Jueves, 09 de Octubre 2025
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Diario de un espectador

Por: juan Palomar

Por: EL INFORMADOR

Va llegando la afilada quilla del año que despunta y, pasajeros en este navío hecho de tiempo, volteamos a ver al aire que ha ido poco a poco puliendo todo aquello que dura. Así es como, repite de memoria el que pasa, se aprende a irse internando cada vez más lejos de los que alguna vez se quiso, y la extrañeza de las cosas va espesando el terco olvido, que muerde una y otra vez, perro enconado, óxido insomne, los jirones del recuerdo. Pero tibia desciende por la tarde una luz pausada y los niños siguen jugando en el jardín en calma. Del fondo del ánima sube, como a veces en los cuartos de madera de la infancia, un relente de cedro y de mañana imbatible. Siempre quedará, se sabe, esa bandera llameante plantada en el futuro: y tras ella habrán de ir las invictas avanzadas que hasta aquí han sabido llegar. El estratega dispone la carta incierta del territorio, el compás exacto y la tensa esperanza. Saca un arrugado papel de una vieja libreta, y copia: Navigare necesse est, vivere non est necesse. Y luego:

Alba de proa
Navegar,
navegar,
Ir es encontrar.
Todo ha nacido a ver.
Todo está por llegar.
Todo está por romper
A cantar.
(Gabriel Zaid)

Va llegando una canción como llega una ola, fatigada y lastrada de algas y desperdicios que alguien aventó al mar. Sus notas se arrastran, lastimeras, por la playa abandonada. La pleamar comienza a llevarse las débiles estrofas que nadie parece oír. Sin embargo, una combustión inesperada sucede y la tonada se prende del borde del recuerdo de quien, distraído, la oye. Avanza la lumbre de la memoria y, bajo su luz, regresa intacto un día preciso y perdido. Insiste la canción, repite sus gastados trucos, hace brillar sus luidas galas. Todo es entonces fulgor y revelación, gozo ilimitado e instantáneo. Subiendo de las aguas profundas del olvido estalla una campanada de aire inaugural: y ya la canción recoge sus últimos compases, se desvanece. Queda la invisible marca del rayo. (...tangled up in blue, repite Dylan.)


Declara matemático italiano: “Me parece que las religiones, las creencias, por el contrario, creen en cosas intrascendentes como los milagros y esas cosas” (El Financiero, 17 de diciembre 2008). Aventurada afirmación, pareciera ser, y un poco cacofónica. Hay quien caminó sobre el agua, hay quien descubre al final de un período de angustia abismal que el diagnóstico cambió inexplicablemente, que ya no se va a morir; hay quien entiende al azar de una esquina cualquiera que sus pasos tienen un sentido; balas que se desviaron, bombas sin estallar, palabras no dichas. Un preciso pilar de Nôtre Dame al pie del que una instantánea gracia cambió la vida de un poeta incrédulo; campos de batalla que no lo fueron, miles y miles de hechos sin razón comprensible que atestan archivos y relatos y atónitos reportes clínicos; exvotos que brillan a la luz de veladoras que no se apagan nunca, la vida que surgió sólo igual a sí misma y sigue. Chesterton decía a quien se obstinaba en negar los milagros: “Usted tiene perfecto derecho en no creer, pero en ese caso, usted es el dogmático”.


Darío Jaramillo Agudelo: “Un dulce muy justo al paladar,/ indiscreciones del encantamiento,/ conjuro y sonrisa,/ mucho amarillo aquí,/ sin estridencias una luz interior,/ otro milagro”. Y luego: “Perduramos,/ por milagro o por designio/ sobrevivimos hasta esta opaca claridad de la primera luz,/ un día nuevo que presagia nuevos gozos”.


Del libro de las imágenes perdurables (y revisitadas). Ventana con ciprés. Un postigo entreabierto y una amplia extensión de cielo pálido bajo la luz del mediodía. Un grupo de construcciones sin edad evoca a una ciudad completa, un pueblo, un caserío remontado en una colina. Algo indica que abajo está el mar. Dos ventanas oscuras protegen la penumbra de otros cuartos. Una copia de una postal vista ya hace mucho. El mismo ciprés se levanta, lenta ascensión incombustible por los andamios del aire. Al reverso unas líneas manuscritas copiaron un poema de Costés Palamás:

Delante, una ventana, y, en el fondo,
el cielo, el cielo entero, y nada más.
En el centro un ciprés, alto y delgado,
que parece colgar del firmamento.
Y nada más. Y ya esté el cielo sereno o bien nublado,
en el goce del azur o en la tormenta,
se balancea siempre igual el ciprés, lentamente,
tranquilo, desesperado, bello. Y nada más.

jpalomar@informador.com.mx

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