Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | El filósofo y ensayista español habla en entrevista con EL INFORMADOR

En el mundo ideal de las ideas, un artista es un intelectual

Subirats, el filósofo y ensayista español habla sobre el papel de los intelectuales de este siglo y el pasado, sobre Orozco y otros artistas

Por: EL INFORMADOR

Filósofo. Eduardo Subirats Rüggeberg nació en 1947 en Barcelona, es autor de Violencia y Civilización y Viaje al paraíso.  /

Filósofo. Eduardo Subirats Rüggeberg nació en 1947 en Barcelona, es autor de Violencia y Civilización y Viaje al paraíso. /

GUADALAJARA, JALISCO (06/OCT/2013).- Eduardo Subirats es flaco como un arbotante. Su estatura rebasa por mucho a los que estamos en el vestíbulo de la Casa de los Perros, sede del Museo del Periodismo y las Artes Gráficas (MUPAG). Como el ruido de Avenida Alcalde se cuela en el interior del edificio, convertido en un haz de sonidos enfrentados que se desgajan al rebotar en las paredes, la joven que acompaña a Subirats decide que la entrevista se realizará en la biblioteca, que está un piso más arriba. Allí, el filósofo español podrá guarecerse del fragor de la mañana.

Subirats camina con lentitud. Lleva las manos metidas en los bolsillos del holgado pantalón blanco. Esta postura provoca que los faldones del saco oscuro se enrosquen por encima de las muñecas y los antebrazos. Y que las perneras se alcen y dejen al descubierto los tobillos desnudos, sin calcetines, que el español arrastra como si trajera amarradas unas polainas.

Antes de tomar la escalera, se detiene frente a una frase escrita con lápiz sobre un muro blanco: “El placer está ligado a una pasión más fuerte que la satisfacción, es el dolor y la cercanía a la muerte.”

Luego de paladear la frase en silencio, enarca las cejas y toma la escalera sin apoyarse en el pasamano. A la mitad del recorrido vuelve a detenerse. Hunde la cara en la pared y lee en voz alta: “Juro por Dios que comeremos vuestros corazones y vuestros hígados.”

—Esta frase me gusta más —dice y continúa su paso hasta llegar al rellano.

Trasponemos el umbral de la biblioteca y nos golpea el olor a papeles viejos. Subirats da una rápida ojeada a una columna de libros que está sobre un escritorio. Después pregunta a la joven por unas fotografías que están al Norte del cuarto y que muestran a la Chapala antigua. No obtiene respuesta. Entonces toma asiento y se empuja los anteojos por el puente de la nariz ganchuda.

—¿Cuál es la diferencia entre un artista y un intelectual?

—Hoy el artista se ha convertido en una categoría mediática y mercantil. ¿Cómo se llama esta chica que hace los espectáculos de sangre (Teresa Margolles) pagados por millones por el Gobierno en la Bienal de Venecia? El ejemplo es esta artista que hace un espectáculo siniestro, de sangre, en el que los espectadores pisan esa sangre. Ese espectáculo supuestamente es una crítica a la violencia del narcotráfico mexicano. Y está sufragado, con muchos millones, por el Gobierno de México. El espectáculo es en sí mismo una vergüenza. Apela a lo más bajo del espíritu humano. Y no es una crítica, ni es una reflexión, ni es nada. Es una prolongación más de esa violencia sin ninguna reflexión. Y el Gobierno mexicano paga millones precisamente porque no es una reflexión sobre esta violencia, sino porque pretende serlo, pero en realidad es una legitimación. El artista hoy es esa realidad. Esa mujer. El intelectual hoy es dos cosas: o es una persona que trata de analizar críticamente, reflexivamente la realidad, que trata de decir la verdad y es marginado, o se convierte en el portavoz de una opinión pública y dice cualquier cosa con tal de agradar. Pero en el mundo ideal de las ideas, un artista es un intelectual, y un intelectual es un artista.

—¿Cuál sería entonces el papel de ambos en una coyuntura de violencia?

—Yo sugerí que se hiciera, en este contexto del Foro Nacional Violencia y Arte, un homenaje a Orozco, porque Orozco es un paradigma de artista. Fue un intelectual clarividente. Un hombre que no tuvo miedo de expresar las cosas tal como él las veía. No tuvo miedo de desagradar a la llamada opinión pública. Por eso cobró muy poco por sus frescos. O no cobró nada. Y por eso hoy podemos ver sus frescos y reconocer en ellos una realidad profunda de México y del mundo.

—¿El papel del artista también es subvertir?

—No. Es hacernos pensar. La televisión no nos hace pensar, nos envilece, nos estupidiza. La ficción literaria no nos hace pensar, nos entretiene. La academia no está hecha para que pensemos, nos da información, nos entrena para ser buenos expertos. Entonces es el artista como intelectual o el intelectual como artista el que debería de asumir por tarea una reflexión. Reflexionar es un derecho inalienable del ser humano. A través de la reflexión llegamos a ser autónomos. Podemos concebir una praxis social consciente, responsable, activa. Eso no es subversión. Subversión es lo que hacen los políticos que se dedican a robar y a mentir. Esos son los subversivos.

