Suplementos | José Trinidad Adolfo enfrenta un presente con limitaciones, hambre y frío 'Estoy como muerto en vida' José Trinidad Adolfo habita una de las calles de la ciudad, mientras enfrenta un presente con limitaciones, hambre y frío Por: EL INFORMADOR 15 de febrero de 2015 - 05:19 hs José es uno de los muchos personajes que habitan la ciudad en la soledad y el abandono. EL INFORMADOR / F. Atilano GUADALAJARA, JALISCO (15/FEB/215).- José vive afuera de la que alguna vez fue su casa. La mira envuelto en un par de cobijas con las que combate al frío, con las que también reduce la dureza del asfalto que le sirve como cama. Su casa se quemó en 2009. Una estopa envuelta en fuego fue la responsable de que todo su patrimonio se esfumara en cuestión de segundos. José recuerda con claridad la fecha: un 18 de diciembre. Fue en la mañana y de no ser porque el aroma de la catástrofe que se avecinaba lo despertó, este hombre que rebasa las cinco décadas de vida no estaría contando su historia. No fue un incendio accidental. Fue un incendio causado por personas que querían correr a José de la casa que rentaba, en la que vivió durante 10 años junto a su abuela y madre. La estopa ardiendo fue arrojada al interior desde la ventana que daba a la calle. A partir de entonces, José asegura no tiene miedo a nada. “¿Qué más me puede pasar?”, pregunta mientras está sentado en la esquina de Esteban Alatorre y López Portillo. A la comida ha tenido que quitarle gusanos para no morir de hambre. Ha soportado el ocio de los jóvenes que lo golpean por diversión. Ha escapado de diversos albergues que lo han tratado como drogadicto, como demente. Simplemente, ha sobrevivido a la calle desde hace cinco años. José presume con gusto las atenciones que algunos vecinos y transeúntes tienen con él, de las veces que le han regalado comida, cobijas, de las monedas que de vez en cuando le dan. Este hombre concluyó sus estudios preparatorianos en un prestigiado colegio tapatío. Sabe leer, escribir. Alguna vez trabajó y tuvo comodidades: cama, agua, un baño donde asearse, comida, ropa. “Cosas habituales, cosas que nunca pensamos que perderemos”. La vida ha sido complicada para él. Su historia está llena de tragedias, que también lo han dejado con lesiones que le impiden conseguir trabajo, algo que le permita iniciar de cero. Volver a nacer. La otra familia “José Trinidad Adolfo Espino Pérez, a sus órdenes. En qué le puedo ayudar”, así se presenta este hombre mientras se tapa la boca con la mano. Me advierte que los olores que despide su cuerpo pueden incomodar. Se recarga en una cortina metálica que lo ayuda a mantenerse erguido, pues el disco lumbar que tiene dislocado no lo deja estar de pie por mucho tiempo. José llegó en 1972 a rentar esa casa quemada y no fue por gusto. Alguna vez tuvo una propia, la de su mamá. Inmueble que se perdió porque su progenitora firmó unos papeles que, a los días, le arrebatarían el techo y la estabilidad. José fue hijo único del segundo matrimonio de su padre. Aunque no guarda rencor, recuerda con tristeza la avaricia de sus medios hermanos, de esa otra familia que con engaños hicieron firmar a su madre los papeles que “cedían” las escrituras de la casa en la que creció. Nadie los pudo ayudar, no supieron qué hacer. Mientras José, su mamá y abuela veían el crecimiento de la zona zapatera de Esteban Alatorre, el calvario de este hombre apenas iniciaba. El trabajo que tenía como obrero de una fábrica que exportaba termos con la imagen de Michael Jackson a Japón y Brasil, comenzaba a cobrar facturas físicas que lo dejaron con quemaduras en las piernas y la columna chueca. Por momentos José guarda silencio. Interrumpe sus experiencias en la calle y repite: “Me quemaron la casa para que ya me largara. Estaba acostado, leyendo el periódico. Vi que la cama de mi abuela se estaba quemando con una estopa que aventaron ya ardiendo. Los bomberos y la policía vinieron