Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Tusquets comparte un fragmento del más reciente libro de Diego Petersen Farah

Entre revelaciones y complicidades, la historia sobre el Cardenal Posadas

Tusquets comparte un fragmento del más reciente libro de Diego Petersen Farah con los lectores de EL INFORMADOR

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (02/ABR/2017).- “Llegaste media hora antes, eso sí lo recuerdas bien, nervioso y con las manos sudorosas como corresponde a un perdedor.

 La madre superiora que hacía de secretaria te hizo esperar en una incómoda silla de estilo austriaco sin quitarte la vista de encima; ni agua te ofreció. Ramón llegó a las ocho en punto, como corresponde a un caballero, y entonces los pasaron a los dos a una sala amplia, sin lujos exagerados pero bien gastada.

Monseñor apareció súbitamente por una puerta distinta, como corresponde a un poderoso, abriendo los brazos hacia Ramón: «Bienvenido a la casa del Señor», dijo y le ofreció el anillo para que lo besara, para que aquel hombre al que todos temían se inclinara ante él.

 A ti te ignoró como si no existieras. Pasaron al comedor, una mesa larguísima que podía albergar hasta veinticuatro comensales. En el extremo norte había tres lugares dispuestos; monseñor tomó la cabecera y sentó a Ramón a su derecha. Bendijo la mesa en latín.

La primera media hora, mientras cenaban, monseñor habló de su pueblo natal en el Piamonte, al pie de los Alpes; de lo difícil y hermosa a la vez que era la vida en el campo; de lo duro de las guerras; de la pobreza de entreguerras; habló de vinos y de arte; del carismático papa Juan Pablo II; del especial afecto que el Santo Padre sentía por México y su permanente preocupación por la violencia en este país al que tanto amaba.

No perdía oportunidad de recalcar su relación personal con el romano pontífice: «Il Papa mi ha detto...», decía en italiano antes de citar alguna frase insulsa de Juan Pablo II. De tanto en tanto le hacía a Ramón alguna pregunta sobre sus preferencias: «¿Qué le gusta más, el Chianti clásico o el Montepulciano d’Abruzzo? ¿Prefiere a Giotto o a Fra Angélico?».

No le interesaban un comino las respuestas: le importaba hacer sentir menos a su interlocutor, marcar la distancia, establecer la diferencia. A ti también te quedó clara la diferencia, Everardo: Ramón era un narcotraficante, monseñor Prigione un mafioso. Cuando terminó la cena-monólogo pasaron a la oficina del nuncio, quien pidió que les llevaran una jarra de café, una botella de coñac y que nadie los molestara.

Ramón Arellano expuso, sin que nadie lo interrumpiera y con detalle, su versión de los hechos. Tú escuchabas silente, en realidad ignorado. Según su dicho, había sido idea de su madre buscar al cardenal Posadas para tratar de mediar en el conflicto con Guzmán Loera. A él no le había gustado la idea pero doña Enedina, «y aquí el padre», dijo señalándote con el pulgar, sin siquiera mencionar tu nombre, tomaron la iniciativa.

Dijo haber aceptado la reunión por respeto a su señora madre y al señor obispo. Al llegar a la cita el 23 de mayo en la noche algo le olió mal; demasiados autos extraños, esos que uno conoce que son de policías. «Cuando uno anda en esto, los huele».

 La avanzada le dijo que había militares vestidos de civil, lo que le dio muy mala espina. Comentó que el Chapo era un traidor, que nunca había confiado en él, por lo que prefirió cancelar la cita. «Le llamé aquí al padrecito», dijo señalándote nuevamente. No sólo habías perdido el respeto, Everardo, también el nombre. Por un momento, en un último atisbo de orgullo, quisiste protestar, pero nada salió de tu boca; te habían vaciado.

La versión que Ramón le dio a monseñor Prigione de lo que pasó el 24 de mayo en el aeropuerto no te sorprendió; en lo esencial era exactamente lo mismo que te había dicho a ti. Que tras recibir tu llamada para hacer una nueva cita en el aeropuerto decidió aceptar la oferta, pero tuvo la precaución de llegar antes. Aunque la reunión era a las 3:45, él y su grupo de seguridad estuvieron ahí desde las dos.

