Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | por: rodolfo naró

La columna chueca

Lápiz de carpintero

Por: EL INFORMADOR

Desde hace años me gusta diseñar muebles. La mayoría de los que tengo en mi casa han salido del carboncillo de un lápiz, así como mis poemas que tengo la costumbre de escribir en hojas blancas, a veces recicladas y con algún lápiz de los muchos que colecciono. No sé si toda la gente colecciona algo, pero lo mío son los lápices, algunos cuadrados, triangulares, hechos con ramas de pino silvestre, de colores por dentro y por fuera. Cuando visito un museo, al primer lugar que acudo es a la tienda de recuerdos, por lo general tienen lápices conmemorativos o de vivos y singulares diseños. Creo que el amigo que me despertó este gusto fue Mario Velázquez, en su casa tuve en mis manos un estuche de plata Faber-Castell que, por cierto, en este año celebra su 240 aniversario. A partir de ese día me propuse comenzar una colección que ahora tengo en dos vasos de acero en una esquina de mi escritorio.

Pero contrario a lo que muchos suponen es una colección viva. Para mí es un placer decidir con qué lápiz voy a escribir cada mañana, según mi estado de ánimo. Para los días tristes o de intensa poesía uso un grafito 3B de trazo fuerte y decidido. Para mis clases de francés usaba un pálido 3H que ante la goma de borrar no dejaba huella y para corregir un texto largo unos buenos colores británicos que resaltan los errores. Los mismos lápices que hace unos años compartía con mis compañeros escritores, en un taller de creación literaria que coordinaba en mi casa los martes en la noche. La primera vez que los dejé sobre la mesa de trabajo Juan Pablo Vasconcelos me preguntó si podía usar alguno porque él sabía que eran de mi colección, le contesté que podía escribir con el que quisiera. A la mañana siguiente de nuevo les saqué punta y cada cierto tiempo lo vuelvo a hacer, es como una terapia que me ha llevado a descubrir una relación de amor-odio entre el lápiz y el sacapuntas. El primero penetra al segundo. Con fuerza se rozan, estrechamente se consienten, se necesitan uno al otro. La fricción es tan apasionada que se desgastan y dejan residuos de su pasión en un distinto tipo de ceniza, un fino espiral de madera que en algunas ocasiones huele a bosque, a humedad, a destino. Hasta que por fin, del pálido y triangular glande, emerge poco a poco un afilado carbón.
En cada ciudad nueva, después de sus museos ubico dónde encontrar nuevos lápices. Así, en mi pasado viaje a Barcelona iba regularmente a la papelería Konema, una boutique especializada en artículos de escritura y escritorio. Una tienda organizada por colores donde encontraba de todo: estilográficas, libretas de diferentes tamaños, carpetas, pliegos de papeles tan finos como la seda o el lino, cajas impresas, regalos y por supuesto lápices, algunos de diseñador o con medio cuerpo de metal y capuchones para protegerles la punta. Me atendían chicas capacitadas y como si fuera a probarme una prenda, me guiaban y opinaban. En México lo más parecido que tenemos es Hiperlumen adonde me gusta perderme de vez en cuando en el área de papeles importados o el salón de arquitectura y dibujo para buscar otros lápices de diferentes puntos.

A tal grado ha llegado mi obsesión por tener uno nuevo que, en mi viaje de regreso a México, en el asiento de adelante del avión venía una mujer con su hijo de no más de cuatro años. La sobrecargo, junto con el desayuno, le dio al niño su kit de entretenimiento. Cinco horas después todo estaba regado por el piso y tres lápices de tosco volumen, propios para las manos de un niño, llegaron hasta mis pies. Yo los levanté con la intención de regresarlos, pero una bolsa de aire y el encendido de emergencia nos hizo ajustarnos el cinturón. Al cabo de un rato y pasada la turbulencia, la señora y su hijo se habían dormido. El resto del vuelo hasta nuestro arribo, seguí empuñando los lápices con la angustia de sentirme descubierto. Aunque la señora no hizo mucho esfuerzo en buscar los nuevos juguetes del niño, yo tampoco abrí la mano para regresarle los sudados lápices que escondía. Después de pasar migración, las máquinas de seguridad, el semáforo de aduana, que no sirve para nada, y de sentirme seguro, como si fuera un lápiz de carpintero, me calcé uno en la oreja. Llegué a mi casa con cierto remordimiento y pensando que quizá por eso mis últimas dos novias no quisieron formalizar conmigo, como son editoras y también tienen pasión por los artículos de escritura, posiblemente temían que les robara sus lápices.

Tapatío

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