Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | “S i se quiere enaltecer al país debe imperar la moralidad en sus dirigentes”

Historias desde la banqueta

El prohombre mexicano Juan Pérez

Por: EL INFORMADOR

“S i se quiere enaltecer al país debe imperar la moralidad en sus dirigentes”.

En medio del problema del soborno que exige el inspector del Ayuntamiento para dejar trabajar a la cooperativa de limpiaparabrisas, el espíritu del general Lázaro Cárdenas, devuelto a su país dispuesto a hacer el cambio, piensa en soluciones. Nota que los cuidacoches son parientes de oficio de los limpiaparabisas, por la mexicanísima improvisación. Los cuidacoches le han informado sobre los problemas que enfrentan a diario: la advertencia de que el espacio que ellos utilizan para trabajar es público y no deben lucrar con él.

Pero la necesidá está cañona jefe, si uno no quiere venir a moler a la gente: quiere trabajar, chambearle, porque si no es aquí pus no sale –le continúa diciendo el cuidacoches Juan Pérez, padre de un niño que toma clases en la escuela ambulante de los limpiaparabrisas.

El general Cárdenas piensa que deben unirse cuidacoches y limpiaparabrisas sin afectar los ingresos de ambos gremios en un movimiento que además satisfaga al Ayuntamiento. De pronto su mirada se cruza con la de un anciano sentado a varios metros de su banca. Es un hombre de bastón, ataviado con un traje de los años 40, sombrero stetson y bigote corto, triangular, exactamente del tamaño del labio superior. Alimenta a las palomas mientras mira fijamente a Lázaro no sin sonrisa. El general Cárdenas achica los ojos, pero ve más allá: en la esquina afuera del parque, donde hay un terreno baldío con un letrero anunciando que se trata de una propiedad del municipio. Lázaro Cárdenas gira la cabeza buscando al bolero Juan Pérez, que en ese momento toma un descanso de las clases que imparte en la escuela ambulante; el General lo llama con un movimiento. En la esquina contraria, donde los limpiaparabrisas organizados en cooperativa con delantales y copias de poemas que regalan a los automovilistas luego de recitarlos, está el líder de los limpiadores Juan Pérez exprimiendo un trapo, llenando cubetas, procurando todo lo que necesitan los demás en el crucero. Observa al General hablando con el cuidacoches y luego con el bolero; rechina los dientes. Nota cómo el bolero Juan Pérez se emociona mientras el general Cárdenas le dice su plan, y cómo el cuidacoches muestra también su entusiasmo y corre hacia donde están los otros cuidadores de autos para llamarlos. Pronto se forma un círculo alrededor de Lázaro Cárdenas y éste da instrucciones precisas a cada uno antes de que se desperdiguen buscando los instrumentos que serán necesarios.
El bolero Juan Pérez, fiel escudero, y el espíritu en blanco y negro de Lázaro Cárdenas caminan entonces hacia el Ayuntamiento. El General pide una audiencia con el alcalde. Cerca de dos horas después Lázaro sale de la oficina junto con el bolero Juan Pérez. El alcalde se rasca la coronilla en el umbral mientras los ve retirarse. El espíritu de Cárdenas lleva en las manos una carpeta con el sello oficial del Ayuntamiento y unas llaves.

Mientras, en el parque, donde los cuidacoches han juntado varios machetes, pintura amarilla y una hoja con varias cifras impresas, los policías en bicicleta hablan en clave a través de sus radiofrecuencias, nerviosos por lo que parece una revuelta, una manifestación campesina. Pronto se juntan más policías en las otras esquinas, rodeando el parque y a los cuidacoches. El líder de limpiaparabrisas Juan Pérez parece enojado mientras observa el panorama.
Lázaro Cárdenas y el bolero llegan junto con los cuidacoches y repasan el plan. -Ire don Lázaro –comienza uno de los vienevienes- aquí en el estacionamiento de a la vuelta cobran 35 varos la hora; en el que está más pa’llá –señalando a lontananza- la hora anda en 22 varos.
-¿Y ustedes cuánto suelen cobrar por cuidar un coche? –pregunta Lázaro.
-Pus depende, jefe; si lo lavamos unos diez o 15 varos, y si nomás lo cuidamos pus lo que sea la voluntá del dueño.

El general Cárdenas hace cuentas mentales. A una señal suya los cuidacoches toman sus machetes y lo siguen hacia el terreno baldío frente al parque. Los ciclopolicías, ya mareados por el asunto de la cooperativa de limpiaparabrisas, se llevan instintivamente las manos a las fundas de sus pistolas y rápidamente siguen a la comitiva. El general se detiene en la puerta del solar y con las llaves con que salió del Ayuntamiento abre el candado. Enseguida un policía trata de averiguar qué sucede.

Tenemos permiso del Ayuntamiento –le responde Lázaro mientras le alcanza al gendarme la carpeta con el sello oficial.
-¿Qué van a hacer? –pregunta el policía.
-Una solución –dice Lázaro y sonríe.
Una hora después y gracias al trabajo conjunto de los cuidacoches, el terreno del municipio está completamente desbrozado, y varios cajones de estacionamiento pintados en el suelo. Lázaro Cárdenas asiente con la cabeza hacia el letrero que le muestra uno de los cuidacoches, letrero que enseguida es colocado a la entrada del terreno: “Estacionamiento colectivo de cuidacoches, 10 pesos la hora”. Los policías observan con escepticismo el experimento pero poco a poco se van dispersando. Pronto aparece el primer cliente y los cuidacoches no caben en su alegría al notar un empleo más formal de lo que habían venido haciendo.

-¿Qué onda don Lázaro? –pregunta el líder de los limpiaparabrisas Juan Pérez. El bolero rechina los dientes.
-¿Qué ocurre, Juan? –le responde Lázaro.
-¿Qué... de qué se trata o qué...? Yo pensé que nomás nos iba a ayudar a nosotros...
El general mira fijamente al líder de limpiaparabrisas. Le explica:

-El Ayuntamiento debe cobrar por utilizar un espacio público. Si se utiliza este terreno del municipio y se cobra por hacerlo, a cambio de limpiarlo y ofrecer una solución de estacionamiento, un porcentaje irá a parar a las arcas municipales, y así ustedes en lugar de pagarle al Ayuntamiento van a proveer de agua y trapos a los cuidacoches: ellos se benefician con los insumos y con la escuela ambulante, y ustedes no ven reducidos sus ingresos para pagar impuestos.

El general sonríe pero el líder limparabrisas no.

-Cámara –dice, visiblemente contrariado, y se va.

-Usté no le haga caso don Lázaro –dice el bolero acercándose al espíritu de Lázaro. –¿Qué no se sabe la anécdota de los cangrejos mexicanos en la cubeta, unos bajándolos a los otros cuando están a punto de salir?
Lázaro pasa saliva: observa que en una de las bancas del parque el líder de los limpiaparabrisas se ha sentado junto al anciano con traje de los 40 que alimentaba a las palomas. El semblante del General se pone serio.
El bolero no puede creer lo que ve: toma uno de los libros de texto que utiliza en la escuela ambulante y mira una de las páginas comparando la fotografía en el papel con el anciano en el parque. Deja el libro en una banca y se va con Lázaro.

Al pie de la imagen hay un pie de foto: Plutarco Elías Calles.

Por: alejandro silva

destacado: Donde a la cooperativa de limpiaparabrisas se añade el sindicato de cuidacoches y se llega a un creativo arreglo con el Ayuntamiento

Tapatío

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