Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Por: juan Palomar

Diario de un espectador

Mañana en el Agua Azul

Por: EL INFORMADOR

Mañana en el Agua Azul. Mismos árboles, otros niños. El elefante que una compañía fundidora donó al parque está todavía sobre su pedestal, no lejos del trenecito inmovilizado desde hace mucho. El agua en donde las pequeñas lanchas giraban se aquieta, y los pájaros van y vienen entre las frondas que dejan ver el arranque del insuperable puente de Alejandro Zohn. Filas de niños tocados por la despiadada gracia y la suave compasión esperan, muy tranquilos. El sol ilumina las aureolas de flores que algunos llevan en sus limpísimos atuendos de baile. Un muchacho de sonrisa beatífica no deja de saludar la luz. Vuelve este recinto del asombro y la clara infancia, vienen unos pocos trazos a rendirse ante el prodigio.

Opiniones sobre Firuláis. El jueves antepasado en el Museo de la Ciudad se rindió puntual homenaje a Federico Ochoa y Ochoa, evocando su memoria y su perdurable presencia en esta noble y leal. En su honor, una exposición de arte contemporáneo se montó -a ratos entreverada con la colección permanente del museo- gracias a la curación de Cristián Silva. Una de sus piezas: un potentísimo, enorme motor que genera electricidad para juegos de feria, trabajosamente instalado en el patio principal. Su presencia poderosa, su diseño de entreguerras, su chacuaco agazapado, le dan un aire de solvente eficacia: como la de esos hombres correosos y taciturnos, de edad indefinida, que montan en un santiamén las grandes carpas remendadas de los circos. Y que luego van, quizá -como el motor- a vestirse de fachas y a divertir a los niños. Porque la máquina magnífica ostenta en su superficie distintos colores, alternados y que alguna vez serían brillantes, para hacer de su apariencia parte de la festiva atmósfera de una feria de fortuna. Inevitable recordar así a Firuláis en sus años últimos, sentado en su silla de ruedas en el portal de 16 de Septiembre, caballero gentil en su invariable guisa de payaso.

On the road. Jack Kerouac nunca sospechó, muchos años después, cuando escribió En el camino, que un futuro payaso tapatío había cruzado, en 1924 y a bordo de un Oakland flamante -comprado con el dinero destinado a su colegiatura- los Estados Unidos de costa a costa. Cruzaba su Rubicón, y como Jim Morrison, quería llegar a Hollywood. “Era el tiempo para nosotros de movernos”, dice Kerouac. Un muchacho en la Feria, hace unos días, encuentra ese preciso libro. Un poeta colombiano, León de Greiff, escribe unos versos que devuelven a Firuláis, su gusto vertiginoso por el azar, los toros y el inalcanzable instante; es el Relato de Sergio Stepansky:

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida.
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo.
La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garlito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
-en la periferia, en el medio,
y en el subfondo.-

Tibio el sol, sombras que se alargan sobre los ladrillos de barro. Una corona de Cristo ofrece sus difíciles flores junto a un maguey enhiesto y fiero. Macetas varias y variopintos recipientes a duras penas contienen la arisca presencia de otras plantas del desierto. Dos niños juegan en el jardín, desaparecen. Sólo se oyen sus voces, luego el silencio. Cuando reaparecen, son interrogados sobre sus andanzas. A la pregunta de dónde estaban el mayor contesta: en la terraza de las espinas.

L.A. Woman. Es una de las más incendiarias canciones del maestro Jim Morrison y los Doors. Aparece en una esquina insospechada del radio, y su cadencia dura por días retumbando en la mente. Nunca cabalgaron mejor, nunca fueron más altas las puertas, más hondos los caminos que abrían en la percepción. Va, por la súperlibre, una traducción aproximativa. Ray Manzarek ataca con lo que pudiera ser un ruido de un coche que se aleja, el requinto avanza, la tarola se acompasa: el profesor Morrison arranca a cantar:

“Bueno, justo llegué a la ciudad hace como una hora/ Me di una vuelta,
para ver de qué lado soplaba el aire/ Dónde las muchachitas en sus búngalos de Hollywood// Eres tú una afortunada pequeña dama en la  Ciudad de la Luz/ O solamente otro ángel perdido.Ciudad de la Noche/ Ciudad de la Noche.// Mujer de Los Ángeles, Mujer de Los Ángeles domingo en la tarde/ Atravesé tus suburbios/ dentro de tus blues/ dentro de tus tristes tristes blues// Veo tu pelo arder/ Las colinas se llenan de lumbre/ Si te dicen que nunca te quise/ Sabrás que son mentiras/ Cruzando tus carreteras/ Los callejones de la noche vagan/ Cuicos en coches, los bares topless/ Nunca vi a una mujer./ Tan sola, tan sola, tan sola, tan sola// Motel, metal, masacre, miseria/ Cambiemos el ánimo del gusto a la tristeza/”.

Vuelta de la chimenea. Crepitan las brasas con la alegría que nada extingue. Restos de viejos muebles arden en la parrilla recuperada: su frente ostenta un fierro que atravesó los siglos en el sur de Jalisco: seis olas simétricas de metal lo guardan.

El jueves antepasado en el Museo de la Ciudad se rindió puntual homenaje a Federico Ochoa y Ochoa, evocando su memoria y su perdurable presencia en esta noble y leal.  Inevitable recordar así a Firuláis en sus años últimos, sentado en su silla de ruedas en el portal de 16 de Septiembre, caballero gentil en su invariable guisa de payaso.

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