Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | Crimea se debate entre Rusia y Ucrania

El mediterráneo oriental

Crimea se debate entre la legitimidad de su vínculo histórico con Rusia y la legalidad internacional que protege la integralidad territorial de Ucrania; es uno más de los conflictos fronterizos heredados de la desintegración de la URSS

Por: EL INFORMADOR

Crimea representa una zona de choque agobiada por los malos trazos fronterizos.  /

Crimea representa una zona de choque agobiada por los malos trazos fronterizos. /

GUADALAJARA, JALISCO (23/MAR/2014).- No parece ni Rusia ni Ucrania. 200 días de sol al año y una temperatura en verano que ronda los 25 grados centígrados, son razones suficientes para desafiar a la geografía. Crimea representa una zona de choque agobiada por los malos trazos fronterizos, el enfrentamiento cultural y los caprichos de la historia. Al sur de sus fronteras, sólo atravesando el Mar Negro, se divisa la ciudad de Estambul, la antigua Constantinopla, cuna del Imperio Romano de Oriente y posteriormente del Imperio Turco-Otomano que controló la región hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Al Oeste se abre el mundo ruso-eslavo y al norte se trazan las líneas entre Occidente y Oriente, entre la Unión Europea y la “zona de influencia rusa”. Es así, Crimea es un enclave situado en las coordenadas que marcan las grades fracturas de la historia y en una región donde la inestabilidad es más la regla que la excepción.

“El Mediterráneo del Oriente”, como ha sido llamado desde el siglo XIX, representa el segundo gran temblor geopolítico después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas (URSS) —tomando en cuenta los conflictos en los Balcanes en los noventa—. Crimea es el espejo de una escalada en las tensiones entre Europa (y Estados Unidos) y los rusos, que comenzó desde los primeros días de Vladimir Putin en el Kremlin. Es difícil decir que esto era inimaginable. Al contrario, tras el fracaso de las reformas aperturistas promovidas por Boris Yeltsin, y la reconfiguración de la economía rusa, la elección de Putin como presidente fue el reflejo del giro nacionalista que tomaría la política rusa. Los rusos se encontraron en una encrucijada: un pasado lleno de anhelo imperialista y grandilocuencia nacional frente a un futuro democrático y pluralista que no ofrecía mucho a los ojos de la mayoría de los rusos. Recordemos que la democracia en Rusia sigue siendo un “bicho raro”: los zares dominaron por siglos, luego llegó el siglo comunista con la Revolución de Octubre y, tras el periodo de Yeltsin, la fase autoritaria de Putin y Medvédev. Los rusos optaron por ese “imperio” y esa grandeza que tan bien describió Carlos Fuentes hace unos años.

Y tras la consolidación de la hegemonía de Putin, y su partido Rusia Unida (RU), en el poder, la política de “contención” volvió al Kremlin. Se esfumó la narrativa de cooperación entre Rusia y las ex repúblicas soviéticas, se sepultó prácticamente a la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y los “duros” del gabinete de Putin impusieron su mirada geopolítica. Ucrania (o Georgia como pasó en 2008), ya no eran “socios” o “aliados”, sino “vasallos”. La relación que construía Putin con Kiev o con Minsk, era de extracción feudal: lealtad política por concesiones económicas. Los países que giran en la órbita de Moscú debían jurar lealtad al Kremlin y no ceder ante las ambiciones expansivas de la Unión Europea. A cambio, estos países recibían gas subsidiado, armas a buen precio y comercio en condiciones adecuadas.

Putin se convirtió en un jugador más de la política interna de estos países, promoviendo candidatos, financiando campañas y orientando recursos a sus aliados.

Ucrania se enfrentaba a esta encrucijada: abrirse rumbo en las instituciones europeas y occidentales (como la OTAN) o permanecer como un firme aliado de Rusia y su proyecto geopolítico. Esta decisión le costó la cabeza a Víktor Yanukóvich como presidente ucraniano. Yanukóvich, conocido prorruso (del Partido de las Regiones), decidió no avanzar en las negociaciones de asociación con Bruselas y prefirió el camino hacia Moscú. Su decisión provocó las manifestaciones más sofocantes en la Plaza de la Independencia de Kiev desde la Revolución Naranja de 2004. Y es que la UE pedía la excarcelación de su rival político, la carismática ex primer ministro Yulia Timoshenko, retenida por motivos políticos y que salió de prisión el mismo día en que Yanukóvich huyó del país. En su lugar alcanzó el poder un pro-europeísta como Arseniy Yatseniuk, cercano a Timoshenko y un convencido de la integración de Ucrania a las instituciones europeas. Ucrania se convirtió en un frente de batalla entre Europa y Rusia, nada distinto a lo que ha sucedido en buena parte de su historia.

