Viernes, 10 de Octubre 2025
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In Memoriam: Maestra María Luisa González Aréchiga (1926-2009)

Por: José Luis Meza Inda

Por: EL INFORMADOR

De manera discreta, muy a su estilo de ser y de vivir, sin haber recibido reconocimiento oficial ni homenaje alguno, salió de este mundo, al final del pasado mes de junio, la pintora tapatía María Luisa González Aréchiga, quien formara parte de una brillante generación de cultivadores del arte nacidos aquí o que vinieron aquí, en la segunda década del siglo XX, y quienes la precedieran  en este tránsito: Miguel Ángel Topete, Juan Soriano,
Ramiro Torreblanca, Jesús Serna Maytorena, Armando Anguiano, et al., pero cuya discreción fue proporcionalmente opuesta a la relevancia de su talento.

A innumerables personas, de todas las edades y clases sociales, María Luisa introdujo en el alucinante campo de la pintura, siendo maestra y animadora, por años, de aquel inolvidable “Jardín del Arte” en el Agua Azul, o compartiendo sus conocimientos en su propio taller; como incontables fueron también las horas de labor altruista que dedicó a favor de las etnias aborígenes marginadas, pero sin descuidar por ello su propia obra plástica trabajada con particular esmero.

Dotada de facultades innatas, tuvo desde muy temprano la oportunidad de pulimentarlas bajo la dirección del célebre maestro Eugenio Mingorance, habilísimo dibujante y pintor; siendo guiada asimismo, por Jorge Martínez y Raúl Anguiano, quienes incuestionablemente dejaron una impronta muy profunda en cuanto a la delicadeza de su trazo, de la cual difícilmente se desprendería y que fue base substancial de toda su obra pictórica, pero con marcada preferencia a la de su género favorito: el retrato. Completó su formación como alumna de la Escuela Nacional de Arte “La Esmeralda” en la Capital de la República y enriqueció su visión plástica con provechosos viajes de estudio al extranjero.

Cultivó el realismo en el paisaje y la naturaleza muerta, pero sin incidir, como digo, en las precisiones de un academicismo frío y relamido, sino empeñándose en apropiarse de un estilo personal empleando para ello líneas vigorosas, pinceladas gruesas, gruesos empastes y otros acentos de cualitativos, y sobre todo, poniendo énfasis en un colorido que iba de lo solar a lo lunar, con grandes intensidades y contrastes. Esta última característica se ahondó sobre todo en buena parte de su obra retratística, alcanzando  niveles inusitados de individualidad que la distinguieron del resto de los cultivadores de este difícil genero, pues en lugar de “embellecer” zalameramente a sus modelos, la maestra logró, sin pérdida del parecido, alterar el tono de las carnaciones habituales para dar cauce a  alucinantes imágenes, como aquéllas de indígenas huicholes, de fieras tonalidades de tipo expresionista; rostros que parecían iluminados por fuegos de artificio que hacían resaltar sus rasgos pétreos dotándolos de idealizado vigor y misteriosa profundidad.

Nadie pues pudo, dentro del amplio panorama pictórico local, disputarle la hegemonía como singular retratista, labor en la cual volcando el rico caudal de sus dotes, conocimientos, búsquedas y experiencias acumuladas,  mereció la aprobación de quienes la respetamos, de quienes con ella aprendieron el abc del arte píctórico y de quienes visitaron sus exposiciones tanto en las principales galerías de Guadalajara,  Monterrey, e inclusive, en Bellas Artes, de México.

No merecía pues María Luisa que su ausencia definitiva pasase totalmente desapercibida en medio de la indiferencia y el silencio, por eso yo al menos, he querido recordar aquí su nombre, sus inmerecidas deferencias para mi persona, su  siempre fresca sonrisa y su peculiar figura ataviada con indumentos folklóricos, resaltando cálida y solidaria sobre el fondo “civilizado” de nuestra ciudad. Queden estas líneas in memoriam de la apreciada Maestra, que no veremos nunca más, pero cuya obra permanecerá como parte del rico acerbo del arte jalisciense contemporáneo.

Tapatío

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