Se llama Port Clinton, pero sirve para explicar a Donald Trump. Es un pueblo de Ohio, aunque podría estar en Indiana o Illinois, es el relato vivo del declive industrial de América, del golpeo a la clase media. Dice el Fondo Monetario Internacional en uno de sus informes plagados de cifras que ese grupo social no ha dejado de menguar desde los setenta, desde que Bill Rigoni era un niño. Él mismo cuenta, con menos números, que, sencillamente, la clase media vive del trabajo y “que mucho de ese trabajo lo han mandado fuera”. Votará a Trump: “Es un empresario como yo. Este país debe llevarse como si fuera un negocio”.A una hora de allí, en Cleveland, el Partido Republicano celebró su convención y consagró al magnate, un candidato anti político aupado en parte por el descontento que hay en el país más rico del mundo -con pleno empleo, aunque cada vez peor pagado-, por la erosión de las expectativas de familias como las de Port Clinton.“Mi pueblo natal en los cincuenta era la encarnación del sueño americano, un lugar que ofrecía oportunidades para todos los niños de la ciudad, independientemente de su origen. Medio siglo después, la vida en Port Clinton es una pesadilla americana partida en dos: una comunidad en la que los niños del lado malo de la carretera apenas pueden imaginar el futuro que les espera a los que han ido a nacer en el lado bueno”, resume Robert Putnam, un profesor de Políticas Públicas de Harvard nacido allí, en “Nuestro niños. El sueño americano en crisis”, un libro sobre la brecha social que se basa en la historia de su ciudad.En 1965, el 55% del empleo en el condado de Ottawa, donde se encuentra Port Clinton, era industrial; en 1995 sólo era el 25%, según su investigación. Y la paga de un trabajador medio de 2012 era, en términos reales -es decir, descontando el efecto de la inflación-, un 16% inferior a la que sus abuelos cobraban en los setenta. La población, ahora de seis mil habitantes, se estancó hasta los ochenta y, entre 1990 y 2010, bajó el 17 por ciento.Aun así, las afueras están plagadas de casas preciosas, algunas imponentes, y el puerto es un lugar agradable con algunos vecinos almorzando al aire libre. Leah Hewitt tiene 17 años y trabaja en una tienda que elabora palomitas de maíz. Le gustaría quedarse, aunque no las tiene todas consigo porque conseguir un trabajo de verano es fácil, pero no lo es tanto para todo el año. “En invierno esto es un desierto”, lamenta.Dan Stott compró una pequeña factoría de componentes para la automoción en el pueblo hace dos años, con 18 trabajadores. Hace poco eran 25. Admite que “hoy en día es muy difícil ser competitivo con otros países más baratos”, pero no cree que romper los actuales acuerdos comerciales internacionales “sirva para solucionarlo, ya que también significaría que Estados Unidos vendería menos cosas fuera”.