Suplementos | Habitábamos en el departamento que estaba arriba de su casa Juamski y Las Monjas Habitábamos en el departamento que estaba arriba de su casa: era flaco, alto, encorvado, pelo y bigote cano y, siempre, con un cigarro encendido entre sus dedos Por: EL INFORMADOR 2 de junio de 2013 - 04:49 hs GUADALAJARA, JALISCO (02/JUN/2013).- Juamski parecía la viva imagen de El Yeti “el hombre de las nieves”. Sólo que luego de hibernar unos catorce años: flaco, alto, encorvado pelo y bigote cano y un cigarro, siempre un cigarro encendido, así fueran las seis de la mañana o las doce de la noche. Llegamos a pensar que un día iba a morir quemado en su colchón por culpa de esa colilla encendida que parecía uno más de sus dedos. Juamski vivía debajo de nosotros: más precisamente, nosotros habitábamos en el departamento que estaba arriba de su casa. Aún más precisamente: aquella era una casa antigua, grandísima, a la que habían dividido en cuatro partes para convertirla en una especie de conjunto habitacional, pero a partir de una sola casa. De ahí que los “departamentos” tuvieran una muy extraña distribución. Y de ahí también el extraño asunto de que las únicas ventanas de nuestra recámara dieran a un cubo de luz en el que abajo se encontraba la cocina de Juamski. Cuando nos acostábamos a ver el noticiero, a punto de dormir, Juamski acostumbraba gritarle a su familia: “¿Van a querer los huevos con chorizo?” Cuando la respuesta era afirmativa, Juamski se ponía a cocinar los huevos con chorizo y hasta cantaba y hacía bromas. Cuando la respuesta era negativa se ponía de pésimo humor y de todos modos cocinaba los huevos con chorizo (muy probablemente sólo los suyos) y entonces se ponía a gritar y a maldecir por cualquier nimia cosa a todos y cada uno de los integrantes de su familia. Durante siete años siempre conciliamos el sueño con el olor del chorizo frito. Los primeros años juraba que, a causa de la ingesta de chorizo diario -¡y por las noches!- Juamski moriría de exceso de colesterol en las venas. Pero al parecer la vida es incoherente, pues todavía hace unos días lo vi, “vivito y coleando”, agarrado de su colilla de cigarro como si de ella dependiera su vida. Las Monjas La parte de atrás de nuestra casa daba a una enorme finca. No había que hacer mucho esfuerzo para observar un gran patio arbolado, con matorrales y macetones en el que bien hubieran cabido al menos dos canchas de vóleibol. Al fondo se veían unos grandes ventanales, lugar por el que se entraba (o salía, depende la perspectiva) a la casa. Esa gran finca albergaba a un puñado de monjas a las que se les veía muy poco, excepto cuando dos o tres veces al año organizaban una especie de retiros espirituales con puras niñas de entre diez y quince años a las que les ponían unas faldotas que les llegaban a los tobillos y a las que encerraban durante un fin de semana largo que iba del viernes al domingo. Pasaron años sin que tuviera noticia de las monjas de esa casa, fuera de los gritos de las niñas durante el recreo de los encierros espirituales. Hasta que un día tocaron a la puerta, abrí y vi a una de las monjas que muy seria sostenía con sus deditos santos -pulgar e índice- una bolsita negra. En esos segundos que pasaron entre que ella dijo lo que dijo y yo quedara petrificado lo único que pensé fue que estaba ahí para obsequiarme algo. La imaginaba diciéndome: “queremos de alguna manera agradecerle que tolere los gritos de nuestras niñas invitadas y le hicimos estas galletitas”. Pero no, la monja, muy seria, mientras estiraba su mano para darme la bolsita y yo la agarraba, me espetó: “Esto es de su perro. Parece que alguien ha estado echándolas a nuestro patio” Y se dio la media vuelta para irse. Juro que en ese momento no entendí nada. Y mucho menos cuando abrí la bolsa y vi que lo que contenía eran cacas de perro. Muchas. Secas. Sí: la monja había tenido el cuidado que seguramente tiene en procurar el bien al prójimo, para recolectar las cacas de mi perro en una bolsita, salir de su casa, dar la vuelta a la esquina, subir las escaleras y, en lugar de bendecirme, devolverme las heces de mi mascota. Subí al lugar donde vivía el perro para tratar de explicarme lo que sucedía, pues no me imaginaba a alguien aventando las cacas de “Benito” al otro lado, nomás por deporte. Y, efectivamente descubrí el misterio: existía, oculto en una esquina, un bajante que en enviaba el agua desde mi azotea hacia el patio de la casa de las monjas. En tiempo de lluvias el agua arrastraba todo a su paso –incluidas las heces de “Benito”- e iban a parar a las jardineras de esa casona santa. Sucedió que de repente ellas quitaron las jardineras para ganar espacio en su patio y todo lo que bajaba desde mi azotea iba a dar allá. Las monjas pudieron ir a hablar conmigo y pedirme que solucionara el problema, pero en cambio realizaron una acción que, según yo, las debe colocar, a su muerte, en el décimo círculo del infierno: en el que llueven eternamente cacas de perro. david.izazaga@gmail.com Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones