Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

En esta ocasión vuelve a recurrir a una historia en la que se sobreponen varias anécdotas que un narrador enhebra con singular eficacia

Por: EL INFORMADOR

Días extraños nos han encontrado. Jim Morrison canta de fondo mientras la temporada del miedo y las precauciones sucede. Días de pausa, de contención, de consideración de los mil azares a los que la vida está sujeta. Como una sombra gigantesca que de repente cubre todo lo que se hace con un velo de fragilidad e incertidumbre, revelando otra cara de la realidad. Pero las granadas, que nada saben –o quizá lo saben de sobra- insisten en crecer enmedio del calor que todo lo fermenta.

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Oracle night. Una más de las novelas de Paul Auster. En esta ocasión vuelve a recurrir a una historia en la que se sobreponen varias anécdotas que un narrador enhebra con singular eficacia. Como una caja que encerrara a otra, y a otra. Nueva York como escenario, y Brooklyn en particular, adquieren una corporeidad a la vez precisa y alucinante. La noche del oráculo, con sus historias que se alternan y se sobreponen, hace preguntas sobre el destino, la fidelidad, la enfermedad y la muerte, los infinitos caminos de la casualidad, la ardua escritura, el desdoblamiento de la conciencia. Como otras veces, hay un cuaderno –en este caso portugués y azul- que será una clave de la trama.

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En una de las historias superpuestas –un pretendido argumento cinematográfico basado en La Máquina del Tiempo de H.G. Wells- Paul Auster describe la operación de visitar el pasado: "Comprendiendo el potencial de los viajes en el tiempo para la disrupción y el desastre, el gobierno permite a cada persona solamente un viaje en su vida. No por el placer de visitar otros momentos de la vida, sino como un rito de iniciación en la edad adulta. Sucede cuando se llega a tener veinte años.

Una celebración se hace en tu honor, y esa misma noche eres enviado al pasado para viajar alrededor del mundo por un año y observar a tus ancestros. Comienzas doscientos años antes de tu nacimiento, más o menos siete generaciones atrás, y gradualmente haces tu camino al presente. El propósito del viaje es enseñarte la humildad y la compasión, la tolerancia hacia tu prójimo. De entre los centenares de antepasados que encuentras en el viaje, todo el abanico de posibilidades humanas serán exhibidas ante tí, cada número de la lotería genética aparecerá.

 El viajero comprenderá que ha venido de un inmenso caldero de contradicciones y que entre sus predecesores hay mendigos y tontos, santos y héroes, lisiados y bellezas, almas nobles y violentos criminales, altruistas y ladrones. Estar expuesto a tantas vidas en un lapso tan corto es ganar una nueva comprensión de tí mismo y de tu lugar en el mundo. Te ves a tí mismo como parte de algo más grande que tú, y te ves a tí mismo como un individuo distinto, un ser sin precedentes con un futuro irreemplazable. Entiendes, finalmente, que sólo tú eres responsable de hacer de tí mismo lo que eres."

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De Yves Bonnefoy:

Sí, es eso
Un encandilarse en las viejas palabras
El ordenamiento
De toda nuestra vida a lo lejos como un mar
Dichosa, dilucidada por un arma de agua viva

No necesitamos más
De imágenes desgarradoras para amar.
Este árbol nos basta, allá, que por la luz
Se desata de sí mismo y ya no sabe más
Que el nombre casi dicho de un dios casi encarnado.

Y todo este alto país que Uno muy próximo incendia,

Y el enjarre de un muro que el simple tiempo toca
Con sus manos sin tristeza, y cuya medida sabe.

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Dejamos a Sir Walter Scott dándole vuelta en un barco a las Highlands escocesas, en una travesía destinada a situar nuevos faros en las accidentadas costas septentrionales. En su detallada descripción del periplo, efectuado en 1814, llama la atención la cantidad de veces que menciona fortalezas, mansiones, capillas, casas solariegas: todas en ruinas. Como si la agitada época en que el escritor hiciera su recuento diera testimonio de la caída de un orden que perduró por siglos, y del advenimiento de los nuevos tiempos que inauguraran la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. "Las ruinas ocupan tal vez más de un acre de tierra, hallándose en la cima de una alta roca que entra al mar, el cual lo rodea por tres lados; una profunda sima lo separa de tierra..."

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Maurice Druon murió en París el 14 de abril. Además de la gran serie de Los reyes malditos, que le dio fama mundial, este caudaloso escritor fue también político (ministro de cultura de Pompidou, legislador) y luchó en la resistencia francesa. De la época de la guerra data el inolvidable Chant des Partisans, escrito a cuatro manos con su legendario tío Joseph Kessel sobre una melodía de la también rusa Anna Marly, que se convertiría en el himno de los movimientos antifascistas. Uno de los cuarenta "inmortales" de la Academia, Druon era el último de aquellos cosacos legendarios en un París que, con él, pierde a un gran personaje del siglo XX.

Ami, entends-tu

Le vol noir des corbeaux
Sur nos plaines?
Ami, entends-tu
Les cris sourds du pays
Qu’on enchaîne?

jpalomar@informador.com.mx



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