Suplementos | Por: juan Palomar Diario de un espectador Al borde de la barranca de Oblatos es posible seguir... Por: EL INFORMADOR 7 de febrero de 2009 - 07:53 hs El viento frío de la madrugada sigue puliendo los bronces de la noche. Una curva dorada marca su trayectoria y va diciendo el ancho gozo y la cambiante suerte. La otra bugambilia decidió ya dar sus repiques, y las rosas amarillas siguen su incontenible expansión sobre la pérgola. Tiempo es de podar, decían los jardineros. Uno hay que marca con el amplio gesto de la mano los necesarios cortes que vendrán a poner orden. No hay lugar para sentimentalismos ni titubeos: el plúmbago ha llegado lejos, y del jazmín son tantos los excesos. Al borde de la barranca de Oblatos es posible seguir, con todo detenimiento, el porfiado vuelo de un gavilán que insiste en repetir un curioso giro. Contra los pardos cantiles destacan las flores enardecidas de un grupo de primaveras-orquídeas: un primer plano que da sombra a los niños que juegan a ver más lejos. Dos equipos disparejos e infantiles juegan un improbable partido de futbol en la ladera reseca. El mirador municipal sigue su marcha. El señor que renta binoculares explica a un parroquiano qué es lo que desde allí ve. Del lado de Mascuala el viento se ve más ancho. Muy abajo, el río Santiago discurre penosamente, cargado de todas las posibles inmundicias. Al final de la Calzada Independencia el padre Hidalgo parece buscar un pedazo de cadena que visiblemente se rompió con algún histórico ventarrón. El edificio de la Universidad luce una cantidad nada despreciable de nuevos vidrios y un techito a la moda. Peculiar puesta al día. El edificio de la ex cancillería, en Tlatelolco, prorrumpe en ajados elogios del optimista estado mexicano. Pocas veces puede apreciarse más claramente lo que un presupuesto ilimitado y un corto vuelo pueden lograr. Los elaborados plafones del salón Juárez son levemente amenazadores: en un descuido absorberían sin dejar rastro al observador distraído. Pretensiosos y ciertamente caros rayadores de queso: bajo ellos desfilaron los presidentes. Es allí que tuvo lugar, en días pasados el séptimo Sitac. Se llamó Sur, sur, sur, sur... y fue dirigido con flemática enjundia por Cuauhtémoc Medina. Impecable organización. El desfile de intervenciones fluctuó entre el deslumbramiento y el ocasional bostezo. Particularmente notable resultó el arreglo mismo del salón, realizado para la ocasión: el tema del planeta cartografiado desde el sur, cruzado de cesuras, relaciones insospechadas y cicatrices, recibe a quien va entrando. Una manta colgada con mecates sobre un muro cubierto por otra textura de pesadilla retrata a un grupo de jefes indios en actitud de confrontar, entre irónicos y adustos, a los ponentes. El Simposio Internacional de Arte Contemporáneo cuenta por primera vez con una extensión tapatía, quizás para reivindicar sus orígenes locales. La OPA es la sede del calculado número. La militancia del arte de vanguardia se hace puntualmente presente. Cuauhtémoc Medina abre la sesión con un reporte razonado de las intenciones que este año persigue el coloquio. Alusiones a Sur, la célebre revista de Victoria Ocampo y al mapa de América puesta “al derecho” –con el norte hacia abajo- de Joaquín Torres-García. Repaso de la persistente necesidad de “perder el norte” para encontrar en el discurso del arte extra OTAN sus propios referentes y caminos. Jean Fisher, la legendaria editora de la revista Third Text, ataca luego su disertación y consigue mantener la atención del respetable: muestra algunos impactantes mapas. Al final hasta dos tímidos bravos pudieron oírse entre los aplausos. Para rematar, el artista peruano-catalán-colombiano Raymond Chaves repite su más celebrado performance. Se llama El toque criollo y es alucinante. A través de las imágenes y la historia de un sello discográfico propiedad de su familia hace un recuento inteligente y entrañablemente personal de una estética, y una ética, que marcaron la vida del continente en los últimos decenios del pasado siglo. El poderío del kitsch se hace más que evidente. La música va de lo conmovedor a lo absurdo: las portadas de los discos son indescriptibles. Como en un juego de correspondencias, los números de una gozosa lotería visual van apareciendo. Magistral ilación del devenir social y político, estético y sentimental de una generación. Por el camino de Toluca crece un jardín vastísimo. A su amparo aparece el primer tequila de la mañana. Centellas y revelaciones, adivinaciones y prodigios: y las niñas hacen su entrada triunfal y devastadora. Una nave que pudiera ser la de Ulises recala temporalmente sobre un tragaluz que relumbra. De otra manera, aquí también es Brideshead. Fluye la conversación, destella el tequila, y algo se dice sobre la estrategia de un jardín y el destino de una ciudad cruzada por cuatro arroyos. Más tarde, la casa de Francisco Ramírez vuelve a contar su diáfana historia. Los aviones siguen cruzando su azotea, la torre del agua marca las horas y los días que pasan. (En la memoria, Coldplay toca Life in technicolor.) Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones