar, “se colocaron los campos económico, ecológico y cultural (relacionados en ese orden jerárquico), y configuraron dos modelos que han conducido al mismo efecto pernicioso: el capitalismo y el materialismo colectivista; ambos conceden a la economía un papel protagónico que subordina a la ecología”. Nuevos paradigmas En sus palabras, “un nuevo paradigma, habría de cambiar los principios de igualdad, fraternidad y libertad, por los de solidaridad, alteridad y liberación; la primera entendida como responsabilidad común, la segunda como un tejido simétrico donde todos nos escuchemos y, finalmente, una liberación para que el principio de la vida esté a la cabeza y el principio de la economía sea su tributario y, el de la cultura, el resultado lógico de uno y otro”. En este contexto, De Híjar apunta que el cristianismo está tomando consciencia de que su responsabilidad social compartida va más allá de los principios que puede haber en una religión institucionalizada. “En este ambiente transmoderno o transcapitalista, la Iglesia empieza a caer en la cuenta —es un proceso lento— que su oficio es mucho más que presentar planteamientos desde la institución, sino alentar procesos donde el principio democrático dé corresponsabilidad de actor y protagonista de su propio destino a cada uno de sus integrantes”. De esta forma, concluye que la historia, vista como historia de la salvación desde el cristianismo, “se sustenta en la esperanza de algo mejor y no se desliga de lo que sucede en el pasado para interpretarlo desde esta perspectiva; y aun racionalizándolo, ver hacia lo que trae el mañana”. Imperio de la economía En opinión del Dr. Arturo Curiel, del Instituto de Medio Ambiente y Comunidades Humanas de la UdeG, ha habido avances en la generación de indicadores para identificar cuál sería una condición de bienestar humano; en este sentido —dice—, “se reconoce que ese bienestar depende de conservar o acrecentar cuatro capitales, ninguno de los cuales tiene hoy día una tendencia de carácter positivo, por lo que un futuro de bienestar es utópico por el modelo de desarrollo dominante que hemos seguido”. Estos capitales son “el capital natural, el capital humano, el capital social y el capital económico”, cuyos indicadores registran descensos importantes; por esto, establece, “un futuro de bienestar es ahora más utópico que el que había hace 20 años; la incertidumbre vislumbrada en los setenta y la necesidad de un nuevo orden son pasado, ahora ni siquiera hay idea de hacia dónde ir y la incertidumbre es mayor. Lo que se tendría que hacer es retomar la necesidad de una reinversión en los cuatro capitales, sin mantener la primacía de la economía y buscar dar peso a los otros tres”. Lo anterior, admite el ambientalista, “puede ir en contra de los estudios que hablan de la felicidad y el bienestar subjetivo; lo cierto es que cada vez somos menos felices de acuerdo con los indicadores objetivos —o, mejor dicho, con bases científicas, pues tanto lo objetivo como lo subjetivo debe ser evaluado—, en los que debería sustentarse cualquier tipo de decisiones que busquen generar certidumbre en el futuro inmediato”. Crecimiento desigual En relación a lo anterior, la politóloga Paulina Martínez González, coordinadora de la Maestría en Ciencias Políticas del CUCSH, dice que a nivel mundial se observa una mayor desigualdad entre los individuos y, también, crisis ambientales muy fuertes; y, por lo general, los más afectados en esto son los pobres. “El modelo de desarrollo capitalista, basado en la explotación de recursos naturales para producir mercancías destinadas al consumo, ha dado lugar a que las desigualdades se profundicen, porque el Estado no interviene como debería para regular el mercado”. Por otra parte, afirma, “vivimos pensando que, como seres humanos, somos el centro del planeta y que los recursos son mercancías”, un problema que “tiene dos sentidos: por un lado, el mercado tiene poca regulación y el crecimiento económico es desigual (y no parece que vaya a cambiar, al contrario, en el país y en el mundo se proponen reformas que van a la inversa); en este modelo, la naturaleza está para ser explotada y los programas que se implementan para su cuidado son paliativos (a pesar de que existen otros modelos de desarrollo, sustentables