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El Madoka se salvó

El 21 de julio, un incendio amenazó con terminar 55 años de historias de café

Por: EL INFORMADOR

El Café Madoka se ubica en Enrique González Martínez 78.  /

El Café Madoka se ubica en Enrique González Martínez 78. /

GUADALAJARA, JALISCO (27/JUL/2014).- La madrugada del lunes 21 de julio, una nube de humo ingresó por las ventanas del edificio ubicado en la calle Enrique González Martínez 78 y despertó a algunos inquilinos. Varios de ellos, con el sabor de la ceniza amotinado en la boca, se asomaron a la calle para ver qué pasaba. La imagen les arrebató la modorra: de uno de los negocios que están en la parte baja del edificio salía un penacho de humo negro. Con un sobresalto en la mirada, vieron cómo la columna de humo salía a borbotones de las cortinas metálicas y se desdibujaba al escalar el aire.

Los bomberos llegaron rápido. Las venas asfálticas del Centro Histórico de Guadalajara se encontraban destapadas y los vecinos escucharon cómo se acercaba el “¡uuuuh, uuuuh!; ¡niinoo, niinoo!” que el camión rojo escupía por la calle. Una vez que llegaron, los bomberos pidieron que el edificio fuera evacuado. Para poder ingresar en el Café Madoka tuvieron que romper un candado.

A las dos de la mañana, Gustavo Flores, propietario del Madoka, recibió una llamada telefónica de la dueña del edificio en el que se encuentra el café:

—¡Se quemó el Madoka! —dijo la dueña.

—¡Cómo que se quemó el Madoka! —contestó Gustavo.

—Pues sí. Se incendió y lo apagaron. Pero se quemó —agregó ella.

Mientras se dirigía al café, Gustavo pensó que las crestas de fuego habían consumido hasta el último pedazo de madera. Sin embargo, cuando llegó el fuego ya había sido extinguido y se dio cuenta de que sólo dos sillas y una parte de la barra se habían quemado. La cafetera estaba tirada en el suelo. Al lugar también llegaron Félix —hermano de Gustavo—, Rosa y Maribel, gerentes del café. Consiguieron lámparas y comenzaron a limpiar en medio de la oscuridad.

Los bomberos le explicaron a Gustavo que el incendio se generó debido a un corto circuito en el centro de carga de la cafetera. Cuando comenzaba a amanecer, luego de sacar la ceniza y ponerla en la caja de una camioneta pick-up, vieron que las paredes estaban tiznadas, pero las fotografías que estaban colgadas sobre ellas no tenían daños. Vieron que había cables quemados y que una televisión, empotrada a la pared más cercana a la barra, estaba completamente afectada.

Al ver la noticia en la televisión, algunos clientes se dirigieron al Madoka para ver cómo había quedado y se sorprendieron al ver que desde las nueve de la mañana el café ya estaba en servicio. No había cafetera, pero las diligentes trabajadoras habían preparado café de olla y la cocina seguía ofreciendo el menú completo.

Ese lunes el Madoka se salvó.

“Lo he sentido como mi casa”


El “Ciencia” es un hombre flaco y encorvado como una ojiva gótica. Sentado sobre un sillón colocado casi a la entrada del Madoka, con las piernas cruzadas y el rostro serio, observa el juego de dominó que se desarrolla en una mesa cercana.

A las cuatro de la tarde del jueves 24 de julio, el Madoka es un estacionamiento para personas cansadas, pero también es un sitio donde los amigos se sientan a una mesa para compartir muchas palabras, muchas historias y varias tazas de café.

Las meseras del Madoka trajinan por todo el café. Sara limpia mesas y sillas. Patricia entra en la cocina con las manos vacías y sale cargando un plato de arrachera con arroz, frijoles con queso y ensalada. Lo lleva a una mesa en la que una familia charla. María del Mar les acerca tazas con café espeso y vasos con agua a las personas sentadas a la barra. En la mesa de la entrada, la que mira el “Ciencia” con rostro serio, se escucha cómo un concentrado jugador de dominó revuelve las fichas sobre la madera con las dos manos.

En una de las mesas del fondo se encuentra Bertha Eduviges Solís, mejor conocida como Bibi. A punto de terminar su jornada laboral, Bibi mira al “Ciencia” y recuerda que hace años era un hombre fuerte que llegaba al Madoka rodeado de amigos y jugaba dominó durante horas. “Y mírelo, ahí está solito”, dice.  

Bibi recuerda que el Madoka abrió el 4 de mayo de 1959, por iniciativa Faustino Trejo de la Rosa, un regiomontano que le dio trabajo el 11 de junio de 1960, cuando ella tenía 17 años. A los 71 años, Bibi se acuerda que el café era pequeño. Eran populares sus tortas estilo México y la parte Norte del café, a la que se llega a través de un pequeño escalón, era entonces una librería.

