Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | La incógnita sobre el informe presidencial

El día del Presidente

La alternancia democrática y el advenimiento de la pluralidad política borraron de un plumazo el Informe presidencial ante el Congreso. ¿Valdría la pena retomarlo?

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (01/SEP/2013).- No le falta razón al historiador y periodista Héctor Aguilar Camín cuando dijo que “antes nadie se atrevía a criticar al Presidente, ahora nadie se atreve a defenderlo”. La transición democrática en México erosionó (para bien en algunos casos y para mal en otros) esa figura omnipotente y hegemónica del Presidente en el sistema político mexicano. Tras ese desgaste, el Presidente quedó despojado de su armamento metaconstitucional que le permitía ser el sol y el centro del Estado mexicano. En términos estrictamente jurídicos, el Presidente en México nunca fue una figura particularmente fuerte. Por el contrario, su trono absoluto provenía de una dimensión política y no jurídica: toda esa mezcla de premios, castigos y reglas no escritas operadas en el partido único y que permitían que el Presidente gozara de poderío indebatible.  

Uno de los ritos más simbólicos del presidencialismo mexicano siempre fue el informe de Gobierno. Ese día se paralizaba el país, se suspendían las actividades y los niños no asistían a la escuela. Todas las televisoras respetaban religiosamente la cobertura en cadena nacional y todo “patriota” tenía que escuchar con atención las palabras de autocomplacencia y optimismo del Jefe de Estado. El Congreso mexicano se retiraba las máscaras de la pluralidad y la independencia legislativa, para dar paso a los elogios, los aplausos interminables y la euforia del partido único. Las formas opacaban al fondo. El formato de informe de Gobierno que monopolizó la intrerrelación entre poderes en México durante muchas décadas, se parecía más a la comparecencia de un líder comunista ante su soviet leal y acrítico, que un verdadero ejercicio republicano de rendición de cuentas al estilo del estadounidense (“The state of the Union”) o del español (“El Estado de la Nación”). El llamado “día del Presidente” se diseñó como la cúspide del sometimiento político de los poderes de la unión a la soberanía presidencial, un día repleto de “besamanos” e interminables alabanzas a la figura casi monárquica del Presidente.



El agotamiento de un sistema

 

Si tomamos a la transición como un proceso que comienza a finales de los ochenta con la famosa “caída del sistema”, o incluso desde 1968 como dicen algunos autores como Roger Bartra o José Woldenberg, el agotamiento de este ejercicio de autocomplacencia presidencial fue relativamente tardío. En 1988, tras las elecciones federales que le dieron la victoria a Carlos Salinas de Gortari, Porfirio Muñoz Ledo interpeló al presidente Miguel de Lamadrid acusándole de solapar las sucias elecciones de ese año que el Frente Democrático Nacional, liderado por Cuauhtémoc Cárdenas, califican como fraude, que impidió la victoria de la izquierda. En aquel momento, tras la abrupta intervención de Porfirio Muñoz Ledo, quedaba claro que las fisuras y rupturas que visibilizaban las protestas y manifestaciones en la calle de intolerancia al régimen priista, ahora se trasladaban en las instituciones. Ya no era solamente un discurso de jóvenes de izquierda con anhelos libertarios, sino ahora podíamos hablar de un desafío proveniente de las propias instituciones pos-revolucionarias. La pluralidad había llegado y el día del Presidente comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento.

Tras ese suceso icónico, y los primeros aires de la alternancia política en México con la victoria panista en Baja California, el informe presidencial comenzó a ser visto como una figura obsoleta de cortejo monárquico, incompatible con los nuevos tiempos de pluralidad. Toda la parafernalia y protocolos seguían presentes, pero el espíritu de consenso social y partidista se había borrado. De ahí hasta 2006, con sucesos ríspidos y algunos bochornos parlamentarios, el ejercicio político se mantuvo como la narrativa de autocomplacencia y sin autocrítica. Se convertía en el día que el Presidente defendía su gobierno y la oposición plantaba su postura en la tribuna. Un formato similar al español, más típico de un régimen parlamentario que de un sistema presidencial. De poco en poco, parecía que esta vieja mitología que llenaba de misticismo al régimen de partido único, admitía el nacimiento de una incipiente pluralidad que reclamaba cauces de salida. Sin embargo, el último informe de Vicente Fox terminó por enterrar la posibilidad de que el Presidente acudiera al Congreso y sometiera su mandato al veredicto legislativo.

