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Jueves, 14 de Diciembre 2017

Suplementos

Suplementos | Pepe Hernández, en la perpetuidad de las ofrendas de ánimas

El personaje: un apasionado de las artes populares

Era un día primero de noviembre, hace un poco más de 30 años

Era un día primero de noviembre, hace un poco más de 30 años, cuando Pepe Hernández andaba en Arandas, Jalisco, haciendo una investigación para lo que hubiera sido una enciclopedia del Estado. La curiosidad de investigador le provocó indagar si por la fecha -Día de Muertos-, habría algo más que la visita a los panteones o la Misa  para las Ánimas del Purgatorio el día 2 en aquella alteña ciudad. Él y sus acompañantes, entre quienes estaba el doctor José María Murià, fueron informados que habría veladas en los ranchos. Averiguaron entonces, en dónde y cómo llegar, y de hecho “de la Presidencia Municipal nos pusieron un guía y nos llevaron a estas rancherías el día primero, y efectivamente me encuentro en esas casas de adobe con sus tejados, corral a la entrada, barda de piedra, y con una ofrenda en el corredor”. Eran los altares, mesas con manteles deshilados, arcos de carrizo adornados por flores y papel en colores morado y rosa bugambilia, el ánima, panes de muerto y veladoras. Ahí comenzó la tradición y hoy, a 31 años de distancia, Pepe ha montado altares cada 2 de noviembre en Guadalajara y otras ciudades, recuperando esta ancestral usanza y expandiendo una tradición que es ya Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad (la celebración en sí del Día de Muertos recibió tal declaratoria por parte de la UNESCO en 2003).
Pues tan sólo al año siguiente, en la casa de Fernanda Matos -actual directora del Museo San Carlos en la Ciudad de México-, ahí en la calle de Ramos Millán entre Hidalgo y Morelos, Pepe ya estaba montando por primera vez un altar de muertos en Guadalajara. Pero lo que pasó es que la reproducción de aquello que él vio en Los Altos fue visto por un visitante muy especial esa noche: era el arquitecto Gonzalo Villa Chávez, entonces director del Centro INAH Jalisco.
“Josefo -le dijo, con el apelativo que siempre utilizó Villa Chávez para dirigirse a él-, hay mucha gente y esto lo tienen que ver más personas de Guadalajara, ahí está la Capilla del Museo Regional”. Y durante 25 años consecutivos se colocó una ofrenda de ánimas, reproducida al 100% con todos los elementos que Hernández había visto en Los Altos, en el Regional - posteriormente la tradición tuvo que ser rescatada por la Casa ITESO Clavigero y hoy vuelve a la Capilla del Museo-.

¿Cómo ha sido este trayecto?
Bien, los primeros años concurría gente así como a la novedad de ver un altar de muertos en Guadalajara y entonces, para hacerlo más atractivo, hicimos un programa alrededor de la muerte con poesía prehispánica y cantos.
Luego ya comienzan instituciones como el Cabañas, la Casa López Portillo, el Museo de la Ciudad, la Casa de Artesanías, a hacer altares de muertos basados en parte en lo que nosotros poníamos en el Regional, pero ya le agregaron de su cosecha. Luego empezó a venir gente de los municipios y comenzaron a llevarse la idea, después la Universidad de Guadalajara, curiosamente a través de Filosofía e Historia, son los que ya tienen desde hace años concurso de altares entre los alumnos. También empezaron las otras universidades: Autónoma, ITESO, todas, y esto prendió de 10 años para acá. Siguiente empezaron las escuelas, es muy bonito ver los días 1 y 2 a los niños con sus maquetitas de altares.
Entonces trasciende a otros Estados, me pidieron de San Luis Potosí, Zacatecas, y como que se expandió. Ahora ya hay concursos de altares; Sayula ya tiene muchos en los portales, los ponen los muchachos de las escuelas.

¿Se puede decir que se recuperó o se expandió la tradición?
Sí. Yo imito lo que vi, lo traigo a Guadalajara y de ahí se expande. Y bueno, es una fiesta que nos corresponde a todos, no por nada le dieron hace cinco años el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad a la fiesta del Día de Muertos en toda la cuestión de altares, la fiesta en sí.

Cuéntanos de tus altares.
Pues cuando menos un mes antes empezamos a picar papel porque es mucho. El montaje en tres días lo hacemos, pero obviamente ya tenemos el papel que es lo más pesado. El montaje es pesado también porque son muros altos (los del Regional), de ocho metros de altura, y eso que no lo hacemos hasta arriba. También ocho o nueve metros de ancho, y lo que sí es que he tratado de mantener los mismos elementos que son: no meter ofrendas ni de fruta ni de comida porque no era costumbre en los alteños, menos ropa u objetos del muerto, ni retratos tampoco. Entonces lo van a ver con ausencia de fruta, comida, ropa, objetos personales como se acostumbra en otros lados. Las velas sí, es un montón de velas y precisamente para velar, la velación, de ahí viene. Pero, por ejemplo, en Michoacán es una vela por cada alma o por cada muerto, entonces en los altares en Pátzcuaro y en los 25 pueblos del lago, tal cantidad de velas más, y a veces hasta le ponen los nombres. Acá no, acá es para iluminar nada más. Pongo una mesa de ánimas al centro de la Capilla porque esa noche que nos tocó en los ranchos, iban llegando rancheros y llevaban gorditas de horno, tamales de ceniza, elotes y chayotes cocidos, obviamente café, tequila, un dulce de calabaza con leche y azúcar que baten todo como un atole; cantaban también el Alabado de ánimas, impresionante, y eso es lo que yo he mantenido. Hago la reproducción del altar de repisa, obviamente los deshilados y todo son alteños, trato de poner los mismos elementos aunque hay quien dice que es lo mismo cada año, pero la tradición es la misma y se repite por cientos de años.
Ahora claro que soy práctico, las calaveras obviamente ya no las compro de azúcar cada año, las mandamos hacer a Tonalá hace 30 años justamente. En ese tiempo nos cobraron 150 pesos por 120 calaveras de barro, por ahí me encontré la nota, y las pagó Gonzalo Villa Chávez. De las 150 calaveras yo creo que quedan 30 ó 35, en 30 años se han quebrado todas.
Bueno, el tiempo siempre hace de las suyas.
Sí. En todos los aspectos. 25 años me eché ahí (en el Museo Regional), hasta hace cinco años que entró Martelva (González) que la mandaron de México y pues ya no me mandó llamar. Y cada año por ahí, por lo menos pasaron entre 10 ó 12 directores, unos muy apoyadores, otros no; la Sociedad de Amigos del Museo que cuando estaban Maya Lemus y los Baruqui fueron muy apoyadores. Martelva terminó con la Sociedad de Amigos, y ahora ya le comenté a Angélica Peregrina (actual directora del INAH Jalisco) que los vuelva a convocar porque hay un desanimo, un museo debe tener una sociedad de amigos. Y bueno, ha sido un batallar, pero bien, la respuesta de la gente muy bien, la última vez la entrada registró 11 mil visitantes a la Capilla del Museo, y en Semana Santa ni se diga cuando el Altar de Dolores -que esa sí es tradición de aquí, de la Nueva Galicia del siglo XVII-, entonces va muchísima gente y como está abierto el Museo toda la semana, son miles de personas.

Pero cuando el Regional no te convocó, ¿el ITESO te acogió, no?
Sí. Gutierre Aceves yo creo que se dio cuenta -un año dejé sin montar, lo monté aquí en la casa y solamente invitamos amigos pero sólo para darle continuidad-, y al año me habla Gutierre y me dijo: ‘Ojalá puedas, me encantaría un altar de muertos en Casa ITESO Clavigero’. ¡Cómo no! Yo lo que quería era llegar a los 30 años y fue suave.
Ahora, curiosamente, no tuvieron la cuestión económica para montar el altar, yo había dicho ‘híjole, a ver cómo le hago para montar los dos’, pero hace unos días me habló Gutierre y me dijo que traía broncas... Hubiera sido pesadísimo, pero para Navidad haremos la posada tradicional en ITESO Clavigero.

por: ana guerrerosantos
fotos:alonso Camacho

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