Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Viernes, 16 de Noviembre 2018

Suplementos

Suplementos | El autor británico habla con EL INFORMADOR de asuntos que merecen su interés

La importancia de llamarse Rushdie

El autor británico habla con EL INFORMADOR de asuntos que merecen su interés, como el valor de los nombres y el punto de encuentro entre el periodismo y la literatura

Por: EL INFORMADOR

A Salman Rushdie se le sigue preguntando sobre los años en que fue perseguido, pero el autor británico tiene mucho. EL INFORMADOR / A. Hinojosa

A Salman Rushdie se le sigue preguntando sobre los años en que fue perseguido, pero el autor británico tiene mucho. EL INFORMADOR / A. Hinojosa

GUADALAJARA, JALISCO (06/DIC/2015).- La anécdota quedará para la posteridad: Salman Rushdie llegó al aeropuerto de Guadalajara, un extraño lo reconoció, le ofreció “ride” y lo llevó hasta su hotel. La comitiva de la FIL se quedaría esperando en vano, con la preocupación sobre la integridad del polémico autor.

Veinte años antes esto hubiera sido imposible por la seguridad que rodeaba al escritor. Pero ahora Rushdie volvió a la FIL en un contexto muy diferente: en 1995 él vivía a la mitad de “los años de la fetua” y la feria todavía no se consolidaba como el escaparate del mercado editorial mundial. Esta vez, Salman vino para presentar su novela más reciente, “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” (ed. Seix Barral), en un momento donde en su caso la seguridad y libertad de expresión son temas superados. Técnicas, pasado y futuro de la narrativa, filosofía, la importancia del nombre y sus vínculos con otras artes fueron los temas de la charla que sostuvo con EL INFORMADOR.

En el Salón Literario dabas consejos para jóvenes escritores, ¿qué consejo le das a los lectores?

—Algo que siempre hago como lector es leer literaturas lejanas a la mía. Vivimos en una era de muchas traducciones, con acceso a literatura universal. Mis autores favoritos son japoneses, rusos, etc. Lean fuera de su idioma, de su país: Gogol y Pushkin, Murakami y Kawabata, lean del resto del mundo.

También referías que hay cuentos antes de los libros, ¿pero qué hay después? Usas Twitter, ¿estás familiarizado con la llamada tuiteratura, al tanto de los nuevos formatos?

—La narrativa es indestructible, porque es una gran y profunda necesidad. Las nuevas formas se inventan todo el tiempo, con esta nueva tecnología aún no sabemos cómo serán esos nuevos formatos. Quizá se conviertan en algo grande, como los blogs. Es una forma de escribir que hace años no escribía. En términos literarios no veo de dónde surgirá la nueva forma de arte excepcional, con la nueva tecnología. Creo que no hemos llegado todavía. A diferencia del arte visual, que han encontrado ya muchas maneras de utilizarla. Lograron dar el salto a esa tecnología. En literatura creo que todavía falta llenar ese vacío, pero lo haremos. No seré yo, claro, alguien de mi edad ya no; alguien de tu generación sí.

En “Las mil y una noches”, que homenajeas con tu nuevo libro, la narración está armada de una manera en que parece una caja adentro de una caja. ¿Cómo retomaste esa técnica narrativa?

—Una de las técnicas de las antiguas colecciones de cuentos es tener una historia dentro de otra historia y dentro de otra. Una de las cosas que he aprendido de eso es que así es como vivimos: nosotros tenemos nuestra propia historia que está dentro de la historia de la familia, que está en la historia de la ciudad, y cuya historia está dentro de la del país. Vivimos en una historia dentro de otra y de otra. Por eso ese tipo de formato es atractivo, porque se siente similar a la manera en que vivimos.

¿Qué tan complicado es ese recurso?

—Escribir es muy difícil, de por sí. Pero con este libro tuve algunos problemas técnicos: tiene varias líneas narrativas que deben ir unidas. Me tomó cerca de un año y medio comprender cómo sería la narrativa. Una vez que lo resolví me divertí mucho escribiéndolo.

Mencionas una mágica separación entre un escritor y sus temas: ¿te sientes lejano a alguno de tus libros?

—No. Pienso que hay un fenómeno actual de literatura del exilio. Un amigo de Somalia (Nuruddin Farah), estuvo 23 años sin poder regresar a su país porque el dictador quería matarlo. Escribía y sus libros seguían ambientados allí. Logró llevarla consigo; a veces los escritores en exilio lo hacen así. En mi caso, ya que he viajado y vivido en muchos lugares, siento que tengo muchos temas. Es natural para mí narrar un libro en India, Nueva York o Londres.

¿Cuál sería tu libro más cercano?

—No tengo ningún ranking. Es común para muchos escritores no ver hacia los libros pasados. Veo hacia el próximo.

—El filósofo medieval Ibn Rushd está presente en “Dos años…” En “Joseph Anton”, tus memorias, lo mencionas en relación a que tu padre se cambió de apellido. Comentas que el nombre “fue el primer regalo” que te hizo.

—De ahí viene mi interés: cuando descubrí que mi padre se interesó tanto que hasta se cambió el nombre. Es un gesto extremo de un fan. Por eso lo leí, y también me pareció muy atractivo como filósofo. Todo empezó con mi padre.

—Noto una constante con el cambio de los nombres. Ibn Rushd es también Averroes, en el libro hay un personaje como Hieronymus cuyo nombre cambia a Gerónimo, en tu autobiografía compartes que el nombre secreto con el que te conocían los oficiales de seguridad era Joseph Anton (los nombres de pila de Conrad y Chejov).

