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Martes, 12 de Noviembre 2019
Suplementos | En los libros segundo de Samuel y primero de Crónicas se encuentra un paralelismo interesante, pues el autor de Crónicas identifica a S

El Ángel Acusador

Cada ángel tenía su propia naturaleza dada por Dios, pero cada uno se santificó en una medida propia, según la gracia de Dios

Por: EL INFORMADOR

Segunda parte


     En los libros segundo de Samuel y primero de Crónicas se encuentra un paralelismo interesante, pues el autor de Crónicas identifica a Satán con la ira del Señor; en el primero dice: “El Señor volvió a encenderse en ira contra los israelitas e incitó a David contra ellos, ordenándole que hiciera un censo de Israel y de Judá.” (2 S 24, 1), mientras que en el segundo se lee: “El ángel acusador se puso contra los israelitas e incitó a David a hacer un censo de Israel”. (1 Cro 21, 1). Luego, en el judaísmo posterior, la figura de Satán adquiere un carácter ya bien definido: es el adversario de Dios que se opone a sus santos designios, y el supremo enemigo del hombre, al que trata de mantener bajo la esclavitud del pecado. Tal es el concepto que se halla por todo el Nuevo Testamento.
      En el Nuevo Testamento encontramos más cosas interesantes. En el libro del Apocalipsis leemos que “hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. El dragón y sus ángeles pelearon, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así que fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo” (Ap 12, 7-9).
     Una cuestión aquí es que, si los demonios y los ángeles son de naturaleza puramente espiritual, ¿cómo pueden luchar entre sí? Si no tienen cuerpo, ¿qué clase de armas pueden ser usadas? El padre Fortea explica que como los ángeles son espíritu, el único combate que se puede entablar entre ellos es estrictamente intelectual. Las únicas armas que pueden blandir son argumentos sabios. Esa lucha fue una lucha intelectual: “Dios enviaba la gracia a cada ángel para que volviera a la fidelidad o se mantuviera en ella. Los ángeles daban argumentos a los rebeldes para que volvieran a la obediencia. Los ángeles rebeldes daban sus razones para fundamentar su postura y para introducir la rebelión entre los fieles. En esta angelical conversación de miles de millones de ángeles hubo bajas por ambos lados: ángeles rebeldes regresaron a la obediencia, ángeles fieles fueron convencidos con la seducción de los razonamientos malignos”.
     Cada ángel tenía su propia naturaleza dada por Dios, pero cada uno se santificó en una medida propia, según la gracia de Dios y la correspondencia de la propia voluntad. Esto es válido pero al revés, para los demonios. Cada uno recibió de Dios una naturaleza, pero cada uno se deformó según sus propios caminos extraviados. Por eso la batalla terminó cuando cada uno quedo limitado en su postura de forma irreversible. Llegó un momento en que solamente había cambios accidentales en cada ser espiritual. En los demonios se llegó al punto en que cada uno se mantuvo firme en su imprudencia, en sus celos, en su odio, en su envidia, en su soberbia, en su egolatría –pareciera que en vez de hablar de demonios se hablase de seres humanos–.
     No obstante, por un lado podría decirse que no hay un momento único, en sentido de instante, en que el ángel se transforme en demonio, sino que se trató de un proceso lento, gradual, evolutivo. Por otro lado, por largo que haya sido ese proceso previo (y posterior), sí hay un momento preciso en el que el espíritu angélico tiene que tomar la decisión de rechazar o no a su Creador. Pero en el proceso de demonización cabe la marcha atrás, el cambiar de opinión; esa es la celestial batalla angélica de la que habla el Apocalipsis.
      Sin embargo, llega un tiempo en el que los ya demonios se alejan y se alejan. La inteligencia se deforma, oscurecida por las propias razones con las que cada uno justificó su marcha, su supuesta liberación. La voluntad impone su decisión a la inteligencia, y ésta se ve arrastrada a justificar tal decisión funcionando como un mecanismo de justificación. Como se ve, el proceso tiene una extraordinaria similitud con el proceso de corrupción de los humanos.
     El documento Gaudium et Spes (13) nos advierte que “Toda la vida humana, la individual y colectiva, se presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”. ¿Dejaremos que la voluntad se imponga a la inteligencia? Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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