—¿Qué ha pasado con los intelectuales en lo que va del siglo XXI y en el pasado?

—Quien ha escrito una obra maestra, magistral y maravillosa sobre los intelectuales, y por esa razón los editores no reeditan, es Ángel Rama. El libro se llama La Ciudad Letrada. Es un análisis histórico de la condición del intelectual en América Latina como instrumento, agente y legitimador del poder colonial y del poder poscolonial. Muy pocos intelectuales, aunque muy valiosos intelectuales del siglo XX, han trascendido esta dimensión. Le voy a mencionar uno, en México, o dos, o tres, o cuatro: Rivera, Siqueiros, Orozco, y Juan Rulfo.

—¿En qué sentido usted observa que estos cuatro intelectuales trascendieron esta dimensión?

—Pedro Páramo transparenta la miseria de la sociedad poscolonial mexicana. Es la historia de las diosas precoloniales enterradas bajo el poder corrupto del caciquismo y de la iglesia católica. Por eso la crítica literaria norteamericana se ha empeñado en que esa novela es realismo mágico.

—¿Y los otros?


—Rivera pintó en la Iglesia de Chapingo un programa utópico, dulce y maravilloso de lo que la Revolución Mexicana hubiera debido ser. Siqueiros escribió con un lenguaje expresionista notable la historia de la humanidad del siglo XX en el Polyforum de México, y Orozco es el poeta de la violencia destructiva de la civilización moderna. Y su gran obra, que está en el Cabañas, debería ser reconocida internacionalmente, y no sólo nacionalmente.

—¿Qué ve en esa obra?

—Básicamente es una composición de dos partes: en el techo, en las bóvedas, se narra a la madre de la violencia del poder en América Latina. Es Hernán Cortés asesinando a un indio que está de bruces a sus pies; un misionero clavando la cruz en un indio exánime que también está a sus pies; y el caballo del gachupín conquistador que representa la mitad como caballo, y la otra mitad como máquina de guerra moderna. Y abajo están las estampas, las visiones de la organización totalitaria de la sociedad en el mundo contemporáneo: líderes corruptos, masas militarizadas, campos de concentración... Más claro, agua.

—En uno de sus ensayos, usted afirma que las corporaciones industriales asumen el control creciente sobre los medios y fines de la invención científica...

—Uno de los grandes problemas que hoy tiene el mundo contemporáneo es que no existe libertad de comunicación. Obviamente los jefes de esas corporaciones dicen que vivimos en el régimen de la mayor libertad, o incluso de libertinaje que pueda existir en el mundo, pero no es verdad.

—¿El intelectual tiene que bregar contra eso?

—¿Usted tiene que bregar? Seguro que sí. Por cada línea. Le van a decir que su artículo es demasiado largo, que no tienen nada contra sus ideas, pero que tienen que cortar dos terceras partes de su texto porque hay que colocar un anuncio de Coca-Cola. Obviamente es mentira. Lo que no quieren es que usted hable. Que usted exprese sus ideas. Ese es el pan nuestro de cada día. Y si usted es pintor, es lo mismo. Conozco grandes pintores a los que el galerista les dice: ‘Oiga, sus cuadros últimamente tienen mucho negro, si no decide usted cambiar de color, no voy a comprarle más cuadros’. Las cosas se hacen así: el galerista dicta al artista lo que tiene que pintar; el jefe de redacción le dicta lo que debe y no debe decir al señor que hace el artículo; el profesor dicta lo que tiene que escribir el alumno en la tesis doctoral o en la tesis de maestría. El nivel de manipulación que en este momento se da sobre la actividad humana es absolutamente nefasto y ostensible. Y sucede en cualquier lugar, no importa: en un periódico local de Guadalajara o en la Universidad de Nueva York. Es el mismo principio.

—¿Y el intelectual tiene que aceptar esas cortapisas?

—No somos santos ni héroes. Siempre se cede en algún momento. Siempre uno interioriza el discurso de poder, pero si uno interioriza de manera absoluta, se convierte simplemente en un monaguillo, en un imbécil, en un instrumento. Es preciso plantar cara. Es preciso resistirse a todos esos granujas, a esos personajes que están en los centros de poder, porque son miserables, porque simplemente repiten las consignas que les dan en el piso de arriba. Esa es una realidad que uno felizmente encuentra siempre. No hay libertad. Hay escritores, por ejemplo Mario Vargas Llosa, que esto los saben desde niños. Él, cuando nació, dijo: “Yo quiero ser Premio Nobel. Voy a pasar por todas. Voy a decir todas las mentiras que tenga que decir para que me den el Premio Nobel.” Y finalmente le dieron el Premio Nobel, pero eso no significa que no sea un mentiroso desde la A a la Z. Es un hombre que sus novelas en gran parte son copiadas, sus lenguajes son lenguajes estereotipados, y su obra no pasará a la Historia, porque su propia obediencia a las reglas del mercado transforma su escritura en algo que no tiene más trascendencia que ese momento en el que el mercado le pide que haga eso. Es un suicidio.

Tapatío

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones