Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | Por: alejandor silva

Historias desde la banqueta

El Prohombre mexicano Juan Pérez

Por: EL INFORMADOR

En el que los estudiantes nutren el movimiento del espíritu del general Cárdenas y los chóferes del transporte público entran a la historia (II)

(Continúa)

Juana, una señora mayor que camina entre la tienda de abarrotes y la panadería, rebozo correcto, el escapulario entre los dedos, ve a doña Juanita, un poco menor, bufanda de colores, calcetas azules que terminan en zapatos sin tacón, al final de la calle, a unos metros.
-Sigo esperando esas enfrijoladas que me prometió oiga –dice con una sonrisa socarrona.
-Híjole Juana, tendría que ser después, ¿sabe que ya llegó m’hijo, oiga, y que se tiene que regresar ahoritita otra vez a trabajar?
-¿Cómo? ¿Se lo cambiaron de horario?
-No Juana, ¿qué no le dije que los choferes se armaron de valor y se pusieron a repartir d’esos como volantes, ire, con unos estudiantes y pus como para decirle a la gente, a los pasajeros, que son sus patrones los que los obligan a trabajar así…?
Juana asiente con un movimiento de cabeza y dice:
-Oh… -alargando el vacío al final de la vocal y manteniendo el gesto fonético.
-N’ombre, si dice m’hijo que quisieron hablar con los patrones, edá, pus pa’rreglar las cosas por las buenas, pero ire, dice que ni los quisieron recibir, y hora pa’ que les dé más coraje los choferes andan chambeando por turnos y no por corretizas pa’ demostrar que sí se puede y que se recauda el mismo pasaje…
-Oiga, ¿y no tendrán problemas? Ya sabe que esa gente es muy mala…
-Pues Dios quiera que no Juana. –dice doña Juanita suspirando.
Ambas se despiden con un gesto de mano, vagamente.


Ninguna de las dos partes debía haberse imaginado una situación así. Más tarde lo recordarían como el principio de una larga alianza… que después tendría que romperse.
El espíritu del general Lázaro Cárdenas observó la disposición a la batalla campal propia de la juventud en las decenas de estudiantes que rápidamente rodearon a la veintena de choferes del transporte público dentro del auditorio de la universidad. Vio a los choferes que sintiéndose amenazados comenzaron a cerrar los puños. Hubiera faltado una mínima chispa…
-No, si verdá e Dios que se salvaron, eh, si yo fui campión de box allá en mis años mozos –dice, más tarde, el bolero Juan Pérez, limpiando los zapatos del espíritu de Lázaro.
-Pero no fue tan fácil, Juan, y ahora vendrán las complicaciones –responde el General mirando a la lejanía.  
En el auditorio universitario, ese día, el tiempo pareció detenerse durante los segundos que le tomó al general Cárdenas ponerse frente al chofer Juan Pérez. Lázaro fue el primero en hablar:
-¿De qué quieren hablar, señor Juan Pérez?
- Pues de eso que están haciendo, señor, no se hagan: ustedes –señalando a los estudiantes- nos pagan el pasaje con pura morralla… no la frieguen, si no somos zonzos y entendemos…    
-Vamos por el buen camino entonces señor.
El chofer se rascó la cabeza. Miró con recelo a su alrededor. El espíritu del General lo notó y a su vez dirigió una mirada de conciliación hacia los estudiantes. El bolero Juan Pérez arrojó al suelo las piedras que había juntado. Los estudiantes dieron un paso atrás.
-Ustedes quieren soluciones y nosotros queremos soluciones también… -dijo el chofer.
Nadie en ese auditorio con la excepción del espíritu de Lázaro tenía en la mente un acuerdo. Pero cuando el General esbozó su idea una vez calmados los ánimos, y fue secundado por la joven que ya había pensado en algo similar alguna vez, la solución fue sencilla. Después de una larga charla fueron los mismos estudiantes quienes redactaron un volante que se entregaría a cada pasajero dentro de los camiones. La idea de hacer una huelga no sedujo a nadie: se coincidió en que las autoridades de la Junta de Conciliación darían la razón a los concesionarios, sus patrones. Los choferes se mostraban dispuestos a mejorar el servicio del transporte público siempre y cuando sus patrones les permitieran un horario laboral por turnos, y no por pasaje recaudado. Aseguraron que esa era la razón de que los camiones tuvieran que andar jugando carreras, ganando pasaje. Un estudiante hizo notar que, de acuerdo a los concesionarios –según un reportaje que vio la semana pasada en la televisión-, el horario no podía ser por turnos porque había choferes que gustaban de simplemente dar vueltas por la ciudad sin llevar pasajeros. Los choferes contraatacaron: se organizarían entonces para trabajar, a ultranza, por turnos, mostrando que se podía recaudar lo mismo que corriendo por toda la ciudad. Toda esa información contenían los volantes que miles de pasajeros leyeron en pocos días.
-Hay que pensar en nuevas acciones, mi general, ora que los chóferes y los estudiantes andan tan bien entre ellos – le dice el bolero Juan Pérez al espíritu de Lázaro. Éste suspira.
-No echemos las campanas al vuelo Juan… intuyo que ganaremos muchos enemigos con lo que acabamos de hacer…


