Jueves, 09 de Octubre 2025
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Gabriel Ayala, médico, revolucionario y anónimo

La historia de la medicina en Guadalajara y de México, es al mismo tiempo la historia de su vida

Por: EL INFORMADOR

MEMORIAS. ''En los años cuarenta nos formaban para preguntar: ‘¿Qué le duele?' Ahora, lo primero que se pregunta es ¿ya pagó?'' . ESPECIAL /

MEMORIAS. ''En los años cuarenta nos formaban para preguntar: ‘¿Qué le duele?' Ahora, lo primero que se pregunta es ¿ya pagó?'' . ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (14/ABR/2013).- No quiere que escriba sobre él. “No me gustan los ‘yoyismos’”, explica con una sonrisa coqueta y sincera; “hay que hablar de la historia de la medicina; no de personajes, sino de épocas”. Eso sí le fascina. Y su cerebro de 84 años es un museo exquisito, igual que su casa: uno y la otra sin ostentación, pero prolijos en recuerdos familiares.

Tal vez lo único que falla en la memoria del ginecólogo Gabriel Ayala y de Landero es el hecho de que la historia de la medicina en Guadalajara y de México, es al mismo tiempo la historia de su vida.

Esa historia comenzó por allá, por 1861, con el robo de un niño de tres años, de nombre Antonio.

Sin que sus padres lo vieran, Antonio se escapó una tarde de su casa, persiguiendo una pelota que rodó a donde hoy está la calle López Cotilla, en el barrio de la penal de Escobedo. Un desconocido le ofreció un globo y se lo llevó. Horas después, el robachicos y el nene caminaban por los sembradíos de San Andrés, al Oriente de Guadalajara, cuando la casualidad hizo destino. El doctor Urzúa, el médico de la familia de Antonio, regresaba por el mismo camino a la ciudad, tras atender a un enfermo, cuando se encontró, cara a cara, con su paciente y el secuestrador. “Ahora sí estuve atinado”, dicen que dijo el galeno, cuando devolvió al niño con sus padres.

El pequeño creció escuchando la historia del heroico doctor Urzúa. Creció más y se hizo médico.

Médico de los buenos. De los que no le cobraban a los que no tenían para pagar, y uno de los fundadores de la asepsia y la antisepsia —la esterilización de los materiales y del espacio para una cirugía—, en 1887. Hasta antes, la muerte acechaba a la mitad de los que recibían cuchillo en los hospitales.

La historia del doctor Antonio, que nunca se libró de las grillas de los médicos del hospital de Belén —tanto que abrió su propio sanatorio en la esquina de San Felipe y Frías, donde hoy está la clínica Ayala del IMSS—, la narra el artista Gabriel Ayala y de Landero, en el libro Don Antonio Ayala Ríos, narraciones de un hijo. El escritor fue hijo de Antonio y el padre de este Gabriel Ayala, el que hoy en su casa, vestido de blanco impecable, pide que no se hable de él, sino de la historia de la medicina.

“De todos modos yo dejé el cuchillo hace ya 10 años y dejé al Hospital Civil de Guadalajara hace dos años”, se justifica, otra vez con sonrisa de sandía.

En las dos horas que dura nuestra charla, cuyo resultado es parecido al de haber consultado varias enciclopedias de historia, medicina y humanismo, el doctor Gabriel Ayala nombra a medio centenar de personas, con nombres, apellidos y circunstancias de felicidad y tragedia, incluidas fechas exactas.

Y eso no es nada de lo que sabe, aclara ahora sin modestia falsa.

Eso sí: jamás menciona que él mismo revolucionó la ginecología nacional, como sucedió, en los años cincuenta del siglo XX. Trajo el segundo colposcopio del país —el primero de Guadalajara— del viejo continente, donde estudió su especialidad. ¿Que para qué sirve el artefacto? Para ver con luz y lupa las profundidades de las mujeres de las que se sospecha que tienen cáncer en el cuello del útero. No conforme, Gabriel Ayala fue fundador de la laparoscopia en el país.

Cosa curiosa: en estos días, el colposcopio es un aparato no sólo común, sino casi obligado en los consultorios ginecológicos privados y públicos. La familiaridad con el artefacto comenzó hace unos 30 años, cuando Gabriel Ayala ya tenía más de 20 años echándole mano.

Adiestrado en el hospital Broca, de Francia, y armado con su colposcopio, a finales de 1954 Gabriel Ayala comenzó los estudios de tejidos del cérvix, a través de biopsias con visión microscópica. Y en 1966 fundó el servicio de detección de cáncer, en el Hospital Civil de Guadalajara.

Eso tampoco lo platica él. Está en los anales históricos.