Sin embargo, Crimea quedó atrapada en este juego de múltiples bandas. Los habitantes de Crimea, de mayoría rusa, interpretaron las manifestaciones como un golpe de estado contra un aliado prorruso como Yanukóvich. Y no podemos culparlos. Las primeras medidas que tomó el nuevo presidente fue empujar al ruso hacia la marginalidad lingüística, quitándole peso dentro de la ley, y avanzar hacia una reducción de las competencias de la República Autónoma de Crimea, el único territorio con atribuciones descentralizadas de toda Ucrania. No fueron los mejores pasos: significó un mensaje de exclusión y marginación que sólo aceleró la corrida de Crimea a los brazos rusos. Rápidamente el Kremlin fortaleció el vínculo con sus aliados y apoyó a Serguéi Axiónov (soviético y formado en las escuelas rusas) para que diera los pasos necesarios para volver a Rusia. Rápidamente el Parlamento de Crimea aprobó la consulta soberanista y el domingo pasado en votación, 97% de los habitantes de Crimea apoyaron la independencia de Ucrania y la anexión a Moscú. Las minorías tártaras y ucranianas intentaron boicotear el referéndum, pero su intervención sólo alcanzó para aumentar el abstencionismo.

Es difícil negar que Crimea, históricamente, está identificada más con los valores rusos que con los ucranianos. Crimea cayó en Ucrania más como capricho de un ex secretario general del Partido Comunista Ruso como Nikita Kruchev, que en los cincuentas cedió esa parte del territorio a la República Soviética de Ucrania como remedio ante el embate y la persecución cultural de los ucranianos durante los años de Stalin. Sin embargo, desde por lo menos la Guerra de Crimea del siglo XIX, esta región ha estado vinculada lingüísticamente, culturalmente y territorialmente a Rusia. Sin embargo, no es suficiente. Existe un claro choque entre dos principios: una legitimidad histórica que ampara su vínculo con Rusia, pero al mismo tiempo una legalidad internacional que no reconoce las reivindicaciones de esta naturaleza. Y es que el principio de autodeterminación de los pueblos, uno de los más importantes para desmantelar el sistema colonial en el siglo XX, tiene interpretaciones muy variadas. Están desde aquellos juristas que consideran que reivindicaciones como éstas, mientras sean procesadas democráticamente (a través de consultas), son perfectamente válidas-en este principio se basan escoceses y catalanes para realizar su consulta soberanista. Sin embargo, también hay opiniones que sostienen que este derecho de autodeterminación sólo es válido en regímenes coloniales, donde hay una clara opresión a uno de los componentes culturales de un país y que no existen medios democráticos para cambiar esa realidad. No queda claro hasta dónde se puede estirar el derecho de autodeterminación de los pueblos y quiénes pueden reclamar ese derecho.

Crimea es una región más compleja que sus dos millones de habitantes y su Península que se extiende a un territorio que es prácticamente la tercera parte de Jalisco. La composición étnica es clara: 58% rusos y 24% ucranianos. En general, Crimea es más rica que el resto de Ucrania, el PIB per Cápita es 40% más alto y la tasa de desempleo es una tercera parte menor (es la región próspera de Ucrania). Y prácticamente una tercera parte del comercio de Crimea va a Rusia, su principal aliado comercial y 40% de sus importaciones proviene de China. Y, militarmente, Rusia tiene más de una docena de bases militares aéreas y navales en la Península, destacando la naval en Sebastopol. Los intereses rusos comerciales, políticos y militares se encuentran en peligro ante la posibilidad de que llegue un Gobierno pro-europeísta a Kiev que diluya la presencia de Rusia en Crimea. Y si a esto le añadimos que la Península es fundamental en las salidas de gas hacia Europa y parte de Asia, la región se vuelve estratégica para Moscú.

Timothy Garton Ash, uno de los analistas más prolíficos de la realidad internacional y sobre todo de Europa, escribió hace unos días que “Crimea ya está perdida”, ahora la batalla de los ucranianos debe ser por el resto del Este de Ucrania que también tiene poblaciones prorrusas mayoritarias en ciudades como Donetsk y Jarkov.  La violencia se ha esparcido a esas poblaciones y seguramente el próximo blanco del Kremlin será “revolver las aguas” aún más en esa zona. Para evitar eso, Ucrania debe transformarse no sólo hacia un modelo federal sumamente descentralizado, sino reconocer la pluralidad rusa que vive en Ucrania e integrarlos de lleno al juego institucional. Tras un inicio errático, el presidente Yatseniuk ha comenzado a hacer sus discursos también en ruso y prometió una descentralización histórica hacia esos territorios.

La guerra parece una posibilidad lejana. Ni Estados Unidos ni la Unión Europea (es decir, Alemania) están dispuestos a llevar a las armas este conflicto. Los escenarios indican que Crimea tarde o temprano se integrará a Rusia, Ucrania irá a las urnas y buscará recomponer con un gobierno más abierto los lazos con esos territorios que coquetean con Moscú. Las sanciones seguirán, pero solamente como escarmientos para que otros no sigan el ejemplo de Moscú (China, por ejemplo) y difícilmente tendrán algún resultado en el comportamiento de Putin. No es la última vez que veamos tensión en esa zona donde alguna vez se fincó la que llamó Truman como “la cortina de acero”. Los límites son difusos, las lealtades políticas inexpugnables y la diversidad cultural augura problemas interminables en una frontera en donde la historia y las decisiones políticas dejaron heridas abiertas muy profundas.

Tapatío

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