Suplementos | Por: Juan Palomar Diario de un espectador La sierra del Tigre discurre a los lados de la carretera en todo su esplendor Por: EL INFORMADOR 23 de enero de 2010 - 04:18 hs Atmosféricas. Simultaneidad de los jardines. Cinco años suponen los días suficientes para que el ozote crezca y sus flores blancas contrasten con la apretada multitud de las plantas que ahora se arremolinan en una variedad de verdes. El poderoso jazmín se encarga de rematar los bordes. Nuevos helechos han de llegar a completar el ámbito. Un tapanco propicio mira, en otro jardín, como crece una palmera. Los follajes suben a los pisos superiores de la casa; otros descienden en cascadas benévolas. No lejos de allí, bajo el cielo del altiplano, un espacio reducido y justo, dispuesto en talud, recompone variaciones sobre el mismo tema, y las ramas de un árbol dejan pasar a duras penas una escalera estrecha que lleva a otro jardín. Un triángulo a veces soleado que incluye con su amplio gesto la fronda completa del bosque detrás de la calle. Una terraza de espinas que remite, instantáneamente, a otra igual que a medio millar de kilómetros repite los mismos rituales. Todos los jardines respiran el mismo ritmo planetario, y acuerdan, simultáneamente, los invisibles relojes de la gozosa afinidad, de la larga amistad tejida entre dos ciudades, del latir del mundo. Por tierra. Ir y venir a México, en camión, puede ser una experiencia muy grata. El camino, en su mayor parte, es muy bonito. Los autobuses nuevos en poco se parecen a los de la infancia, sofocados, apretados y ruidosos. La cabina cerrada, el silencio, el ignorado reflejo de las televisiones afortunadamente mudas, la confortable altura desde la que se puede considerar lo que pasa. Es posible tener verdaderas conversaciones: con largos silencios, abstracciones, ausencias, temas que se retoman sin prisas. Leer largamente, dormitar. Casi siete horas de tranquilidad. Nada que ver con los aeropuertos atropellantes y majaderos, con las esculcadas, las prohibiciones y los controles; nada que ver con el apretujamiento de los aviones, sus otras prohibiciones, su claustrofobia inevitable (que a veces compensan las espléndidas visiones por las ventanillas avaras). Por tierra es posible ir leyendo, con paciencia, las señales del paisaje que lentamente varía y resplandece. Claro, si se tienen el tiempo y la calma. Revisitaciones. La cajetilla de Faros. Tiene algo de esa elegancia paya que recuerda a cierto López Velarde. Difícil saber de cuándo data esta reliquia cotidiana y entrañable. Una cenefa de cuadros blancos y rojos enmarca a una soga que hace nudos caprichosos y que a su vez define el cuadro: un personaje de saco, chaleco y corbata se lleva la mano a un sarakof mientras fuma tranquilamente. A un lado, un faro emite una luz puntuada y roja. En el mar, que se adivina picado, navega trabajosamente un vapor, y al fondo, otro faro repite los mismos destellos. Pieza maestra de la iconografía mexicana, entrañable lugar común, componente indispensable del banco lejano y presente de un carpintero, los Faros resisten. Ghost world. Ni idea de cómo le pusieron en español a esta cinta los de la Oficina Sheridan de Titulación de Películas. (¿Un fantasma en apuros? ¿Travesuras de un mundo? etc.) Pero pasó el otro día en uno de esos indistinguibles canales del cable. Es de 2001, y es estupenda. La dirige un cineasta ferozmente independiente –a como se dan las cosas en este campo- que ha obtenido premios en Sundance y realizó un documental de culto sobre R. Crumb: Terry Zwigoff. La película es un fino ejercicio en el más lúgubre de los humores y destila un ininterrumpido tono irónico que busca no dejar títere con cabeza. Su objetivo es desmontar –un poco a la manera de American Beauty pero sin su tremendismo- el mundo lobotomizado de la California suburbana y clasemediera que tanto glamour parece tener por estos lares. Las protagonistas son un par de adolescentes recién graduadas de prepa (Thora Birch y Scarlett Johansson) decididas a no dejarse procesar por el conformismo y la estupidez ambiental. Zwigoff se las arregla para introducir pequeños personajes que aportan un contrapunto de extrañeza y poesía al filme: un señor gris y derrotado –y al final, clave- que día tras día espera, impertérrito, un camión que parece nunca llegar. Además, la cinta es muy divertida. El tigre en invierno. Amarillo y dorado, contrasta gloriosamente con el cielo azul de la estación serrana. El aire es delgado y la vista llega lejos. El mosaico de potreros y sembradíos refulge bajo el sol de la mañana. Unas vacas anaranjadas hacen juego con los tonos rojizos de ciertos trechos del paisaje. Dos torres blancas se recortan contra los pinares que bajan las laderas oscuras. Cuesta arriba, los pasos recuperan la gravedad de lo que toma trabajo. Un gavilán raya con su vuelo circular, como una punta de diamante, el espacioso mediodía que va alargando después sus sombras hacia el poniente. La sierra del Tigre discurre a los lados de la carretera en todo su esplendor. Desde las alturas, el azul de la laguna de Chapala es un suntuoso esmalte absolutamente inolvidable. San Luis Soyatlán, abajo, ofrece la alegre cara de sus casas recién pintadas. Las sombras de la hora, en los repliegues de la sierra del Travesaño, le confieren una escala remota, heroica. Dado al vuelo. Así se llama una canción clásica de Pearl Jam. Una narración, que más bien conducen las guitarras, acompaña a la voz de Eddie Vedder hasta un clímax: "y a veces se ve una pequeña mancha en el cielo/ un ser humano que fue dado al vuelo." Reparaciones del jardín. Llegan los jardineros con la gravedad de los cirujanos. Examinan despaciosamente el panorama, distinguen los males, las plagas, los daños. Establecen las especies entrelazadas, discuten sus cualidades. Años de feracidad sin freno confunden ahora los follajes. Una vez discutidas las medidas a tomar, valorados los frentes de trabajo, determinados los métodos, comienzan sus trabajos. Y el jardín se convierte entonces en un campo de batalla. La sabiduría de un corte, la precisión de un límite, la compasión por unos renuevos: todo conduce a un designio. Al final del día el magnolio luce su silueta recuperada, más luz alumbra ciertos rincones. Prisciliano Encarnación aprobaría las operaciones. jpalomar@informador.com.mx Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones