Viernes, 17 de Enero 2020
Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

Anthony Powell es un refinado y a ratos exquisito escritor inglés, contemporáneo de Evelyn Waugh

Por: EL INFORMADOR

Agua de mayo. Maravillosas tormentas tempranas alivian el agobio de este mes inmisericorde. De repente la ciudad es otra, el cielo amanece limpio, el humor de la gente parece mejorar. Los árboles agradecen de inmediato la lluvia que comienza a desempolvarlos, y sus verdes toman nuevas profundidades. El enigma de la bugambilia que se dio de baja se resuelve: una infección de polilla atacó sin piedad a la vieja planta. Habrá que tomar medidas. En la terraza de las espinas la corona de Cristo se desenvuelve con ahínco, y las cactáceas están, bajo los soles de justicia, en su elemento. Los pájaros pardos de siempre, cuyo nombre es un misterio, navegan por el jardín en busca de una sombra protectora.

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Besieged. Tarde, una de las pasadas noches, pudo este espectador encontrar entre el casi siempre árido panorama televisivo una película que data de 1998 y cuya dirección corresponde a Bernardo Bertolucci. El último tango en París queda lejos, y esta cinta pasa en Roma. La ciudad se convierte en un personaje más, aunque su descripción sea sucinta. Un elemento central de la trama es la casa en donde casi todo sucede: una espléndida y vieja mansión romana heredada por el protagonista –un melancólico pianista- de una tía. A causa de la trama misma, la casa va desprendiéndose de tapices, esculturas, pinturas, mobiliario, en un interesante ejercicio visual de despojamiento y renuncia. Otro componente primordial es la música de piano que acompaña casi obsesivamente largas secuencias. Thandie Newton es la estrella: una refugiada africana que se gana como puede la vida en su nuevo destino italiano. Bajo las altas bardas del misterioso jardín de la casa, el pianista toca su último concierto dedicado, con certera e impasible deliberación, a un amor perdido. Recomendable.

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Anthony Powell (1905-2000) es un refinado y a ratos exquisito escritor inglés, contemporáneo de Evelyn Waugh
-quien por cierto, cosa rara, lo respetaba profundamente. Produjo una considerable cantidad de volúmenes. Pero entre su obra destaca una serie de once novelas conocidas bajo el título general de A dance to the music of time. Esta designación proviene, según el propio Powell, del título y el espíritu de una célebre pintura de Francois Boucher. Pervade su escritura una fina ironía, y una no tan distante observación de tipos y escenas de la Inglaterra de entreguerras. A la larga serie de novelas frecuentemente se le ha comparado con la saga proustiana. Existen, sin duda, paralelismos y afinidades, aunque el tono y la profundidad de ambas creaciones sean muy distintos. La tercera novela de la serie se llama The acceptance world y recrea a sus personajes en la etapa cuando supuestamente encuentran un cierto acomodo, una aceptación, en su propia vida. Los retratos que Powell traza de cada uno de ellos poseen una singular agudeza, transmitida como sin quererlo, observándolos transitar por el ámbito intelectual y artístico y las capas altas de la sociedad inglesa. El estilo de Powell es de una discreta brillantez, que utiliza siempre una elegante sordina. Una danza al son de la música del tiempo.

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Revolutionary Road. Esta película de Sam Mendes confirma la destreza con que este notable director maneja el escalpelo cinematográfico. La ambientación de un suburbio gringo cualquiera de los cincuenta es impecable, y ciertamente sardónico. El parentesco con American Beauty es evidente. La interpretación de Kate Winslet es brillante, y compleja. Una pareja clasemediera típica que quiere escapar de la mediocridad mediante la fuga a la ciudad que todo lo promete: París. La galería de tipos y situaciones va de lo patético a lo cruel, pasando por un muy negro humor. Como en todo arte de consideración, el placer de una historia triste y lastimosa reside en el impecable oficio, incluso el virtuosismo con que se cuenta. El título de la película es un obvio guiño al anticonformismo y la perplejidad que a la gente de buena voluntad e inquietud espiritual suele alcanzar frente al american way of life, y al inmenso pantano de grisura y adocenamiento que supone la utopía suburbana.

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Canciones platicadas: First cut is the deepest. La inventó Cat Stevens, quien solía hacer buenas composiciones y ser un eficaz interprete de sí mismo. Pero en este caso, a partir de un excelente material, su versión es bobalicona y sonsonetuda. Cuando el tema verdaderamente se transformó fue cuando el buen Rod Stewart hizo un cover extraordinario, con la nota justa, la conocida voz aguardentosa, la banda sonando duro atrás de él. Este espectador recomienda al improbable lector buscarla en youtube. Suele suceder de vez en cuando: una canción se transfigura y se enciende al contacto de quien le halla el modo. La letra es irregular, y su transcripción directa -sin la química que produce la música- no le favorece. Citemos, tout de même, unos versos contundentes: “cuando se trata de ser afortunada está maldita/ cuando se trata de quererme es la peor”. Más allá de ello, el mismo título evoca con precisión, y la canción toda recrea con dolorosa intensidad, ciertas heridas: el primer corte es el más hondo.

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Los dibujos de los niños tienen casi siempre un transparente misterio que los vuelve portadores de súbitas iluminaciones. Hay un intocado poderío, una inigualable inmediatez en su designio, una intemporal sabiduría aún no contaminada, que unos cuantos trazos, unos pocos colores, plasman con segura contundencia. Quedan unos pocos lápices regados en la terraza, unas hojas que durarán, un azoro que regresa, inolvidable.

jpalomar@informador.com.mx


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