Viernes, 10 de Octubre 2025
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Enfriamiento local

El frío nos hace los mandados si estamos en Estados Unidos, ya sea por trabajo o shopping

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (07/ENE/2016).- Fui a Zacatecas porque me dijeran que allí vivía mi padre (en realidad vive acá, a unas cuatro cuadras, y tengo entendido que nunca anduvo por esos rumbos) sino por motivos de trabajo. Pasé cuatro días, pues, en aquella ciudad, enfrentado a un frío delirante, uno de esos que hacen que los tapatíos (y los zapopanos, que venimos a ser los mismos) nos preocupemos, porque acá no alcanzamos estas temperaturas y sentimos que vamos a morir.
Somos raros con el frío. Hay alguna suerte de gen privativo nuestro que provoca un efecto rarísimo. El frío nos hace los mandados si estamos, por ejemplo, en Estados Unidos, ya sea por trabajo o shopping, pero nos aniquila mientras más cerca nos encontremos de Plaza del Sol. Es verdad. No hay tapatío que se resista a subir a las redes su foto enfundado en un anorak peludo y con la nieve hasta los cornetes si visita a sus parientes en Wichita Falls, pero el mismo tapatío agoniza y se estremece de fiebre y tos si la temperatura urbana baja a menos de 15 grados o si el aire el sopló con demasiada fuerza por la zona de la Barranca.

Supongo que soy así también. Detesto el frío desde que tengo memoria. Antes de poner un pie en EU, me aseguro de que la Marmota haya vaticinado ya el inicio inminente de la primavera. Por eso me fui a Zacatecas, que tiene fama de ciudad fría, preparado como para sobrevivir el Gulag siberiano: con un abrigo, dos chamarras, tres suéteres, ropa térmica, guantes, gorros, botas, bufanda y un pequeño botiquín con medicamentos para combatir la hipotermia, las infecciones respiratorias y el catarro común. No creo haber exagerado: en Zacatecas estaba nevando. El frío, de hecho, comenzó pronto en el viaje. Nomás cruzar el límite de Aguascalientes, apareció por la carretera un retén policiaco y los pasajeros del autobús fuimos invitados a bajar mientras los uniformados revisaban el equipaje y los entrepaños del vehículo. Eran las 04:30 de la madrugada. No se veía más luz que la de la torreta y nos envolvía una niebla helada que escarchaba los mofletes. Creo que éramos cinco o seis los abandonados en aquel páramo. Quisimos llorar pero nos aguantamos por miedo a que rodaran por nuestros rostros cubitos de hielo en vez de lágrimas.

La ciudad, cuando al fin llegamos a ella, lucía desierta y cubierta por una ligera película blanca de aguanieve, más parecida a lo que queda en el suelo cuando se nos cae un raspado que a la nata cremosa que uno se imagina en climas más benévolos. Pasé mis días zacatecanos bajo una espesa coraza de ropa que apenas dejaba una rendija descubierta, a la altura de los ojos, porque si no me iba de boca en las escaleras (muy abundantes en Zacatecas, ciudad construida en una cañada alta y entre cerros). Con la inestimable ayuda del café y el mezcal expendidos por los lugareños, que uno termina trasegando en cantidades industriales, conseguí llegar sano al último día.

Casi pude percibir cómo crujía la tierra esa mañana final, porque el sol finalmente salió entre las nubes, ocupó su lugar celestial y entibió el aire. La pesadilla terminaba.

Tres horas y media después estaba ya a punto de entrar en Guadalajara. Comencé a estornudar cuando el autobús cruzó la caseta de Zapotlanejo. La tarde estaba fresca. Cuando llegué al centro tenía fiebre y moqueaba como un chamaco. Por la tarde me quedé afónico. Estábamos, me parece, a dieciséis grados. Queda claro es que el único frío capaz de tumbarnos es el de aquí, aunque sea poquito y ridículo, porque es el que nos sabe el modo.

Tapatío

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