Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Por: EL INFORMADOR

Atmosféricas. El fondo del jardín es cada vez más espeso, umbrío, difuso. Muro de sombras del que, por instantes surgen lentos destellos pálidos. Una señora de ojos azules se inclina para recoger un renuevo, un niño busca una pelota entre las matas, un jardinero borroso, impecablemente vestido, corta una rama excesiva. Contra la fronda oscura y las guías desvalagadas de la bugambilia aparece la veladura de grupos que aquí se retrataron. Restalla ahora el latigazo del tequila bajo el mediodía de oro y una risa de mujer hace reverdecer las plantas, unos niños nuevos van, otra vez, por la pelota, y desde el puente del navío inmóvil un vislumbre de futuro convoca al mañana, al fraternal riesgo afilado, a torres que se alzan sobre el leve entramado de estos follajes fieles.

**

El inmigrante inmóvil. No irá a ninguna parte, casi. Atravesado sobre la banqueta, los pies descalzos, la ropa en garras, no espera más que la mañana avance, más que el sol entibie las losas desportilladas en que reposa. Alrededor de él todos se afanan, llevan y traen formularios y papeles, piensan disimuladamente en un trabajo o unos hijos más allá de la frontera, calculan el veredicto del funcionario que determinará el destino. El inmóvil ríe por lo bajo, dice algo sobre un cuchillo y sus filos, ignora –como un príncipe- los pardos cuidados que a su vera discurren. Mira, más bien, la luz de la mañana que pinta de oro las ramas más altas de los fresnos.

**

Por fraternas vías llegan hasta este espectador unas líneas de un poema de don Miguel de Unamuno. Buscando apenas, al poco rato, aparece la versión completa: su austera, ceñida belleza corta el aliento. Con arbitrario fervor, con el recuerdo de la dorada Salamanca que regresa, y que el poeta aún transfigura aquí, van algunos fragmentos, mínima ars combinatoria:

Del agua surge la verdura mansa,

de la verdura

como espigas gigantes las torres

que en el aire bailan

en plata su oro.


Son cuatro fajas:

la del río, sobre ella la alameda,

la ciudadana torre

y el cielo en que reposa.


Y todo descansando sobre el agua,

fluido cimiento.

agua de siglos,

espejo de hermosura.


Con la ciudad enfrente me hallo solo

y Dios entero

respira entre ella y yo toda su gloria.


A la gloria de Dios se alzan las torres,

a su gloria los álamos,

a su gloria los cielos,

y las aguas descansan a su gloria.

El tiempo se recoge;

desarrolla lo eterno sus entrañas;

se lavan los cuidados y congojas

en las aguas inmobles,

en los inmobles álamos,

en las torres pintadas en el cielo,

mar de altos mundos.


Gloria de Dios te bastas.

¿Qué quieren esas torres?

Ese cielo ¿qué quiere?

¿qué la verdura?

y ¿qué las aguas?

Nada, no quieren;

su voluntad murióse;

descansan en el seno

de la Hermosura eterna;

son palabras de Dios limpias de todo

querer humano.

Son la oración de Dios que se regala

cantándose a sí mismo,

y así mata las penas.


La noche cae, despierto,

me vuelve la congoja,

la espléndida visión se ha derretido,

vuelvo a ser hombre.

Y, ahora, dime Señor, dime al oído;

tanta hermosura

¿matará nuestra muerte?

**

Dos escenas para urbanitas: el grafitti y la cúpula. Caminado por Vallarta, antes de llegar a Tolsa, hay un escorzo intrigante. En primer plano las rayas furibundas de un grafitero calmoso sobre el muro de un cine abandonado; más allá redondea sobre el cielo la silueta de la cúpula de Aurelio Aceves (si la memoria no falla). Bajo la cúpula, furibundas también, otra mano de rabia dejó un mural bajo cuyo sarcasmo despiadado tanta pomposa ceremonia sucede.

Orozco y el grafitero ahora dialogan bajo el sol de este día. Y la otra: un parque novato al atardecer, por Bosque: un violinista, una pelota, tres niños y una señora, varios árboles que se nombran Sangre de Líbano. Cada quien con su tonada.

jpalomar@informador.com.mx

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