tres horas después. ¿Ya para qué? Todo se calcinó”. José trató de apagar la estopa con una toalla. “Todo hubiera sido tan fácil como haberla aventado afuera”, pero su mente solamente pensaba en una cosa: sus caseros. Años antes del incendio, recuerda que esas personas ya lo habían amenazado abruptamente y curiosamente comenzaron a suceder cosas extrañas, como quebrarle los vidrios a pedradas a media noche. Ese 18 de diciembre de 2009 fue el último día que estuvo acostado en su casa. José dice que se quedó frente a los escombros, viéndolos fijamente, sin pensar en nada más. Nadie se acercó para ayudarlo, para saber qué había pasado. El hambre, la necesidad de asearse y de descansar lo llevaron al primer albergue, un centro de rehabilitación para drogadictos donde José descubrió los malos tratos y decidió irse. Después fue a San Vicente y asegura que las pocas pertenencias que tenía se las robaron. Volvió a quedarse sin nada. De noche José también tiene una leve parálisis facial y eso le recuerda la mayor aspiración que tenía en la vida: ser doctor para ayudar a gente como él, pero nunca continuó con los estudios, mantener a su madre y abuela era su prioridad: “Siempre he querido ser doctor, ese ha sido mi sueño, hacer una labor altruista, hacerle el bien a todos, como un sacerdocio. Aunque no tuvieras dinero yo te atendería igual que los que sí tienen”. José suspira con fuerza y cruza los brazos. Dice que ya se acostumbró a la calle, pero que también la calle se ha adaptado a sus necesidades. “¿Cuándo tiene que ir al baño, a dónde va?”, le pregunto. El hombre se ríe y me enseña pedazos de periódico perfectamente cortados en rectángulo. “Aquí abajo (un supermercado) me dan chance. Con esto me limpio... no se ofenda, no tengo más. El periódico lo compro porque también me gusta leer”, dice sonrojado. José dice que no es difícil dormir en la calle. Lo complicado es la gente. Actualmente lidia con un problema. Asegura que los policías han llegado a intimidarlo, a decirle que se tiene que ir de la esquina, que debe tirar las cobijas, botellas con agua y cartón que tiene como único sustento. “Me dicen que todo lo que tengo es basura. Yo les digo: pónganse en mi lugar, hasta tengo que quitarle gusanos a la comida, ni modo que me muera de hambre. También me agredieron con esas cosas que dan toques. El policía (de la patrulla 5017) me dijo que ya no me querían aquí, que tirara mi cochinero, si no me lo iban a tirar. Me daban 10 minutos para recoger, ni que yo fuera Supermán. Lo hicieron descaradamente, eso ya es agresión. Hasta que un señor pasó y preguntó que por qué me estaban atacando”. En diciembre de 2014 unas personas de otro albergue se lo llevaron sin su consentimiento. José dice que lo secuestraron: “Me cargaron a fuerzas. Me subieron y me llevaron allá. Yo le dije al señor que eso se llamaba secuestro. Yo no soy ningún ignorante”. Eso pasó a la una de la mañana, querían llevárselo a un centro para personas dementes. También ha sido víctima del ocio: “Unos muchachos me golpearon solo para divertirse, para humillarme. Me han arrojado gas lacrimógeno, cuatro o cinco veces. Estoy como muerto en vida”. José se confiesa ser un hombre de fe, cree en Dios, en un ser que lo ha protegido de los males de la selva urbana. Advierte que no es drogadicto, que nunca fumó ni tomó alcohol, que nunca ha sido un mal hombre. Que no sabe por qué la vida lo dejó en calle sin posibilidad de casarse ni tener hijos. TOMA NOTA Albergue en la ciudad > El Centro de Atención y Desarrollo Integral para Personas en Situación de Indigencia (CADIPSI) del Sistema DIF Guadalajara, da asilo a indigentes y migrantes. > Aunque en la temporada invernal suele haber un incremento en el número de personas que acuden a lugares de este tipo, muchos suelen dejarlo apenas pasa la noche, dada su resistencia a cumplir con ciertas reglas del lugar. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones