Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | La búsqueda de cadáveres comienza a ser una constante en esta tierra

Gaza se resigna a una larga ofensiva militar de Israel

La búsqueda de cadáveres comienza a ser una constante en esta tierra que tras cinco días de ataques ya huele a muerte

Por: EL INFORMADOR

Al menos 15 palestinos murieron y 20 fueron heridos en el ataque sobre una mezquita. EFE /

Al menos 15 palestinos murieron y 20 fueron heridos en el ataque sobre una mezquita. EFE /

GUADALAJARA, JALISCO (13/JUL/2014).- Cuando dos misiles israelíes reventaron la vivienda de Yasir al Hajj con sus padres y sus seis hermanos dentro, el supuesto militante de Hamás no estaba allí. “A saber dónde”, se encogía de hombros su vecino Kamal Abu Lebda. Ante la montaña de ruinas de lo que fue la casa de los Al Hajj y la fachada hundida de la suya propia, Abu Lebda trataba de sacudirse el polvo de hormigón que le manchaba hasta el bigote, mientras relataba cómo, pasadas las tres de la mañana, había sentido en mitad del sueño que una onda expansiva lo aupaba en volandas. Escuchó el bombazo tras caer “a cuatro metros” de la cama, según rememoraba.

Después, gritos “de mujeres, de hombres y de niños”. Fuera no se veía nada a esas horas, porque la luz se va más a menudo que antes en el Bloque G del campo de refugiados de Jan Yunis, al sur de la franja de Gaza.

A media mañana, en cambio, el Sol exacerbaba los grises del cemento en el cráter abierto en mitad del barrio, el ocre de la tierra removida y el lomo brillante de las moscas que se posan en chorretones de sangre. Docenas de vecinos y familiares escarbaban con las manos entre los escombros, buscando el cadáver aún sepultado de Omar, uno de los hijos de la familia. Tenía 20 años. Entre sus hermanos muertos había varias chicas menores de edad.

Horas más tarde de que la Fuerza Aérea liquidara a la familia Al Hajj mientras el sospechoso Yasir estaba fuera, la legendaria perspicacia de los servicios secretos israelíes quedaba en entredicho con el anuncio oficial y el correspondiente desmentido de que habían matado al jefe de los comandos lanzacohetes de Hamás, Ayman Siam. Habría sido el primer éxito militar reseñable en una oleada de ataques que hasta la tarde del miércoles ya se había cobrado 88 vidas palestinas según el Ministerio de Sanidad de Gaza. La ofensiva aérea de Israel contra el grupo Hamás —considerado terrorista por la UE y E.U.— comenzó en la noche del lunes.

Entre las víctimas mortales figuran al menos 22 niños, 15 mujeres y 12 ancianos. Los heridos rondaban entonces los 650. Israel ha ejecutado más de 800 ataques aéreos contra cientos de objetivos. Algunas veces llaman para alertar del bombardeo. Otras, como en el caso de los Al Hajj, la muerte no avisa.

Las radios de Hamás en Gaza seguían, entre tanto, celebrando supuestos éxitos de sus lanzaderas de cohetes, que siguieron abriendo fuego contra Israel, con un triunfalismo que sólo encontraba correlato en la alarma israelí.

Desde que las Fuerzas Armadas de Israel comenzaron esta masiva operación contra Gaza, los 470 cohetes palestinos han alcanzado distancias inauditas, pero sólo han causado heridos y daños poco reseñables. Dos soldados resultaron heridos, uno de ellos de carácter moderado, en Eshkol, en el Néguev (Sur), por el impacto de uno de esos proyectiles, informó el Ejército israelí.

Además de la debilidad propia de dichos artefactos, Israel lo impide con un sistema de protección antiaérea llamado Cúpula de Hierro. Los palestinos de Gaza, en cambio, encadenaban para el miércoles tres noches de bombardeos masivos sin alarmas, refugios ni protección antiaérea.

La jornada ese día marcó un nuevo paso en una escalada violenta que, según temen muchos en la castigada Franja, podría desembocar en una invasión. Si las explosiones ya resultan aterradoras noche y día, no se puede augurar el efecto destructivo de una incursión terrestre, que siempre llega precedida de ataques masivos de artillería y aviación.

Hasta hace bien poco, los expertos insistían en que ni la debilitada Hamás ni el Ejecutivo de Benjamín Netanyahu, que tiene otros problemas con Irán y Siria, estaban interesados en una escalada. Las bombas que machacan Gaza son el recordatorio de que la guerra sigue otra lógica. Los portavoces de Hamás negaban “cualquier contacto” con Israel a través de la mediación de Egipto o de Turquía.

Las fuerzas militares israelíes movilizaron a 20 mil reservistas y decretaron medidas de protección civil en un radio de 40 kilómetros de la frontera con Gaza. Todo ello sugiere que la violencia no acabará pronto.

El futbol levanta pasiones en la Franja. En la noche del miércoles, un grupo de muchachos se reunió en un chiringuito de la playa de Jan Yunis. Cuenta Mohamed Ferwand, que tiene 21 años y es primo de uno de ellos, que querían ver juntos la semifinal entre Argentina y Holanda. Al día siguiente sólo quedaba un gran boquete tras el letrero del chiringuito, llamado La playa de la diversión. Una excavadora seguía buscando los restos de Salim Sawali, de 23 años, muerto en un bombardeo aéreo mientras veía el futbol. Los cadáveres de ocho amigos suyos, de entre 16 y 25, ya estaban camino del cementerio. Es costumbre musulmana enterrar a los muertos antes de 24 horas.