y generadores de bienestar)”. Por desgracia, establece la maestra, esta tendencia está lejos de revertirse; “los capitales interesados en explotar los recursos son enormes y se violan las normas. En este modelo democrático distorsionado, el poder político depende mucho del poder económico, una relación perversa que impide que se cumpla la ley (algo que no es privativo de México)”; con todo, “la sociedad civil realiza una gran labor que va en sentido contrario de lo que hacen las autoridades; ahí está la esperanza”. Aprender de la realidad Desde otra perspectiva, el Dr. Salvador Peniche Camps, del Departamento de Economía de la UdeG, asegura que en ámbito académico “existe una crisis, donde los grupos generan cuestionamientos acerca de cómo generar una estrategia que nos lleve a lo que debería promover una sociedad más justa, desarrollada y humana; porque los instrumentos que tiene la economía tradicional y el modo como se aborda esto desde los gobiernos son limitados y consisten en el crecimiento numérico del valor de la producción y sus productos”. Este “axioma”, aclara el especialista, “establece que a mayor crecimiento y riqueza corresponden mayor felicidad y desarrollo; así, los gobiernos e instituciones se han planteado al menos por 200 años este crecimiento como el objetivo central, pero sabemos que no se puede aspirar a eso de manera infinita en un planeta con recursos finitos. La riqueza no necesariamente lleva al desarrollo ni garantiza la felicidad en el sentido social y humano”. El economista enfatiza que actualmente la batalla es epistemológica: “Mientras las universidades enseñan que el objetivo es producir más y vender más, la sociedad está inmersa en esta locura y esta visión ha ganado la guerra sin evidencia científica o empírica alguna. A los científicos sociales nos han dormido y engañado. Por más que sepamos que cada vez hay menos recursos naturales, la lógica del mundo entero es crecer y producir; pocos son los nichos de pensadores heterodoxos y se les juzga como poco serios. Es un momento de turbulencia teórica y es curioso que, a pesar de las evidencias ambientales, esa siga siendo la tendencia dominante; pero hay espacios que la cuestionan, que buscan construir alternativas desde las comunidades, una cuestión de adaptación y resistencia. El papel de los economistas y científicos sociales deberá ser aprender de la realidad”. Se construye día a día Otros aspectos pueden hablarnos de la distancia que guarda del presente un mejor espacio de vida para las personas; el arquitecto Jorge Fernández Acosta, del Departamento de Proyectos Urbanos y Arquitectónicos de la UdeG, señala que “no nos hemos preguntado bien a dónde queremos llegar; no hay proyecto ‘ideal’ de ciudad en Guadalajara, como existe para otras en el mundo —Sydney o París, por ejemplo— que nos llevan ventaja en la planeación, bajo una concepción unificadora, metropolitana y visión de largo plazo; la realidad requiere transformaciones amplias, ambiciosas, visionarias”. Muchos son los problemas en el caso local, “¿hacia dónde dirigir los pensamientos?”, se pregunta el arquitecto, y responde que “nos falta entender que la ciudad requiere un proyecto, soluciones compartidas, resolver el asunto de la movilidad, la organización en cuestiones de vivienda y demografía, los problemas de expansión urbana y un ejercicio de gobierno inteligente que sepa cumplir una ordenanza territorial establecida”. En estos términos, destaca Fernández, “la ciudad del futuro no es una de la ‘Guerra de las Galaxias’, es una que se va construyendo día a día, donde cada acción debe aportar para llegar algún día a esa utopía donde sus habitantes puedan vivir cómoda y tranquilamente, obtener lo que necesitan. Claro, debemos generar otro sistema económico que nos permita lograrlo, donde haya una distribución equitativa de la riqueza y el gasto. Los grandes temas son: movilidad, infraestructura, medio ambiente y vivienda; y no es nada nuevo, pero habría que reconstruir la política de desarrollo urbano, social, económico y político. La ciudad no se resuelve como lo estamos haciendo ahora”. Atención a la cultura No todo son números fríos y, en estas proyecciones, la cultura tiene un rol determinante en la proyección de una sociedad con mayores niveles de igualdad y oportunidades; para la maestra en Gestión y Desarrollo Cultural, Laura Iveth López, “la actividad cultural tendrá que tener un papel preponderante, sobre todo en los temas de seguridad y prevención del delito, asunto en el que las políticas públicas deberán de poner atención y, desde la perspectiva de las instancias públicas, dejar de ver a la cultura como organismos desarticulados de las instancias donde se toman las decisiones de desarrollo social”. Y, por otro lado, “desde la comunidad artística”, refiere, “se debe de asumir que los productos y actividades culturales están en función de las necesidades de la sociedad actual. Habrá que preocuparse por la formación de públicos, por proyectos de acercamiento con la sociedad, cambiar los procesos de creación y acercarlos más a los grupos sociales; si pretendemos que la cultura participe, pues que se ponga a la altura”, de otra forma sería “imposible” aspirar a un mejor equilibrio social en materia de acceso a la cultura. “Y lo digo en serio”, insiste López, “la comunidad artística tendría que estar proponiendo nuevas opciones de acceso a la cultura; ya hemos visto que estamos al margen de otros proyectos dentro de las políticas de gobierno, ¿cómo hacemos, entonces, para que se considere importante a la cultura?”. Ver más allá La generación de respuestas, en estos términos, no resulta sencilla aunque, como comenta la licenciada en Pedagogía Josefina Pérez Arce, “tal vez la cuestión no sea tanto buscar una respuesta como permitir a la imaginación intervenir; proyectar una sociedad sin defectos puede parecer una idea ridícula pero imaginarla y, con ello, motivar la intención de transformarla, debería ser casi una obligación”. Sin embargo, la especialista no desconoce que, hoy día, en las condiciones institucionales en que se lleva a cabo, “la educación es un proceso lamentable y estamos demasiado lejos de proporcionar, siquiera en una medida suficiente, herramientas que sirvan a las personas para la vida, desde lo más elemental y práctico, porque mucho de lo que las escuelas brindan a quienes estudian no prepara para lo práctico de la existencia o corresponde a modelos, en el mejor de los casos, irreales”. Pérez es enfática al indicar que “mi visión no es optimista, me temo; ya es bastante conocer en manos de qué intereses se encuentra la educación en el país o saber que el fin último no es formar seres humanos íntegros. Pensarlo de ese modo, sin embargo, me hace creer que aquellos que consigan ver (y aprender) más allá de lo poco que ofrece la educación formal, podrán aspirar no sólo a imaginar un mundo distinto sino, además, dejar alguna huella en él; en las condiciones actuales, eso es más que bastante. Hablaría de soñar, pero la palabra suena cursi”. IMPEDIMENTOS Y CONVENCIONES Interesado por cuestiones de género y derechos humanos, el sociólogo Daniel Estrada Zúñiga afirma que se requiere “hacer una transformación socio cultural para que podamos convivir y respetarnos en condiciones de igualdad y sin discriminación”, para de esa forma “erradicar las asimetrías de exclusión y desigualdad”. En estos términos, el especialista indica que los derechos humanos, si se parte del artículo primero de la Constitución como base, “se vivirán y disfrutarán cuando –teóricamente– su obligatoriedad se cumpla, es decir, se respeten, garanticen, protejan y promuevan”; aunque señala su preocupación porque “en mi quehacer laboral, he encontrado a una serie de funcionarios y servidores públicos que mantienen una serie de ideas y prejuicios sociales que transgreden los derechos humanos y discriminan por cuestiones de género”. Parte medular para respetar y promover estos derechos, apunta Estrada, “en México los servidores públicos –sin generalizar– aún se encuentran con estigmatizaciones que nos muestran evidencias cualitativas de lo lejos que nos encontramos de una sociedad en desarrollo para cumplir al menos con el artículo 1 constitucional”, con lo que el país contaría “con altos estándares en derechos humanos”, algo que “por el momento no la conocemos” puesto que, concluye, “aquí nos resistimos a modificar antiguas y tradicionales convenciones sociales establecidas que no nos han permitido transformar paradigmas”. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones