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El grito ahogado de la mujer árabe

Quieren tomar las riendas de su destino y desafían las tradiciones patriarcales. El viento de cambio choca contra el conservadurismo

Por: EL INFORMADOR

Fatma al Hashemi, estudiante de 20 años. National Geographic  /

Fatma al Hashemi, estudiante de 20 años. National Geographic /

GUADALAJARA, JALISCO (13/MAY/2012).- Quiero librarme de mi familia y vivir mi vida”, espeta Fadwa en un arranque de sinceridad. La confidencia, que suena a pataleta de adolescente, adquiere un significado distinto cuando la pronuncia una mujer en una de las monarquías de la península Arábiga, donde el petróleo parece haber anestesiado a la población frente a los vientos de cambio que sacuden la zona. El conservadurismo, fruto tanto de los valores tribales y religiosos como de la reacción a la apresurada modernización, ha sido un lastre para el avance de las mujeres. Ahora, el acceso generalizado a la educación, la televisión por satélite, los viajes e internet están transformando de forma irreversible sus aspiraciones.

Fadwa no es una niña en medio de un arrebato de rebeldía. A sus 23 años, tiene una dura historia personal de matrimonio impuesto, maternidad temprana, depresión y divorcio. Detrás de la mesa de su despacho, la joven, cubierta de negro de la cabeza a los pies, transmite una imagen engañosa de conformidad con su destino. Pero nunca se ha resignado. “Quería estudiar y mis padres me dejaron. Claro, que si no aceptaba casarme, no podría hacerlo”, relata sin aparente rencor. Que los progenitores elijan a los maridos de sus hijas es todavía habitual entre las familias de la península Arábiga. Dio su consentimiento y pudo graduarse en Administración de Empresas.

“Lo pasé muy mal, tuve problemas psicológicos, he estado en tratamiento”, admite, satisfecha de haber dejado atrás esa etapa oscura. Queda, no obstante, un hijo de tres años que, tras el divorcio y hasta que cumpla 11 años, permanecerá a su cargo. “Lo cuida mi madre”, confía. Eso le permite trabajar de secretaria en una oficina del Gobierno. “Gano menos de lo que podría, pero planeo hacer un máster y aquí tengo más tiempo”, explica.

Es entonces cuando se le escapa el “quiero librarme de mi familia y vivir mi vida”. Enseguida matiza que no desea cortar radicalmente con ellos, pero que necesita más espacio personal, más libertad. Es una aspiración que comparten muchas de las jóvenes universitarias de esta parte del mundo que ven cómo sus sociedades abrazan las innovaciones tecnológicas a la vez que se aferran a costumbres y tradiciones que frenan la reforma de su estructura patriarcal.

La educación ha sido clave en el avance de las mujeres de las seis monarquías petroleras del golfo (Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin, Catar, Emiratos Árabes y Omán), donde no tuvieron acceso a la enseñanza hasta hace 50 años. Hoy, constituyen entre el 60% de los universitarios (en Arabia Saudí) y el 77% (en Emiratos Árabes). Incluso descontando que los hombres estudian fuera con mayor frecuencia, las cifras son significativas. La Universidad les ha permitido salir del núcleo cerrado de la familia al que los sectores más tradicionales aún desean relegarlas. Con sus diplomas, quieren trabajar y tomar las riendas de su destino.

Dada la escasa población autóctona de estos países, sus gobernantes apoyan (con distinto entusiasmo) esas aspiraciones. En Emiratos, uno de los más vocales en la promoción de la mujer, las licenciadas han llegado a áreas dominadas por los hombres como ingeniería, derecho o el petróleo. Constituyen el 35% de los nacionales activos y rondan el 60% en la administración pública, incluida alguna ministra y embajadora.

En el terreno social, los cambios van más despacio. Perduran limitaciones legales (como el derecho a transmitir la nacionalidad, el divorcio en iguales condiciones que los hombres y la custodia de los hijos), de movimiento (Arabia Saudí es el caso extremo) o, simplemente, para elegir la vida que quieren vivir. Trasnochados códigos de honor o la presión del qué dirán aún pesan como una losa sobre muchas mujeres, en especial de familias beduinas o asentadas en localidades del desierto, lejos del cosmopolitismo de las ciudades costeras.

“Quiero casarme por amor”, espeta Nayma, una estudiante de Filosofía cuya madre está convencida de que ve “demasiadas películas americanas”. Su edad y sus estudios le han librado del enfrentamiento familiar, pero se acerca el momento de la verdad. La hermana pequeña contrae matrimonio este verano y va a ser la única que queda en casa. “Mi madre tampoco eligió y no lo entiende”, añade la joven, que a los 18 años sigue sometida a la autoridad paterna a pesar de ser mayor de edad.

Tapatío

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