Por eso el jueves por la mañana apenas había hombres junto a la casa de la familia Nawasra: asistían al sepelio de cuatro de sus miembros.

Al edificio le falta la fachada desde el bombardeo de la tarde previa y presenta el interior de cuatro habitaciones, como una gran casa de juguete. Arriba a la izquierda, donde las paredes son blancas, estaba Somud Nawasra cuando cayó el misil que mató a sus dos hijos Nidal y Mohamed, de cinco y dos años. Jugaban en la habitación rosa de la planta baja a la derecha. Mientras lo contaba, Somud sólo lloró al señalar la copa de un árbol: “Allí colgaba el cuerpo de Mohamed”.

El País

Los suníes de Iraq añoran a Sadam

A Sadam Husein le cazaron con una buena barba poblada, pero quien hace memoria recuerda aquel bigote bien cuidado bajo el que solía marcar sonrisa. El mostacho es muy iraquí. El abogado Abdul Rahman conserva a sus 64 años un bigote más espeso incluso que el del depuesto y ejecutado presidente. Tras descalzarse junto a la puerta, entra despacio en el salón de la casa de uno de sus vecinos, en el barrio de Adhamiya, y observa con unos ojos muy pequeños. La imagen es más suave que el discurso: “El Gobierno trata al pueblo con doble rasero”, señala. “Por un lado habla de los terroristas”, prosigue en relación con los yihadistas del Estado Islámico (EI), “y, por otro, tiene a sus milicias matando a los suníes”.

Adhamiya, al este del río Tigris, en el Norte de Bagdad, fue conocido en los días de Sadam Husein por alojar a altos cargos del régimen, la mayoría de confesión suní, la misma que profesa Abdul Rahman. Ahora está retirado, pero entonces trabajaba como funcionario. “Chiíes y suníes éramos como una familia”, apunta recostado. “Pero la ocupación de Irak lo cambió todo”. El letrado no escatima al denunciar la discriminación que han sufrido los suníes. “En todos los ámbitos del trabajo”, afirma. Y va más allá: “Ahora, al que se llama Omar o Utman, se le liquida”.

Si algo ha acompañado en su ofensiva al EI, formado por milicianos suníes, es el temor ante un nuevo estallido de la violencia sectaria. Insurgentes suníes se han unido a la llamada del califato hecha por su líder, Abdulbaker al Bagdadi; mientras, milicias chiíes —con las que comparte confesión más de 60 por ciento de la población— han tomado las armas para contraatacar. Y todo esto tras un 2013 en el que las protestas de los suníes contra la corrupción, falta de servicios, discriminación y persecución habían elevado ya la tensión con el Gobierno.

De las milicias chiíes es de las que hablaba el abogado Abdul Rahman. “Ayer, un amigo de Al Bemuk me relató cómo detenían a algunos jóvenes”. ¿Por qué? “Simplemente por ser suníes... Algunos aparecen muertos a las pocas semanas”. Entre las milicias más activas están las de Asaib Ahl al Haq y Bader.

También Alí Abu Ahmed, de 52 años, ha escuchado que en el mismo barrio de Adhamiya, junto al zoco, los milicianos de Asaib Ahl al Haq se llevaron recientemente a alguien. “Los suníes de este barrio no tienen problemas; mis hijos, por ejemplo, son funcionarios del Estado”, alega. Dos de ellos están presentes y asienten ante la frase del padre, un iraquí también de buen mostacho. “Aquí convivimos suníes, chiíes, kurdos y hasta turcomanos; todos somos hermanos”, prosigue. La tele del salón, que va y viene según van y vienen los cortes de electricidad, muestra una imagen de Al Bagdadi, el califa del EI. “Ellos son los que siembran las diferencias”, apunta con el dedo.

Abu Ahmed es taxista. Lleva uno de esos coches Dodge que llaman Obama porque, según dicen, el presidente estadounidense lo condujo en alguna ocasión. Antes de la arremetida de los yihadistas, hacía el recorrido que une Bagdad y Erbil, en el Kurdistán iraquí. Ahora, las carreteras están cortadas. “Y eso es culpa de los políticos”, dice.

Tampoco tiene trabajo ahora Abu Omar, de 50 años y del barrio de Al Jadriya, en el Sur de Bagdad, no muy lejos de la protegida Zona Verde oficial. Trabajaba para la empresa petrolera Oil Service. “Después de estar unos meses sin trabajo”, dice Abu Omar, “me dijeron que fuera a Basora , pero no lo hice porque es una zona chií y con un nombre suní temía que me hicieran algo”. Licenciado en Filología Hispánica e Inglesa, lleva más de un año y medio buscando empleo. “Y nada”, afirma con cierta desesperación. “Yo estoy formado y no encuentro nada, pero mi vecino, chií, que es carpintero, ha logrado un puesto importante en el Ejército”.

Grupos armados insurgentes suníes conquistaron una base militar en Muqdadiya, 80 kilómetros al norte de Bagdad.

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