Suplementos | La Ciudad de los Niños del Padre Cuéllar cuenta con más de 80 años El lugar donde los niños son libres para crecer La Ciudad de los Niños del Padre Cuéllar cuenta con más de 80 años desde su fundación en 1930 Por: EL INFORMADOR 1 de febrero de 2015 - 05:05 hs Roberto Cuéllar, sacerdote duranguense, dedicó su vida a conseguir recursos para construir y mantener el complejo. EL INFORMADOR / GUADALAJARA, JALISCO (01/FEB/2015).- Hoy es uno de esos primeros domingos del mes en los que la familia más numerosa de Guadalajara se reúne para ir a misa, desayunar, estar juntos. Alrededor de 70 miembros llegan temprano a escuchar la ceremonia religiosa. La familia no está completa, si lo estuviera tal vez no cabría en la capilla. Cuando el evento termina caminan unos pasos rumbo para llegar al comedor de la Ciudad de los Niños, su hogar. Los egresados del lugar degustan chilaquiles, toman café y platican sobre lo que les ha pasado recientemente. Unos aprovechan la cancha desierta para jugar futbol mientras sus hijos o nietos juegan en los alrededores, afuera de las casas que habitaron alguna vez o entre los jardines por los que transitaban por las mañanas para ir a estudiar, y por las tardes para regresar a sus dormitorios a hacer la tarea. Por el sueño de ayudar A más de 80 años de su fundación, el albergue tapatío la Ciudad de los Niños del Padre Cuéllar ha sido casa de más de 25 mil menores, quienes pasaron de vivir en situación de calle a estar un lugar que les brindó techo, comida y educación. Manuel Cervantes, quien fuera alumno y ahora es secretario de la Mesa Directiva, explica que el proyecto fue iniciativa de Roberto Cuéllar, un sacerdote duranguense de la Compañía de Jesús que dedicó su vida a conseguir recursos para construir y mantener el complejo de 32 hectáreas ubicado en la colonia Chapalita. Cuenta que el padre comenzó a trabajar en la década de 1930 en una fábrica, en donde percibió la necesidad de algunos niños que subsistían en la pobreza. “En aquel tiempo era muy difícil porque los sacerdotes no podían salir, entonces él iba a trabajar una vez que terminaba sus clases en el Instituto de Ciencias y atendía a niños de San Juan de Dios”. Tras dirigir varios espacios en los que los pequeños recibían clases, vestido y alimentos, “Don Rober” —como le decían de cariño— se dio cuenta que necesitaba un lugar más grande para todos y empezó a buscar terrenos. Al enterarse don José Aguilar Figueroa se convirtió en el benefactor que, junto a otros dueños colindantes, le otorgó la superficie. La construcción y mantenimiento del sitio —aún hasta la fecha— es gracias a las donaciones de muchas personas y fundaciones, quienes lograron consolidar la visión del padre, siendo el resultado de ella una edificación con capilla, dormitorios, comedor, salas de lecturas, campos de futbol, de basquetbol, una primaria y área de talleres. Adentro de La Ciudad El lugar, que ha tenido que ser remodelado en varias ocasiones debido al deterioro causado por el paso de los años, es sencillo pero funcional. En la entrada se encuentra la capilla, al lado un Museo dedicado al Padre Cuéllar y por el otro costado el área de salones de especialidades, como el cuarto de juntas, el consultorio dental o el de atención psicológica; afuera hay un pizarrón con fotografías de algunos de los niños que han vivido allí. Después, un corredor te lleva al salón principal, y detrás se encuentra la cocina. La encargada detalla que actualmente prepara comida para 350 niños según las recomendaciones del nutriólogo del lugar. Asegura que ha trabajado “muy a gusto” en la Ciudad de los Niños, ya que no la presionan como en otros lugares y atender a los menores resulta satisfactorio. “Me gusta verlos contentos y más a algunos con necesidades de amor en sus casas. Hay que saber servir en esta vida, yo pienso que eso es lo que me trajo aquí”. A un lado de la cocina están los dormitorios y atrás de ellos los campos recreativos, como el de futbol. A lo lejos está la primaria y las áreas de talleres, de la que los pequeños aprenden ya sea carpintería, sastrería o algún oficio. Manuel Cervantes puntualiza que la educación que brindan los jesuitas, una orden religiosa perteneciente al catolicismo, es