Viernes, 10 de Octubre 2025
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Entre las mañas de Sandokán y las promesas de Abraham Rey

Prometían lo que no han logrado el psicoanálisis, el toloache y el chantaje y el berrinche: ''a recuperación del ser amado en 33 minutos tiempo récord. 100 por ciento garantizado''

Por: EL INFORMADOR

El rey de los corazones rotos, y los estafadores.  /

El rey de los corazones rotos, y los estafadores. /

GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).- Consuelo dice que se encontró a Sandokán en una zapatería del Centro de Guadalajara.

No al Tigre de Malasia, el personaje del novelista Emilio Salgari. Este del Centro se parecía más bien al Cacique Sandokán, el vidente mexicano que en 2008 fue a robar a La Pampa, Argentina; el que allá desapareció 235 mil dólares de la viuda Olga Busso, a quien antes había convencido de que el espíritu de su esposo le mandó decir —con él— que vendiera sus tierras porque estaban embrujadas; el mismo que tras una sentencia de 15 meses en prisión voló a México; el que antes tuvo tiempo de hacer amistad con otro estafador, el nigromante argentino Abraham Rey de los Corazones Rotos, cuentan los diarios de la ciudad General Pico.

El martes que se encontró a Sandokán,
Consuelo andaba buscando precisamente a Abraham Rey.

Una semana antes, en la plaza Universidad, un muchacho le había puesto a Consuelo un volante en las manos, donde el Rey de los Corazones Rotos hace una presentación exquisita para un país descorazonado. Él hace que la prole triunfe en los negocios, regresa a los malqueridos al escaparate del amor, cura la impotencia sexual, retira a los malos vecinos.

Él puede pagar miles de volantes de ocho por 10 centímetros, a dos tintas: azul y roja.

Él puede lo que no han logrado el psicoanálisis, el toloache y el chantaje y el berrinche: “la recuperación del ser amado en 33 minutos tiempo
récord. 100% garantizado. Dominado amarrado
 ligado a sus pies de donde esté como corderito manzo (sic)”.

Él sería aparte de todo un versado en mercadotecnia popular, de no ser porque se plagió, idéntico para Guadalajara, un aviso clasificado que apareció en el diario El País, de Cali, Colombia, el 24 de abril de 2011 y porque a su vez el de Cali compite y pierde contra otro Abraham Rey de los Corazones Rotos de Bogotá, que promete el regreso del ser amado en nomás 11 minutos y éste a la vez emula a otros Abrahames en Chía, Cunidinamarca y toda Colombia.

Nada de esto lo sabía Consuelo el día que fue a ver al Abraham de Guadalajara.

El Rey de los Corazones Rotos puso oficina sobre López Cotilla, en un barrio del Centro de la ciudad efervescente de negocios de bocinas, transistores eléctricos, casas de cambio y de empeño de oro y plata.

El local es vecino de un bufete jurídico, en una calle en la que pocos quieren ver un abogado y muchos buscan lo que promete Abraham. La consulta con el que todo lo puede cuesta 100 pesos.

Consuelo andaba de suerte. Ese día traía 140 y la ilusión de recuperar el amor. En la puerta del edificio tocó el timbre y el sonido de una chicharra abrió el cancel de fierro. Subió por unas escaleras que se torcieron a la derecha y en el primer piso la recibió un hombre, en la puerta de un privado. Consuelo vio que en el consultorio esotérico había tres hombres, el que la recibió y dos más. La cosa no le gustó. Pero ya estaba ahí y estaba sufriendo de amores, se dijo.

El que le abrió salió del privado, rumbo a la escalera. Otro, barbón y de melena, se quedó ahí, pegado al muro derecho, atrás de Consuelo. Ella pensó pedir intimidad. En cambio se sentó en la silla que le ofreció el tercero, un joven que se presentó como el vidente, y le extendió la palma temblorosa de la mano derecha.

Consuelo dice que si no fuera por los posters de santos, vírgenes y oraciones pegados en los muros del consultorio, el sitio le pareció más la oficina de un abogado que la guarida de un nigromante.

Dice que la habitación tiene paredes blancas, con una ventana de aluminio dorado que da a la calle y desde la cual pudo leer los avisos de una casa de cambio. Los muebles también tienen halo burocrático. Sobre una mesa dispuesta en la esquina izquierda del cuarto descansa, acostado, un Cristo en la cruz.

Dice que hay un escritorio de aglomerado en el centro del consultorio y dos sillas de oficina que ocuparon el brujo y ella. El barbón de melena se quedó tras una mesita pegada al muro derecho y cercana a la puerta, que estaba cerrada.

Ese día, el hechicero también tenía pinta de abogado. De unos 30 años, moreno claro, de nariz ancha y de cabellos rizados, pegados con un gel poderoso, no vestía una túnica, no traía un turbante, no fumaba puro. Consuelo tenía ganas de salir corriendo. En cambio habló de su amor perdido.

Nomás de verle la mano, el hermano Abraham le juró a Consuelo que hay una mujer metida entre ella y su amor perdido; y le hizo ver que esa mujer es una raya profunda en la palma de la mano y que sacarla de ahí será difícil; le presumió que él puede hacer el trabajo sin que haya efectos secundarios para ninguno en el triángulo; que el trabajo le costará mil 800 o dos mil 800 pesos, ella no se acuerda bien.

Tampoco se acuerda de muchas otras cosas que oyó, porque se sentía intranquila con la presencia del barbón melenudo, quien permanecía atrás de ella. Pensó en apresurar la despedida. En cambio le dio su nombre, su apellido y fecha de nacimiento y la de su amor perdido al Rey de los Corazones Rotos, quien anotó los datos en una libreta profesional y preguntó: “Entonces vamos a hacer un amarre ¿Verdad? A-ma-rre”, masticó, mientras escribía cada sílaba.

También anotó que Consuelo dejaría un abono de 40 pesos, los únicos que ella le había dicho que traía.

“Mañana me llama a las 10 de la mañana a ver cómo va su amarre, ¿Listo?”. ¿Cuándo va a estar el trabajo? “Yo le garantizo que en 33 minutos, ya que acabe de pagar ¿Listo?”. ¿Usted es el hermano Abraham? “Mañana me llama ¿Listo?”

Listo. En cinco minutos Consuelo perdió 140 pesos.

Ella se despidió. El nigromante contestó, el de barba y greña larga se quedó callado. En la escalera estaba el otro. Consuelo le dijo adiós cuando pasó junto a él. Se quedó callado.

Muerta de miedo echó un grito para que le abrieran la puerta de la calle. Transcurrieron cinco segundos antes de que sonara la chicharra del cancel. Consuelo caminó por López Cotilla rumbo a la Avenida Alcalde, donde tomaría su camión.

Entonces vio al Cacique Sandokán por primera vez: un calvo comenzó a seguirla.

Consuelo pensó que estaba paranoica, que quizá el pelón nomás caminaba para el mismo rumbo que ella. Para desengañarse, entró a un pequeñísimo establecimiento de zapatos, en la esquina de Corona y López Cotilla. El calvo hizo lo mismo, no amenazante, sino disimulado. Consuelo de aquí a allí vio sus ojos negros, apenas rasgados, su nariz ancha, sus orejas puntiagudas. Le pidió a un amigo que trabaja por cerca que la rescatara.

En la tarde, Consuelo estaba segura de que se había puesto paranoica y se olvidó del calvo. De pasada, abrió el internet para buscar datos sobre Abraham Rey de los Corazones Rotos y Google le escupió el nombre del vidente en artículos como: “Los estafadores Sandokán – Scribd”, “Cacique Sandokán” y “Los caciques de Sandokán ya están en México”.

Las noticias y crónicas, todas de 2008, muestran las fotografías de Sandokán… Sandokán es el calvo que siguió a Consuelo cuando salió del consultorio del Rey de los Corazones. ¿Quiénes eran los otros? Consuelo prefiere no pensarlo. A los cómplices del vidente, que huyeron hace un lustro, los busca la Policía Internacional, la Interpol, advierte la prensa argentina.

Ahora, Consuelo tiene el corazón dos veces roto y los nervios deshechos.

Me enseña la publicidad de Abraham Rey y no puedo dejar de sentir simpatía por el ingenio de los videntes. “Triunfamos donde muchos han fracasado”, escribieron, con letras muy pequeñas, en los pies de una imagen que se parece a la de Moisés. Tienen toda la razón.

Tapatío

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