—Averroes es sólo la versión latina de Ibn Rushd, él nunca cambió su nombre; es sólo cómo lo conocimos. Sobre los otros: una de las cosas comunes de Estados Unidos es que la gente cambian sus nombres cuando llega como inmigrantes. En parte porque cuando llegaban a migración en otros tiempos la gente no sabía cómo escribir los nombres de Europa del Este. El cambio de nombres tiene que ver mucho con la migración. La gente que se mueve de una parte del mundo a otra cambia de nombre

La pregunta de Shakespeare: “¿Qué hay en un nombre?”

—Mucho, todo. En India cuando le ponen nombre a un bebé siempre se piensa en el significado. En Occidente es más la sonoridad o la historia familiar, cómo se llamaba el abuelo… Para mí, como escritor, los nombres han sido algo muy importante, es un gran asunto para mí.

—Volviendo a Ibn Rushd, no ya el nombre, sino en la filosofía.

—Hay tres figuras históricas que siempre pensé que acabarían en mis libros, con este ya escribí de los tres. Me alegra que sucediera, no pensé que sería de esta forma en la que se enamora de un ser mágico.

—Mencionas a otro filósofo, Al-Ghazali.

—Al-Ghazali es otro personaje interesante. En su vida tuvo una crisis religiosa, perdió su fe. Cuando lo superó fue más doctrinario, más ideológico y conservador. Su visión es que la filosofía es inútil porque no sirve para entender la naturaleza de dios. Para mí no tiene importancia entender esa naturaleza, por eso a mí sí me interesa la filosofía.

Al final de tu autobiografía hay una defensa sobre la literatura (todo el libro lo es), ¿aplica también para la filosofía?

—He leído mucho del tema, estudié historia y una parte fue historia de la filosofía. Pero mi hijo menor estudió filosofía, ¡y me dice que yo no sé nada sobre el tema!

¿Qué estás leyendo?

—Actualmente leo muchos libros para las clases. Enseño sobre el periodismo como literatura. Es sobre el fenómeno reciente de periodistas usando técnicas de la novela. Comienzo con el nuevo periodismo, Tom Wolfe, George Plimpton, Norman Mailer, hasta Svetlana Aleksiévich, la nueva Nobel. Vemos la manera en que se utilizan técnicas de la literatura en periodismo: qué pasa cuando ambas disciplinas se juntan.

En tu conferencia hablaste de la migración de las narraciones a través de las traducciones y las adaptaciones al cine. ¿También notas la migración entre géneros literarios?

—Sí, me parece atractivo ir a donde no habitas normalmente. He escrito periodismo, pero no soy periodista. Me interesa ese cruce de caminos entre literatura y periodismo.

—Has comentado sobre la adaptación de Hijos de la medianoche (dir. Deepa Mehta), pero hay más literatura tuya llevada al cine, como “La rama dorada” (Der goldene Zweig, dir. Matthias Zucker).

—Es un cuento muy viejo, fue una de las primeras que publiqué. No he visto el cortometraje. Lo interesante de ese mito es que el defensor de una cosa hermosa tiene que ser asesinado por la persona que lo remplazará, hasta que alguien más lo mate a él. Es un mito que mezcla ideas de belleza con ideas de muerte, de una manera muy extraña.

Mi cuento es muy breve: una de las cosas más difíciles que encuentro es hacer cuentos muy cortos. Es algo de lo más difícil, debe tener forma, significado, todo en un espacio muy reducido. Recuerdo un cuento maravilloso de Heinrich von Kleist llamado «El terremoto en Chile», y de eso es. Tiene tres páginas, pero lo narra con tanta velocidad, es increíble: lo que te dice es catastrófico, desastroso, los edificios se caen, muere gente. Sin embargo, la historia se cuenta tan rápido que el curioso efecto de esa aceleración resulta en algo cómico. Aunque lo que suceda sea horrible, la aceleración lo vuelve comedia. Eso es de veras interesante. Se convierte en algo más parecido a la poesía.

—En las fronteras de la poesía está la canción, y hay una canción con tu crédito en las letras.


—La escribí, sí. Bueno, escribí algo que terminó siendo una canción de U2, no lo esperaba, ellos tampoco. Escribí la novela “El suelo bajo sus pies”, en donde hay letras de canciones imaginarias, porque un personaje es compositor. Le mandé el manuscrito a Bono y al mánager de U2, sólo quería que me dijeran si había errores sobre el mundo de la música. Pero Bono se interesó en las letras y escribió una melodía: ahí nació la canción. Sólo pasó, no estaba planeado. Me siento halagado, soy uno de los pocos que han escrito letras para U2, no suelen cantar letras de otro.

—Alguna vez recibiste otra propuesta para una colaboración musical: Damon Albarn de Blur, cuando no estaban sobrios.

—Fue un momento absurdo… Pero nadie más me lo ha pedido. Así que ya pasó mi momento, seré un compositor de una sola canción.

SABER MÁS

El autor


Salman Rushdie nació en Bombay en 1947. Debutó con la novela “Grimus” en 1975, a la que siguieron la multipremiada “Hijos de la medianoche” (1981, premios Booker y Booker of Bookers en sus ediciones 25 y 40). Por “Los versos satánicos” el ayatolá Jomeini pronunció la fetua en su contra debido a sus referencias al Islam y al Corán. Las amenazas de muerte cambiaron por una década su forma de vida. Ha publicado una decena de novelas, dos libros para niños y ensayo.

Temas

Lee También

Comentarios