La polarización de las elecciones de 2006 es uno de los grandes responsables del naufragio del informe ante el Congreso. La izquierda, el PRD y sus aliados, veían en Fox al artífice de una campaña sucia y negra contra Andrés Manuel López Obrador, lo que impidió la llegada del tabasqueño a Los Pinos. Para la izquierda, el primer presidente de la democracia mexicana había traicionado su investidura y su significancia como el depositario de todo el poder simbólico de la alternancia política en México. Su claro apoyo a Felipe Calderón, así como el intento de desafuero al entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, diluían la imparcialidad del Jefe de Estado. Otro mito del presidencialismo mexicano: el anhelo de un jefe de Estado que se encuentra más allá de la división partidista y que se asume como un polo neutral ajeno a la rebatinga política.  Nunca ha sucedido eso. El PRD se negó a dejar que el guanajuatense rindiera su último informe y tomó la tribuna para impedir que Calderón juramentara ante la soberanía legislativa.

En este contexto, hoy Enrique Peña Nieto entrega por escrito su primer informe de Gobierno al Congreso y mañana dirigirá un mensaje a la nación.

En un escenario de debilidad económica, agravamiento de las cifras de violencia y una crisis política en la Ciudad de México por la reforma educativa, el priista decidió no volver al Congreso. Y aunque parecía el contexto creado por el Pacto por México, propicio para que el Presidente se presente ante el Congreso y propicie un verdadero ejercicio de rendición de cuentas, Peña Nieto prefiere un evento protegido y de autocomplacencia en Los Pinos. Así, el Presidente reproduce, pero en otro lugar, el aura de protección, nula autocrítica y lluvias de aplausos que caracterizaron al Informe en el Congreso durante los años del priato. Felipe Calderón también se decantó por esta forma: entregar el informe escrito y después diseñar un evento donde el Presidente diga lo que quiere decir, sin ser interpelado ni molestado con opiniones contrarias.

¿Qué podrá decir Enrique Peña Nieto? Más allá de las expectativas generadas y las dos reformas logradas, ¿hay resultados concretos? ¿Seguirá el Presidente en el tenor reformista? ¿Mantendrá el pacto de la misma manera, sin importar que el acuerdo parezca hacer agua?

Digamos que los primeros nueve meses tras la vuelta del PRI, dejan una estela de contrastes. Por un lado, es innegable que tras años de parálisis legislativa, reformas posibles diluidas y falta de acuerdos políticos, la administración de Peña Nieto comenzó con otra narrativa basada en la eficacia y la colaboración. Por algunos meses, parecíamos vivir en un universo paralelo a la problemática democracia mexicana. Un universo de acuerdos entre partidos, de discusiones de sustancia y, sobre todo, de reformas deseables. No había que sacrificar ambición: tanto en Telecomunicaciones y Educación, las reformas aglutinaban eficacia y representatividad, dos conceptos difíciles de hilvanar en democracia.

Sin embargo, por el otro lado,  como dijo The Economist: “La realidad muerde”. Si bien la esperanza y las expectativas han servido para que México proyecte hacia el exterior otra cara del país violento e ingobernable del calderonismo, los datos y los resultados dejan mucho que desear. La economía decreció en términos reales en el segundo trimestre de este año, se generaron solamente cinco mil empleos y el crecimiento anual estará por debajo de 2 por ciento. En inseguridad, la tendencia hacia la desaceleración de las muertes relacionadas con el crimen organizado se detuvo, y ahora se está experimentando un leve repunte con algunos estados que presentan focos rojos (Jalisco es uno de ellos). La brecha entre expectativas y realidad, deseos y resultados, anhelos e indicadores, es insalvable y está erosionando la popularidad de Peña Nieto. El círculo rojo suele premiar intenciones, y el círculo verde resultados en los bolsillos. Eso explica el contraste de opiniones entre la calle y los líderes de opinión.

Cómo lo dijo Soledad Loaeza en un extraordinario artículo: “Es una lástima que el Presidente ya no vaya al Congreso a presentar su informe. Cuando lo hacía estaba obligado a mirar de frente a la nación, y mal que bien daba sus razones”. Tras la alternancia, el PAN no logró desmontar los cimientos simbólicos del régimen, ni tampoco reformar los ritos mal aplicados, pero que en su origen tienen un objetivo deseable. El informe puede ser una pieza angular de rendición de cuentas en una democracia. La presencia de Peña Nieto en el Congreso, bajo ciertos códigos de respeto, podría ser un instrumento para construir esa relación de poderes que queremos en un entorno democrático. Un ejercicio que conjugue respeto y conciliación, pero también crítica y acusaciones. Así, para desmontar el día del Presidente, en México nos quedamos en el peor mundo: el Presidente sigue teniendo su día en Los Pinos o en algún otro sitio, mientras en el Congreso se sacrifica la oportunidad de que el Presidente rinda cuentas. Como se dice por ahí, con el informe “tiramos el agua sucia con el niño adentro”.

Tapatío

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