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Martes, 19 de Noviembre 2019
Suplementos | Los resabios que aún prevalecen en nuestra cultura o vida religiosa, de una imagen de un Dios que no es el Dios de Jesucristo

¿En qué clase de Dios creemos?

Y es que ese conocimiento, esa imagen tergiversada de Dios, es el fruto de las enseñanzas que por generaciones se han venido transmitiendo

Por: EL INFORMADOR

     Los resabios que aún prevalecen en nuestra cultura o vida religiosa, de una imagen de un Dios que no es el Dios de Jesucristo --es decir, de un Dios comerciante que se maneja sobre la base de trueques, de transacciones; de un Dios que es juez justiciero y hasta vengativo; de un Dios policía y fiscal que nos vigila todo lo que hacemos durante las veinticuatro horas, y lleva cuenta minuciosa y precisa de nuestras desobediencias e infidelidades, de nuestros pecados; de un Dios soberano, majestuoso, todopoderoso, dueño y amo de todo, sí, pero a la vez lejano y ajeno a lo que en la vida cotidiana sucede a sus hijos; o peor aún, un Dios que hizo al mundo y que para habitarlo creó a los minerales, vegetales, animales y como culmen al ser humano, sí, pero como simples creaturas, incluyendo a este último, y no como lo que es, gracias a Jesucristo y su obra redentora, su hijo--, son en gran parte los causantes de que muchos de los bautizados y que dicen ser cristianos y creer en Dios y en Jesucristo, e incluso que se proclaman “marianos” y “guadalupanos”, vivan una vida muy alejada del plan de Dios, de los principios de su doctrina para una forma de vida, contenidos en la Sagrada Escritura, principalmente en los evangelios, y, por ende, una vida llena de incongruencias, contradicciones y hasta anti testimonios, que, inevitablemente, se ve reflejada en la vida familiar, social, laboral y política.
     Y es que ese conocimiento, esa imagen tergiversada de Dios, es el fruto de las enseñanzas que por generaciones se han venido transmitiendo; de una deficiente catequesis y, especialmente, de una interpretación de la vida y de los acontecimientos cotidianos totalmente al margen de la Verdad, que es a la luz del verdadero Dios, que nos revela su Espíritu, ya que se hace bajo el conocimiento y el discernimiento puramente humanos. Y no sólo eso, sino sumamente impregnados con criterios ajenos a la Palabra de Dios, como son el relativismo, el materialismo, el subjetivismo, o bien de otras corrientes religiosas tan infiltradas en nuestra cultura.
     Se cuentan por millones los bautizados que tienen este tipo de fe (decimos tienen, justamente porque no la viven; esta clase de fe no se puede vivir, puesto que viene del intelecto, del entendimiento), que la podríamos nombrar, teórica, intelectual y hasta superficial, y por la que “creen’ en Dios, y, que, por lo tanto, viven esta realidad.
Y mientras ese conocimiento de Dios no surja de una experiencia propia, de un encuentro personal con Él, que nos lleve a la vivencia real y sensible de su amor, de su ternura, de su misericordia, que a su vez nos haga descubrirlo como lo que verdaderamente es: un Padre maravilloso, comprensivo, compasivo, que todo lo perdona, que todo lo olvida y que quiere lo mejor para sus hijos, no podremos vivir esa fe que consiste no sólo en “creer” en Él, sino también en “creerle” a Él. Es decir, creer en su  Palabra, en sus mandatos, en su revelación completa, y, derivado de ello, ponerlos en práctica, hacerlos realidad en nuestra vida diaria.
      Si le creemos, como decimos, entonces viviremos una vida fecunda que produzca muchos frutos, especialmente espirituales. Si creemos las palabras del Evangelio que hoy nos propone la Iglesia, entonces reconoceremos que hemos recibido pocos o muchos talentos, es decir dones espirituales, y que el Señor nos los ha dado para multiplicarlos; es decir para ponerlos al servicio de los demás, al servicio de la construcción de su Reino, que es un Reino de amor, de justicia, de paz, de verdad, de gracia, felicidad.
     Revisemos cómo está nuestra fe, y cómo estamos utilizando los talentos que Él nos ha dado.
     En la vida cotidiana y en los diferentes ámbitos en los que nos desarrollamos, ¿los reconocemos? ¿Los aceptamos? ¿Los ponemos a trabajar en beneficio de los demás y no sólo en el nuestro? Si así lo hacemos, somos motivados por amor a ese maravilloso Dios, que nos ha creado y salvado para que sólo Él sea glorificado, honrado y amado? ¿O tal vez lo que buscamos sea nuestra propia afirmación, realización y reconocimiento de los demás?

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx


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