Aunque dice que su memoria falla porque ya está vieja, Bibi recuerda que en 1967 Faustino Trejo de la Rosa vendió el café a Rafael García, un cubano al que le gustaba jugar dominó. García tenía un socio: Rafael Labra. Cuando Labra murió, José Luis, su hijo mayor, formó parte del negocio.

Bibi dice que el cubano le vendió el café a un hombre de apellido Monroy. No sabe la fecha exacta en que Monroy negoció con el próximo dueño, Antonio Asís, quien finalmente soltó las riendas del café en 1998, cuando el político priista Félix Flores se lo compró.

Bibi cuenta que cuando era mesera atendió a Juan Rulfo. Dice que era un señor muy serio que llegaba alrededor de las ocho de la noche y se iba a las 10. Dice que el autor de "El Llano en Llamas" y "Pedro Páramo" pedía un espresso y una coca y a menudo platicaba con el licenciado Leandro Gómez Limón.

“Ha de haber sido como en el 69 o 70. No me acuerdo, pues ya estoy viejita. Nomás lo atendía y  me retiraba de la mesa”.

En 54 años de trabajo, Bibi nunca había visto que el Madoka sufriera un rasguño. Dice que ya necesita una limpia, pues dos días después del incendio se descompuso la computadora en la que hace las cuentas.

Trabajar en el Madoka le ha traído muchas satisfacciones. En su cumpleaños, Rafael García le cantó Las mañanitas. La hija del señor Monroy le regaló un “ramotote” de flores el 10 de mayo. Años después, festejando esa misma fecha, un cliente llevó al café dos pasteles: uno para las trabajadoras del turno matutino y otro para las del vespertino.

Bibi llega al Madoka a las 06:10 de la mañana y sale a las cuatro de la tarde. Cuando camina hacia su casa, ubicada en la Colonia Analco, algunos clientes le gritan “¡adiós, Bibi!” desde las ventanillas de sus coches y ella siente bonito.

Bibi tiene derecho a jubilarse desde hace 11 años. No lo hace porque le gusta trabajar en el Madoka.

“El Madoka lo he sentido como mi casa, porque vivo más aquí que allá. Y ahora ya trabajo menos. Antes seguido doblaba turno. Pienso que si me jubilo y me voy a mi casa, me muero. No estoy acostumbrada a estar en la casa”.

CAFÉ EN ZONA DE CLASE MEDIA


Guillermo García Oropeza considera que, en 1959, el Madoka se ubicó en una zona muy tradicional de la ciudad. Guadalajara era tan pequeña que todavía no llegaba ni al millón de habitantes.

En ese tiempo, explica el cronista, la clase media tradicional vivía en el Centro de Guadalajara. Los pobres vivían más allá de la Calzada Independencia y en otros barrios populares. Los ricos se habían movido “de Tolsá para allá”.

El Madoka llegó a una zona de la ciudad en donde estaban los consultorios de los médicos, las notarías y algunas oficinas. Casi no había automóviles y las calles eran caminables hasta para un niño. La vía en la que actualmente se encuentra el café se llamaba La Parroquia y no Enrique González Martínez. El nombre fue cambiado en honor al poeta que nació en una finca alzada en el cruce se esta calle con López Cotilla.

García Oropeza considera que Guadalajara no es una gran ciudad de cafés. Comenta que los cafés más viejos de la ciudad deben de ser de las primeras décadas del siglo XX. Para él, los grandes cafés de México están en Veracruz y en el centro de la Ciudad de México. Sin embargo, destaca que, al igual que en la capital, los cafés tradicionales de Guadalajara se encuentran en el Centro y no en las colonias a las que se mudaron los ricos.

“El café, sin discriminar a las mujeres como las cantinas de antes, era un lugar básicamente masculino. Era un lugar de encuentro de agentes viajeros, donde se podía jugar dominó y ajedrez a veces. Pero fundamentalmente era un lugar para platicar, tomarse el café, fumarse un cigarro y platicar con los amigos. Uno podía estarse horas consumiendo uno o dos cafecitos y ya. No te presionaban. Eran lugares muy acogedores. El café era algo sumamente importante en la vida de estos hombres”.

El también arquitecto agrega que los cafés tradicionales tienen fama de ser lugares en los que se congregan escritores, intelectuales y artistas. Resalta que en el Madoka él se encontró varias veces a Juan Rulfo y a Ramón Rubín. También reconoce que es un lugar en el que se reúnen políticos: “Es un lugar de gremios. Personas que vienen a ver el periódico, la tele, es un lugar de convivencia masculina, sobre todo”.

SABER MÁS

Además del Madoka que se encuentra en Enrique González Martínez 78, existieron otras cuatro sucursales y dos módulos de café. Las primeras estuvieron en Vallarta esquina con General San Martín; Rubén Darío y Florencia; Plaza San Isidro y Plaza del Sol. Los módulos de café se ubicaron en Plaza Pabellón y La Gran Plaza.

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