No vio nada extraño salvo un camión de valores apostado al frente de la puerta principal que, según le reportaron, estaba descompuesto. Hacia las 3:15, dijo, un halcón le avisó de la llegada del general Ramírez Abarca con un grupo amplio de seguridad; poco después reportaron la entrada del Tigre Aragón, comandante de la Judicial, y luego de Eduardo Fernández, apodado el Maestro Limpio, un tipo extraño que trabajaba para la Dirección Federal de Seguridad limpiando y modificando escenas de crimen, y al que había conocido años atrás en Guadalajara en casa de su tío, Miguel Ángel Félix Gallardo.

Tanta personalidad a la misma hora en el aeropuerto y la presencia del Maestro Limpio no era normal, por lo que pidió a sus asistentes adelantar el vuelo y se metió a la sala de espera; estaba seguro de que iban por él, que el cardenal le había tendido una trampa. El halcón le avisó que monseñor Posadas había llegado y entrado al estacionamiento. Unos segundos después le avisaron de la llegada de Joaquín Guzmán con un grupo de seguridad de más de quince personas en cinco autos distintos.

Cuando escuchó las detonaciones corrió a un baño, donde había pedido a su escolta que escondieran unas armas; ahí estuvo pertrechado, esperando que en cualquier momento entraran por él, pero nada sucedió. Pasaron cinco eternos minutos entre la última detonación y la llamada: habían matado al cardenal, los verdes habían matado al cardenal, sus halcones no tenían duda, todos los cartuchos eran negros; los sicarios, pelones; el operativo, militar.

Lo que realmente te sorprendió, Everardo, fue que el rostro impasible de monseñor, que nunca mostró sorpresa o emoción alguna ante la historia narrada por Ramón, parecía saberlo todo de antemano. No comentó nada, no hizo preguntas, no cambió su posición, sentado en su escritorio con el respaldo levemente hacia atrás y las manos entrelazadas sobre la panza, una panza de cardenal. Tras un silencio largo que no tenía otro objetivo ni otra función que la de medir el nerviosismo de Ramón, Prigione finalmente habló: «¿Me permite comentarle esto al señor presidente?», dijo levantando el teléfono.

 Ahora fue Ramón el que hizo una pausa suficientemente larga para que no hubiera atisbo de duda o nerviosismo en su respuesta: «Me pongo en manos de mi Iglesia», dijo al fin, haciendo énfasis en el «mi». Delante de tus ojos monseñor marcó directa y personalmente el número de la oficina del presidente. Se lo sabía de memoria, como quien marca a casa de su mamá o su mejor amigo. Dos minutos después estaba hablando con él. Tras un par de frases de cortesía le dijo que tenía información muy delicada sobre el asesinato del cardenal Posadas que le urgía comentar personalmente. Colgó y se levantó con gran agilidad para su edad.

 «Espéreme aquí y no vaya a hacer tonterías», le dijo a Ramón; a ti ni te volteó a ver. Del contenido de la reunión con el presidente te enteraste por la prensa, así que no puedes estar seguro de si aquello de que el procurador Carpizo llegó en pijamas es cierto o un invento de los periodistas.

Lo que sí sabes es que cuando Prigione volvió a la nunciatura le dijo a Ramón que podía retirarse, que tenía la palabra del presidente de que nadie lo perseguiría en su salida a Tijuana, pero que el procurador mantenía su versión y lo seguiría cazando.

También le dijo que él le creía: el arzobispo de Guadalajara había sido un mártir de la libertad religiosa, víctima de fuerzas del Estado que se negaban a aceptar la nueva realidad de las relaciones con el Vaticano.

Que no podía hacer nada más por él salvo abrirle las puertas de la nunciatura cada vez que lo requiriera y que le comentaría personalmente a Su Santidad el Papa que los Arellano no habían matado ni matarían a un príncipe de la Iglesia; con esto último quería asegurarse de que no tocarían a Beñé. Luego le ofreció su oído en confesión”.

Extracto del libro “Casquillos negros”, de Diego Petersen Farah, publicado en el sello Tusquets, 2017. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México

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