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Viernes, 24 de Noviembre 2017
Suplementos | En aquel entonces se creía sin lugar a dudas, en la aparición de espíritus...

La Resurrección de Cristo

Su resurrección es el evento fundamental de la cristiandad, pues 'sabemos que Dios, que resucitó de la muerte al Señor Jesús, también nos resucitará a nosotros con Él'

 Primera parte

     “Y si Cristo no resucitó, el mensaje que predicamos no vale para nada, ni tampoco vale para nada la fe que ustedes tienen” (1Cor 15, 14). Son las palabras que san Pablo dirigió a los corintios hace casi dos mil años. Hoy decimos: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. Su resurrección es el evento fundamental de la cristiandad, pues “sabemos que Dios, que resucitó de la muerte al Señor Jesús, también nos resucitará a nosotros con Él” (2Cor 4, 14).
      El hecho de la resurrección tiene dos vertientes de análisis: la primera tiene que ver con la autenticidad histórica y realidad física de regresar a la vida después de estar clínicamente muerto, y la segunda con la duda y la certeza que proporcionan los relatos evangélicos a la luz de la fe. Comenzaremos con esta última vertiente.
      Esta perspectiva tiene una primera interpretación que considera la resurrección como una metáfora o un relato mitológico, como la narración de la Eneida que da cuenta de la aparición del fantasma de Héctor, que se presentaba mostrando la herida que le hizo Aquiles. Lo realmente importante en este caso es que, desde esta perspectiva, debe considerarse la tradición greco-romana de hace más de dos mil años, una cultura y una forma de pensar completamente diferente a la de nuestros días. En aquel entonces se creía sin lugar a dudas, en la aparición de espíritus, por lo que los primeros cristianos pensarían que la resurrección hubiese sido sólo en espíritu. Sin embargo, Lucas (24, 36-43) enfatiza el hecho de que no fue así, ya que los conmina a que lo toquen y les pide de comer, mientras que san Juan (20, 26-29) describe lo que pasó con Tomás, relatos evangélicos que muestran que la resurrección de Cristo fue en cuerpo y espíritu.
       La tumba vacía refuerza este hecho. Es imperativo en este momento admitir que Jesús realmente murió en la cruz, pues la tumba vacía suministra la transición entre su muerte y entierro, y su resurrección de entre los muertos. Al mismo tiempo, representa otro cambio, pues el Discípulo Amado, al entrar al sepulcro y al ver lo que había pasado, creyó, pues “todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que Él tenía que resucitar” (Jn 20, 3-9). La ausencia del cuerpo del Señor, la tumba vacía, fue lo que llevó a la fe verdadera a Juan, y es lo que ha de llevar a los cristianos de todos los tiempos a creer realmente en Cristo resucitado.
     El problema era que no fue fácil que los discípulos y sus contemporáneos se convirtieran en creyentes, mucho menos que otros pueblos aceptaran el mensaje. Todo ello se resumía en lo que hemos escuchado muchas veces como el “escándalo de la cruz”. San Pablo (1Cor 1, 18) lo expresa como “el mensaje de la muerte de Cristo en la cruz parece una tontería a los que van a la destrucción; pero este mensaje es poder de Dios para los que vamos a la salvación”. “Para los judíos”, nos dice Benedicto XVI, “la Cruz es skandalon, es decir, trampa o piedra de tropiezo… y era inconcebible que Dios pudiera acabar en una cruz, símbolo del fracaso, el dolor y la derrota, por lo que aceptar la cruz era realizar una profunda conversión contraria a todo lo que su cultura y tradición de siglos enseñaba.”
     Los discípulos y sus contemporáneos necesitaban señales más profundas, que los sacudieran de su estupor, para convertirse en verdaderos creyentes capaces de llegar al martirio. Es notorio lo que san Marcos (9, 31-32) nos dice en varios pasajes de su Evangelio: Los Doce no entendían lo que quería decir con aquello de que sería entregado a quienes lo matarían, pero resucitaría a los tres días, y se cuestionaban lo que significaba lo de resucitar (9, 10). Además nos relata que los discípulos, en el camino a Jerusalén, se encontraban asombrados y temerosos cuando anuncia por tercera vez su muerte (10, 32-34). Más adelante (16, 14) los reprendería por su falta de fe y su terquedad, pues después de su resurrección se apareció a María Magdalena y a otros dos, quienes les avisaron que lo habían visto, pero no les creyeron (16, 9-13). El testimonio de la resurrección fue el disparador de su fe y ha de ser el de la nuestra. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara-Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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