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Suplementos | Grupo Planeta comparte con los lectores de EL INFORMADOR el último libro de Dan Brown

El anuncio que 'cambiará la faz de la ciencia'

Grupo Planeta comparte con los lectores de EL INFORMADOR el más reciente libro de Dan Brown
Dan Brown. Es autpor de libros como 'El Código Da Vinci'. ESPECIAL / Grupo Planeta

Dan Brown. Es autpor de libros como 'El Código Da Vinci'. ESPECIAL / Grupo Planeta

GUADALAJARA, JALISCO (17/SEP/2017).- El profesor Robert Langdon levantó la mirada hacia el perro de doce metros de altura que había en medio de la plaza. El pelaje del animal estaba formado por un tapiz orgánico de hierba y flores aromáticas.

«Estoy haciendo un esfuerzo por apreciarte -pensó-. De veras.»

Langdon permaneció un rato examinando la criatura y luego siguió adelante por una pasarela suspendida. Ésta desembocaba en una extensa escalinata cuyos desiguales escalones parecían querer impedir que el visitante recién llegado pudiera mantener su ritmo y su zancada habituales. «Misión cumplida», decidió, después de casi estar a punto de tropezar en dos ocasiones.

Al llegar al pie de la escalera, se detuvo de golpe y se quedó mirando la enorme estatua que tenía delante.

«Ahora sí que lo he visto todo.»

Ante sus ojos se elevaba una enorme viuda negra. Sus esbeltas patas de hierro sostenían un cuerpo bulboso que se encontraba a unos diez metros de altura. Del abdomen del animal colgaba un saco de huevos hecho con una malla metálica y en cuyo interior había unas esferas de cristal.

-Se llama Mamá -dijo una voz.

Langdon bajó la mirada y vio que debajo de la araña había un hombre delgado. Vestía un sherwani brocado de color negro y lucía un cómico bigote con las puntas curvadas a lo Salvador Dalí.

-Me llamo Fernando y estoy aquí para darle la bienvenida al museo -dijo a continuación, y luego examinó la colección de etiquetas identificativas que descansaban en la mesa que tenía delante-. ¿Le importaría decirme su nombre, por favor?

-Por supuesto. Robert Langdon.

El hombre levantó la vista de golpe.

-¡Vaya! ¡Lo siento, señor! ¡No lo había reconocido!

«Ni yo mismo me reconozco -pensó Langdon, ataviado como iba con un frac negro y pajarita y chaleco blancos-. Parezco un miembro de los Whiffenpoof.» El atuendo clásico que vestía tenía casi treinta años y era un vestigio de su época como miembro del club Ivy de Princeton. Afortunadamente, gracias a la rutina de largos que hacía en la piscina todavía le quedaba bastante bien. Con las prisas, había cogido la percha equivocada del armario y había dejado atrás su esmoquin habitual.

-En la invitación se indicaba que había que ir de etiqueta -dijo Langdon-. Espero que el frac sea apropiado.

-¡El frac es un clásico! ¡Está usted elegantísimo!

El hombre se acercó rápidamente a él y le pegó con cuidado la etiqueta identificativa en la solapa de la chaqueta.

-Es un honor conocerlo, señor -añadió el hombre del bigote-. Imagino que no es la primera vez que nos visita, ¿verdad?

Langdon echó un vistazo a las patas de la araña y al reluciente edificio que había detrás.

-En realidad, me avergüenza admitir que sí.

-¡No puede ser! -dijo el hombre, fingiendo asombro-. ¿Es que no le gusta el arte moderno?

Langdon siempre había disfrutado del desafío que suponía el arte moderno. Especialmente del hecho de intentar averiguar por qué determinadas obras estaban consideradas obras maestras: las salpicaduras de Jackson Pollock, las latas de sopa Campbell de Andy Warhol, los sencillos rectángulos de color de Mark Rothko... Aun así, se encontraba mucho más cómodo discutiendo sobre el simbolismo religioso de El Bosco o la técnica de Francisco de Goya.

-Mis gustos son más bien clásicos -respondió-. Me resulta más accesible Da Vinci que De Kooning.

-Pero ¡si Da Vinci y De Kooning son muy parecidos!

Langdon sonrió con paciencia.

-Entonces está claro que he de aprender un poco más sobre De Kooning.

-¡Pues ha venido usted al lugar adecuado! -El hombre hizo un amplio movimiento con el brazo para señalar el edificio-. ¡En este museo encontrará una de las mejores colecciones de arte moderno del mundo! Espero que disfrute.

-Y yo -respondió Langdon-. Aunque desearía saber por qué estoy aquí.

-¡Usted y todos los demás! -El hombre se rio alegremente al tiempo que negaba con la cabeza-. Su anfitrión se ha mostrado muy reservado respecto al propósito del evento. Ni siquiera los empleados del museo sabemos qué va a suceder. El misterio forma parte de la diversión. ¡No dejan de circular rumores! Dentro ya hay varios cientos de invitados, entre los cuales muchas caras conocidas, y nadie tiene ni idea de cuál es el programa de la noche.

Langdon sonrió. Muy pocos anfitriones tendrían la valentía de enviar en el último momento una invitación en la que sólo se podía leer: «Sábado por la noche. No faltes. Confía en mí». Y todavía menos serían capaces de persuadir a cientos de personalidades para que lo dejaran todo de lado y volaran al norte de España para asistir al evento.

Langdon dejó atrás la araña y siguió adelante con los ojos puestos en la pancarta roja que ondeaba sobre su cabeza.

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