Jueves, 09 de Octubre 2025
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La bachicha

Cada paso que Sendai da es el principio de una gran catástrofe

Por: EL INFORMADOR

Fenómeno. Recientemente el bullying ha tomado fuerza en el país.  /

Fenómeno. Recientemente el bullying ha tomado fuerza en el país. /

GUADALAJARA, JALISCO (01/DIC/2013).- ¿A dónde van, un grupo de unos 15 o 20 estudiantes de secundaria, todos juntos a la hora de la salida de la escuela? No van a tomar el camión —los que tienen que hacerlo—; ni tampoco a esperar a que lleguen sus dulces papis a recogerlos —los que están acostumbrados a eso.

Van todos juntos, en grupitos de cuatro o cinco, por debajo de la banqueta, a un lugar que sólo uno de ellos sabe. No van a fuerza, van contentos, pero si logramos hacer un acercamiento veremos que en esas sonrisas y comentarios que hacen hay un leve ambiente de sorna y de secreto.

Es el año de 1984 y los alumnos son de la Secundaria Técnica número 4. Todos cursan el primer año. Etapa en la que en un mismo salón existen mezclas muy disímbolas, pues hay quienes parecen aún niños y otros a los que el desarrollo temprano los hace ver como si fueran no de primero, sino de tercero.

Y allá van, caminando todos con el mismo rumbo, calles adentro de la colonia Chapultepec Country.

¿Qué ha pasado horas antes dentro del plantel?

Xavier Sendai es un compañero al que todos le tienen miedo y lo que mejor que se puede hacer en esos casos es evitarlo. Pero a veces es imposible. Como cuando alguien tiene que transitar por el estrecho pasillo entre la fila de butacas y los ventanales. Sendai suele traer un alfiler en la mano y discreta pero contundentemente insertarlo y sacarlo de cualquier parte enemiga que le quede a modo. Y el enemigo suele ser cualquiera.

Sendai tiene cara de bulldog tierno. Cuando le llaman la atención los maestros uno no podría imaginar que detrás de esa expresión hay toda una maquinaria planeando el próximo rayón al auto del maestro o la sacada del aire de una llanta, en el mejor de los casos; la aventada de la mochila al escusado o la hormiga o la cucaracha en el hombro de alguna de esas niñas no tan niñas a las que odia.

No hay acción que lleve a cabo, no hay paso que no dé Sendai sin que sea el principio de una gran catástrofe, un gran castigo hacia alguien que sólo ha cometido el mal tino de posicionarse en su mira, sin saberlo. Y los demás no pueden más que ser cómplices, gozar la oportunidad que se les ha conferido de no ser ellos en esta ocasión a los que les ha tocado ser las víctimas. Las risas y celebraciones hacia las ocurrencias de Sendai son una especie de rito ingenuo, intentando conjurar la posibilidad de ser el próximo elegido.

Ahora Sendai se acerca a Paulo y le pregunta: “¿Te gusta jugar bachicha?”. Paulo no atina qué responder. Seguro está a punto de orinarse y la fuerza que imprime al controlar sus esfínteres no lo deja pensar cómo librarse del cazador que ya lo tiene en la mira.

Ante la mirada penetrante del verdugo, Paulo contesta: “No sé, nunca he jugado”. Y entonces Sendai se levanta de su asiento y en voz alta dice al grupo: “Paulo nunca ha jugado bachicha”. Y todos ríen y mueven la cabeza y lo condenan y hacen sentir a Paulo un verdadero torpe porque nunca ha jugado bachicha, aunque pocos ahí o casi nadie sepa qué diablos sea eso de jugar bachicha.

Las últimas palabras de Sendai han sido: “a la salida vamos a jugar bachicha”.

Y allá van ahora, todos a jugar bachicha. Pero en el fondo saben que se trata de alguno de esos planes macabros y exquisitos de Sendai. Por la parte de atrás de donde se encuentra el templo de San Bernardo hay una calle por la que nunca pasan autos. Sendai dice que ahí, y mientras saca un cigarro y lo prende, se sienta en la banqueta. Algunos también se sientan, otros lo observan parados. Fuma lento, como disfrutando cada bocanada. Por supuesto nadie más fuma. Luego, sobre la calle y pegadito a la banqueta, comienza a escupir y les indica a todos que escupan, advirtiendo que debe ser exactamente donde mismo. Se forma entonces un gran escupitajo compuesto por la saliva y otras cosas de unos 15 adolescentes.

Antes de terminarse el cigarro, Sendai lo apaga y queda literalmente una bachicha. Hay un silencio en el ambiente y una expectación por lo que va a suceder que parece alumbrar la cuadra en esa tarde nublada.

Sendai le explica a Paulo —y a los demás— de qué se trata: “te vas a sentar aquí, en la banqueta, vas a pasar tus manos por debajo de tus piernas y a aventar la bachicha lo más lejos que puedas, sin ensuciarte con los escupitajos. El que la lanza más lejos gana”.

Sendai les dice que él será el primero, para que aprendan todos cómo se debe hacer. Se sienta en la banqueta, toma la bachicha con ambas manos y la avienta apenas a unos metros, sin por supuesto ensuciarse. “Vas tú”, le dice a Paulo, quien se sienta e imita los movimientos de Sendai. “¡Así no!”, le grita Sendai y mientras Paulo pasa las manos debajo de sus piernas, ha quedado ya como un venadito atado de patas para que el cazador remate su hazaña. Sendai jala de las manos a Paulo, quien va a caer con todo su trasero sobre los escupitajos de todos los demás.

Todos ríen, se carcajean sin parar, más bien les conviene reír, mientras Paulo se levanta, humillado, e intenta limpiarse con lo que puede. Sendai se va de ahí sin carcajearse, con sólo una leve sonrisa que quizá le impidió dormir esa noche. Y ojalá todas las demás de su existencia.

david.izazaga@gmail.com

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