Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Enrique García ha pasado toda una vida desempeñando ''la profesión más bonita''

Estoy para servirle

Enrique García ha pasado toda una vida atendiendo a las personas y es feliz. Para él ser mesero es la profesión más bonita del mundo

Por: EL INFORMADOR

BIENVENIDO. Enrique García ha dedicado cuarenta de sus 63 años de vida a servir.  /

BIENVENIDO. Enrique García ha dedicado cuarenta de sus 63 años de vida a servir. /

GUADALAJARA, JALISCO (08/DIC/2013).- La graduación de un grupo de estudiantes universitarios de la carrera de Derecho ocurría, el joven Enrique García sería su mesero. Corría el año de 1978 y en el restaurante Los Otates se realizaba la celebración.

Con charola en mano por delante, sosteniendo diez cervezas y un par de refrescos, se dirigió hasta sus clientes. Enrique llegó a la mesa y lentamente descendió su carga.

De pronto, como si cobrara vida, una de las botellas de cristal se movió fuera de la charola y bañó de la nuca a la espalda a uno de los festejados. Enrique palideció. Los chorros de sudor brotaron por su frente, cuello, barbilla y bigote. Los aplausos y las risas de los presentes, que no pudieron disimular ante bochornoso momento, abofetearon al joven e inexperto mesero, quien rápidamente reaccionó y dejó las bebidas sobre la mesa para buscar un trapo y secar a su cliente.

—¡Discúlpeme joven, fue un error mío! (“cómeme tierra”, fue la frase que repetía como mantra en silencio, mientras frotaba el trozo de tela en la espalda del joven).

El padre del festejado se dirigió a Enrique y le pidió que se tranquilizara, asegurándole que aquel vergonzoso accidente sería de buena suerte para su hijo, como un bautizo que lo introdujese a la profesión.

Más 30 años después, Enrique García, uno de los meseros más antiguos del conocido restaurante de comida mexicana en Guadalajara Los Otates, recuerda aquel momento sentado desde una de las mesas del restaurante.

“No recuerdo su nombre, lo que sí sé es que ahorita es un magistrado. Una vez llegó a saludarme al restaurante, muchos años después”.

Enrique comenzó en este oficio desde los 17 años de edad. Era 1968. Se desempeñaba como un simple garrotero, pero tan sólo duró dos años trabajando en el lugar y decidió dejarlo. Su falta de madurez lo hizo desistir. Para 1974 regresó, ya tenía muy claro que esa era su vocación: servir y desde entonces su cordialidad nunca languideció.

En su rostro se nota el paso del tiempo. Las arrugas le cortan la cara, pero la sonrisa amable la conserva intacta a sus 63 años, mismos que tiene el restaurante en el que trabaja. Sólo terminó el tercer año de primaria y es de lo más correcto y galante para hablar y dirigirse a los demás.

El hombre, de apenas un metro con sesenta centímetros y de piel morena, reconoce que es el ser mesero es un oficio para el que se necesita tener vocación.

***

“Bienvenidos, adelante. Esta es su mesa. Mi nombre es Enrique García, estoy para servirle. El mesero que los va atender es Juan. Vamos estar al pendiente de que no les falte nada”. Se retira de la mesa, pero atento a cada detalle con el fin de satisfacer a sus clientes.

La introducción le sale sistemática. Lo demás se va dando conforme sus clientes lo llaman.

Su día en el restaurante inicia a las cinco de la tarde, cuando llega a revisar que todo esté en orden: las mesas recubiertas con los manteles y tapetes; sus compañeros presentables, los baños limpios y todos listos para recibir a los clientes. Ahora se desempeña como capitán de meseros.  

“Es importante estudiar la carta, porque si te la aprendes vas a saber qué vas a vender. Si te piden una explicación sobre cómo va un platillo se la tienes que saber dar. Porque si pongo a alguien de mesero sin saber la comida que vende no va a servir”.

La camisa la tiene bien puesta. Su uniforme lo porta con orgullo. Con más de cuatro décadas como mesero asegura que desconoce muchas cosas y continúa cometiendo errores, pero lo importante es saber reconocerlos, disculparse con el cliente, sin desdibujar la sonrisa del rostro.

Con una educación básica inconclusa maneja perfectamente la computadora, los pedidos los registra en el sistema sin ningún problema. Superó cada reto que los avances de la tecnología le supusieron.

“Si a la primera vez no me sale a la segunda sí. Cuando metieron las computadoras al restaurante había veces que me equivocaba, pero como tengo la costumbre de revisar lo que mando pues inmediatamente me daba cuenta y pedía que corrigieran. Hay que estar al día”.

Como todo ciclo en esta vida tiene un fin, su salida del restaurante la ve próxima, pero el legado como mesero ha trascendido en su familia por tres generaciones. Uno de sus cinco hijos trabaja con él y dos de sus nietos también, a quienes aconseja para que lleguen a ser habilidosos en el arte del buen servir.

No se ve en su casa descansando, ya tiene un plan que no está alejado de lo que ha hecho por 40 años. Desde hace dos años montó un pequeño puesto de tortas ahogadas en su casa, que atiende su esposa y desde donde continuará sirviendo.

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Elizabeth Taylor y Verónica Castro son algunas de las personalidades que ha podido conocer gracias a su labor.

Las fechas no las tiene claras. Dice que Verónica es una persona sencilla, que cuando la conoció, ella le preguntó su nombre, como gesto de humildad, para poder llamarlo cuando necesitara algo.  

“Yo pensé que se me iba a complicar, por ser una persona importante y ha sido de las personas más sencillas que he servido, igual con la señora Daniela Romo. Me dieron la confianza de atenderlas”.

Los sinsabores también han sido parte de su profesión, recuerda algunas malas caras o respuestas groseras de las personas que ha atendido, pero resuelve todo con la frase “estoy aquí para servir”. Así que los malos momentos no tienen cabida en su memoria. Para Enrique García su profesión es la más hermosa del mundo.

Tapatío

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