Él también fue blanco de las grillas de los colegas, confiesa apoyado en el cristal de su mesa de comedor —la hizo su padre—, donde entre la madera de nogal y el brillo del vidrio se aplasta el título que su abuelo recibió de la Facultad de Medicina de París, a finales del siglo XIX.

—¿Qué ha cambiado en la práctica de la medicina desde hace 60 años? —le pregunto y entonces él lanza el primero de muchos suspiros que le seguirán.

—Más bien no se conserva nada. En los años cuarenta nos formaban para preguntar: “¿Qué le duele? ¿Por qué viene a curarse?”. Nunca nos ocupábamos de preguntar nada de dinero. Ahora, lo primero que se pregunta es ¿ya pagó? Han cambiado las escuelas. Ahora están llenísimas y los estudiantes no pueden hacer clínica práctica. Yo, en tercer año de medicina, hice 50 cirugías de hernia inguinal en dos meses.

—¿Y la medicina? ¿No se ha vuelto más eficiente?

—No siempre. Los de mi generación nos orientábamos haciendo la historia clínica de los pacientes y complementábamos nuestras sospechas con los exámenes de laboratorio. Ahora primero van los exámenes y luego el paciente es examinado para comprobar lo que dicen las pruebas. No se toca al enfermo. No se actúa rápido en los casos de emergencia. Falta el criterio clínico de…

En este momento, Gabriel Ayala saca de por ahí una fotografía de 1940. Ahí están todos sus maestros, jóvenes todavía, muchos con cara de galán del cine. A todos los cita con nombres, apellidos, aportaciones a la medicina, anécdotas, amoríos e infortunios. Nadie entre sus maestros, ni él muchos años, cobró por recetar en el Hospital Civil. “Era una fortuna y un gran prestigio estar ahí”.

Los practicantes tenían un trabajo arduo. No había anestesias modernas. No había antibióticos.

“Los estudiantes éramos los encargados de dar las anestesias, con éter. ¡Salíamos más borrachos que! Después, nos tocó recibir los primeros aparatos de anestesiología con el ciclopropano, que es explosivo. Con el primer chispazo encendía. ¡Uy! ¡Hubo muchos accidentes! Explotaba con un chispazo del cauterio o con el encendedor de la luz”, dice Gabriel, hoy divertido y con las pestañas enteras.

Luego, los hermanos Amado y Francisco Ruiz Sánchez trajeron de Estados Unidos los antibióticos. Y cómo son las cosas: muchos antibióticos que han dejado de funcionar a causa del uso indiscriminado que se hizo de ellos,  salvaron entonces a miles de una muerte segura por tuberculosis y: “Le estoy diciendo de cuando la canícula era el curso de verano de todo médico que se respetara (así se llama a una época de agosto, cuando el clima provoca infecciones estomacales). En 1946 todavía había que inyectar los antibióticos cada cuatro horas. Los practicantes se quedaban a inyectar toda la noche para hacer esa labor”.

También ponían sondas, transfundían sangre, clasificaban grupos sanguíneos… Y eso colocaba a la escuela de medicina de la Universidad de Guadalajara en la categoría de Triple A, al lado de las escuelas de Estados Unidos. “Teníamos, incluso, más práctica que los franceses”.

—¿En qué momento se rompió eso?

—En el momento en que los médicos dejaron de acercarse y tocar a sus pacientes y perdieron contacto con el contexto de los enfermos.

—¿Y los pacientes? ¿Han cambiado también?

Ahora son más fáciles de examinar. Tienen menos recato. Yo siempre examiné en presencia de una mujer o ante el marido, que se acomodaba en la cabecera de la cama. ¡Otra cosa! Ahora todas se rasuran el vello del pubis. Fíjese nomás: ese pelo tiene el papel de recoger el sudor que viene del cuello, corre por el surco intermamario, el abdomen y las ingles; se esparce en la selva amazónica del pubis y que se absorbe en el calzón, que siempre debe ser de algodón…. Eso era antes. Ahora el sudor corre libre de pelos al interglúteo, se revuelve con el papel higiénico, con el excremento y se mete en la vulva. Ahora todas le tiene fobia a los pelos y a la vejez, hasta se tiñen con pinturas.

—¿Las mujeres se pintan el vello púbico?

—¡Uf! ¡Lo que he visto! Hasta presenté un artículo que se llama “El Beauty parlor vulvae”.

El médico Gabriel Ayala tiene razón. El Beauty parlor vulvae no lo habría podido escribir ni el doctor House inspirado sólo en un examen de laboratorio. En lo que respecta a él, parece que no se cansa de hacer descubrimientos.

Tapatío

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