Suena la bocina del teléfono. Es la recepcionista.
-Licenciado Pérez de Pérez, lo busca el espíritu del señor Elías Calles.
-Hágalo pasar, rápido –responde desde su sillón el licenciado, un hombre grande de aspectos nerviosos, con perfil de emperador.
El espíritu de Plutarco Elías Calles entra a la oficina seguido del líder del sindicato de limpiaparabrisas Juan Pérez. El licenciado se levanta de su asiento y le alarga la mano.
-Señor, lo esperaba antes… esto se tiene que solucionar de inmediato y usted dijo que podría…
-Calma, licenciado, calma –lo interrumpe, pasivo, el espíritu de Plutarco, mientras toma asiento, obligando al licenciado a hacer lo mismo. El limpiaparabrisas, vestido con un traje que esta por abrirse a la altura de la barriga, se mantiene de pie.
-Repasemos: sus choferes andan muy alebrestados y quieren qué, ¿más dinero?
-Eso mismo, señor, y lo peor es que ya tienen el apoyo de esos jijos de la tiznada que andan haciendo marchas y manifestaciones… ayer me habló el gobernador y me dijo que si no ponía orden lo haría él mismo… y ese catrín es muy… especial…
-Usted no se preocupe, licenciado, que esto se puede solucionar. Una sola palabra: despídalos.
El licenciado salta de su asiento.
-¡Pero cómo se le ocurre!    
-Así, de un plumazo, córralos a todos. Ya sabe que la Junta le dará el visto bueno y nos podemos inventar cualquier cosa, una huelga injustificada… es sencillo.
-¡Pero lo que usted me pide es imposible! ¿De dónde voy a sacar a dos mil 500 choferes, que son los que constan en mi concesión?
-Es fácil: aquí el ingeniero Pérez –señalando al limpiaparabrisas- es líder de un amplio gremio en crecimiento. Y usted sabe –el espíritu de Plutarco se acerca hasta quedar en confidencia con el licenciado- …Entre gremios nos ayudamos.
El licenciado toma aliento. Sopesa la idea. Lentamente sonríe.
-Es lo que se merecerían esos ganapanes… que se jodan.
-Muy bien dicho, licenciado –Plutarco se levanta- Y por cierto… escuché que hace falta un director en el Ayuntamiento… y como el regidor que preside la Comisión es su compadre… pues…
-No se preocupe don Elías… es suyo… ¿para usted?
-No licenciado: un joven amigo… ya se lo enviaré.
Ambos se despiden. El limpiaparabrisas Juan Pérez abre la puerta y la sostiene mientras pasa el espíritu de Plutarco Elías Calles, sonriendo, pensativo.

Tapatío

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