completa ya que se forma al alumno también desde el lado humanista, además destaca que si el menor sobresale académicamente es enviado a que siga su formación en el Instituto de Ciencias o el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (Iteso)”. Subraya que los requisitos para la admisión es que los pequeños sean de bajos recursos y tengan “mucha suerte”. Normalmente el egresado sale entre los 16 y 17 años con algún trabajo ya aprendido. Se aceptan niños desde ocho hasta 11 años. Cervantes dice que desconoce el porqué las niñas no pueden ingresar, que desde la época del Padre Cuéllar ha sido así. De la calle al éxito; la historia de Alejandro Dice que a los 10 años era un vago, un niño de la calle con carencias —principalmente de amor y cariño—; un menor que, bajo una conducta rebelde, caminaba sin rumbo. Si hubiera seguido esos pasos, asegura, estaría muerto. Pero Alejandro Peña Gallegos vive y tiene 64 años, una bella familia y la fortuna de haber sobresalido en el futbol y la docencia. Siempre se mantuvo ocupado para ser un hombre de bien, tal y como le recomendaba el padre Roberto Cuéllar, a quien agradece todo lo que es. Sentado en el comedor de la Ciudad de Los Niños, su antigua casa, Peña Gallegos rememora los seis años que pasó en el albergue tapatío, hace más de medio siglo. Se define como producto de la institución, ya que ésta le proporcionó las bases para su formación en el periodo más trascendental de su vida. “Tuve una disciplina basada en los principios cristianos y de los jesuitas, ellos siempre nos decían que el hombre es libre, pero con responsabilidad”. Por el deceso de su madre a muy temprana edad el que fuera seleccionado olímpico mexicano- y sus diez hermanos- estuvieron a la deriva de cariño y protección hasta que Carmela, la hermana mayor, pensó en que los dos varones de la casa se fueran a orfanatos; Alejandro entró a la Ciudad de los Niños del Padre Cuéllar. “Qué bueno que a mí me internaron aquí y sucedió este milagro”. Así fue que Peña Gallegos pasó de estar en la calle, “entre comillas” a ser parte de un lugar en el que le daban comida todos los días, un techo y le brindaban educación. “De ahí parte mi transformación. Durante mucho tiempo me olvidé de La Ciudad de Los Niños, por decirlo así. Pero ya tengo muchos años reconociendo que para mí fue el cimiento o la parte fundamental de mi educación. Gracias a Don Robert simplemente vivo hoy”. Alejandro recuerda que la convivencia era muy sana, sin cosas que perturbaran la tranquilidad, orden o disciplina, con la inquietud normal de niños. De cómo era un día normal indica que tenían tres periodos de descanso, obligación permanente de hacer alguna actividad y la oportunidad de aprender un oficio a través de talleres como pintura, torno, sastrería o carpintería. “La idea del Padre Cuéllar era que aprendiéramos un oficio para que no nos faltara de comer”. También, en ese campo de futbol con porterías desvencijadas que denotan el paso del tiempo, descubrió que le apasionaba el balompié y lo descubrieron visores de fuerzas básicas del Atlas y Guadalajara. “Estuve en la UNAM en la temporada 71,72 y 73. El señor Diego Mercado me había visto en torneos nacionales y me recomendó con Alfonso Portugal”. Mercado lo convocó a la Selección amateur, con la que jugó tres partidos eliminatorios para las Olimpiadas de Múnich 72. Al ser centro delantero destacó con gol y permaneció en el grupo. “Tuve el orgullo y la satisfacción de haber sido seleccionado nacional olímpico en Múnich”. A don Roberto lo evoca como un sabio, un señor preocupado en exageración por los demás, muy sabio, estricto pero con responsabilidad, y un ser prudente que actuaba cuando debía, “era un observador”. Como mucha gente, lo llegó a ver como un santo. Relata que en una ocasión andaba con él de “encargos”, un puesto que se les daba a los jóvenes como premio, y lo acompañó a una oficina que tenía en el Centro, en donde la gente lo reconocía al sacerdote y le daban donaciones o solicitaban favores. “No se me olvida una señora que le dijo que estaba enferma y le pidió la bendición. Al mes volví a ir y la misma señora sana. Eso me impresionó muchos años”. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones