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Lunes, 18 de Diciembre 2017
Suplementos | Noche de muertos: entre luz y sombras

Historia

De viejas y nuevas celebraciones

Hemos comentado, en una entrega anterior, que durante la primera mitad de la Edad Media, lo que fue la celebración celta del fin de año y del verano, terminó siendo, por imposición del cristianismo, un ritual dedicado a los muertos (Tapatío número 53, 18/10/2008). Los días 13 de mayo de cada año era la fecha dedicada al recuerdo de los muertos, mientras que el 31 de octubre se realizaba la difundida ceremonia del fin de año celta. Por decreto papal el día de difuntos cristiano fue movido al día de la fiesta calendárica celta. Fue así entonces que continuaron dos festividades distintas: la de muertos (1 de noviembre) y la de fin de año (31 de octubre), aunque esta última perdió su carácter puesto que también terminó imponiéndose el calendario cristiano con su fin e inicio de año en diciembre y enero, como es hasta hoy.
La mayoría de los pueblos del mundo poseen dentro de su cosmogonía una celebración especial en la que honran a sus muertos, y hemos de considerar que una ceremonia como ésta, de cualquier cultura, reviste especial interés toda vez que se trata de una “comunicación” con algo que ya no existe, con algo que se ha convertido en una abstracción que sólo a través de la memoria puede ser recuperada. Lo que hace todavía más místico este ceremonial es que no sólo se recuerda a “los muertos”, sino que también se reflexiona sobre “la muerte” en sí, sobre la condición de lo no-vivo, lo ausente.
Este ritual podría parecer proporcionalmente contrario a una celebración de la vida, pero debemos considerar que tanto una como la otra (vida-muerte) nos exige el mismo respeto y reflexión como condiciones complementarios. Pero en sentido estricto, la memoria sola no es suficiente para entablar la total comunicación con los muertos, es necesario implementar una serie de actos (rituales) que propicien la eficaz “comunicación” y evocación con los que ya se nos han adelantado.

Ceremonia a los muertos en la América antigua

Del mismo modo en que en Europa ya se había arraigado la conmemoración del Día de Muertos, en la América prehispánica también se tenía una especial ceremonia para esta ocasión. Con la conquista y colonización de este milenario continente, al implantar la ceremonia cristiana de difuntos, ésta volvió a sufrir una ligera modificación y redirección a través de la evangelización, con el objetivo (de nuevo) de combatir las tradiciones que ya existían entre los nativos.
Antes de la conquista, los indígenas americanos (nahuas, mayas, otomíes...) tenían un calendario bien definido con sus ceremonias tanto civiles como sagradas. Su calendario era de 18 meses de 20 días cada uno (veintenas), y cada veintena estaba dedicada a una fiesta en particular; dentro de las 18 principales fiestas del año había dos dedicadas a honrar a los difuntos: una era tlaxochimaco (ofrenda de flores), también llamada miccailhuitontli (fiesta menor de los muertos), y la otra se realizaba en el mes siguiente: Xocohuetzi (el fruto cae) o huey miccaílhuitl (fiesta mayor de los muertos). Las ceremonias a sus muertos no duraban sólo un día o dos: duraban dos veintenas seguidas, y caían entre agosto y septiembre de nuestro calendario gregoriano.
Esto de “fiesta menor” es interesante porque nos da especial pista para comprender por qué dentro de la ceremonia cristiana de difuntos tenemos actualmente un día de “todos los santos” y los niños difuntos (1 de noviembre) y el “día de los muertos” (2 de noviembre). En la ceremonia de los “pequeños difuntos” se adornaban los templos con flores de todo tipo que se recogían en el campo. Por las tardes se realizaban danzas en la que los jóvenes tenían especial participación, a la vez que también se adornaban con flores los sepulcros de los muertos jóvenes. Se buscaba un tronco de árbol (xocotl) que se preparaba durante los 20 días de ceremonia para sembrarlo posteriormente.
La veintena siguiente, huey miccaílhuitl, la fiesta mayor de los muertos, era una continuación de la anterior; se erigía el xocotl en el centro del templo mayor, en Tenochtitlan, y se adornaba con flores y en la punta se le ponían frutas y la imagen de un difunto en forma de bulto atado. Tenía también largas cuerdas por las que los adultos luego se precipitaban a subir y participar de la “fecundación de la tierra”. Por este tronco clavado en la tierra llegarían los muertos y fecundarían la tierra. “La muerte”, antes mencionada, era representada por dos entidades complementarias: mictlantecuhtli (señor del reposo) y mictlancihuatl (señora del reposo), a quien se dedicaban las principales ofrendas entre las que destacan la flor de cempoaxochitl.
Los nativos subían a los tejados de las casas y, mirando hacia el norte -el lugar del reposo- imploraban a sus parientes difuntos diciendo: “Vengan pronto que los esperamos”. Las danzas y otros actos rituales tenían especial desarrollo durante la noche; las tumbas de sus muertos eran ricamente ataviadas con los principales objetos del difunto, así como alimentos, como el tzoalli (amaranto).

Y llegaron ellos...

La conquista de América creó un nuevo mundo que poco o nada tiene de parecido con lo que era; el culto cristiano a los muertos adaptó las fechas consecutivas del día de los “pequeños difuntos” y la “fiesta mayor” del mundo prehispánico, y convirtió el día 1 de noviembre en la fiesta de Todos los santos, dedicados a los difuntos niños y a la “preparación” de la gran ceremonia, mientras que el día 2 es el Día de Muertos, que dicho sea de paso, muchas de las comunidades indígenas aún realizan su ceremonia con ofrendas ancestrales: altares, flores, alimentos, veladoras, danzas y, principalmente, es un ritual nocturno ¿Por qué entonces llamarlo Día de Muertos si es la noche el mejor momento para comunicarse con ellos?
Las plegarias, cantos y recuerdos de nuestros difuntos, así como los elementos del cristianismo (cruz, santos, rosarios...) dieron forma al ceremonial que hoy conocemos, en el que el templo y el xocotl, fueron sustituidos por el tradicional altar, que en algunas partes del país, como en el Occidente, tienen un importante arraigo. ¡Que vivan nuestros muertos...!

por:
cristóbal durán

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