Suplementos | Campo de nubes Diario de un espectador Camino de México el verde se multiplica y, a la distancia, los campos de flores colorderrosa señalan otra intensidad en el paisaje alentador y agradecido Por: EL INFORMADOR 6 de octubre de 2008 - 04:44 hs Por: juan Palomar Camino de México el verde se multiplica y, a la distancia, los campos de flores colorderrosa señalan otra intensidad en el paisaje alentador y agradecido. Una nota que irrumpe por estos días en la mansa pastoral del conjunto y anuncia el tránsito de la estación. La voz de Leonard Cohen repite la canción de cuna: “Toma este vals, este vals, este vals”. Los niños duermen tranquilos. Campo de nubes. Desde el avión que hace un largo giro se ven aparecer, de repente, las dilatadas extensiones blancas del denso manto de nubes. Una vasta marea impalpable y resplandeciente que parece avanzar contra los volcanes que emergen nítidos al fondo. Visiones lustrales que reconcilian de la pequeñez y la inquina, del tortuoso tráfago que a veces ensombrece los días. Hay en ellas una pedagogía que es tan obvia cuanto invisible para quienes viajan absortos en las páginas pardas de los temas de la jornada. Posible recomendación destinada al pasajero, (además de abrocharse el cinturón, etcétera): “Cuide de asomarse a ver los posibles prodigios”. Tipontate navega por su séptima década y la ceiba reafirma su asombroso poderío sobre el jardín en auge. Una planta de estampa absolutamente arcaica progresa lentamente en la compañía de dos modestos monolitos hijos de la región. La vieja casa renueva a diario su pacto secreto con el lugar y el aire. Diez sillas hacen un círculo bajo las enredaderas de la terraza. Camino andado, años que se juntan. El jardín que dispuso una señora que ya no está la vuelve más presente y entrañable. Decisiones complicadas: podar radicalmente el granado para dar más sol a la parra, rectificar el sombrío hemiciclo de los troncos, dar por perdido al arrayán del fondo, subir un muro para cerrar un patio, regresar a cada vez de este país recuperado. La laguna respira con un resuello profundo como de inmenso pulmón líquido y definitivo. Décadas pasaron para volver a oír, junto al muro, al agua restallar en los escalones de piedra que se hunden rumbo al fondo. Es, muchos años después, la misma canción la que va diciendo. La laguna, brava y empecinada, llega para reclamar lo que ha sido suyo. Explica una y otra vez que el paso de los milenios formó su espacio, que de los mil caminos del agua, desde muy lejanos parajes, llena ahora ese cuerpo fuerte y renovado. Insiste en la torpe necedad de tantos que anunciaron su muerte irremediable. En un tendido de mesas, codiciosamente instalado sobre su lecho, la laguna hace bailar burlona a las sillas desbalagadas y en fuga. La bomba del Huasoyo sirve otra vez de trampolín para los muchachos jubilosos. Del erosionado puerto de El Costeño ya no va quedando rastro. El gusto que se degrada. Del rumbo del pueblo parece llegar un sonido inmenso como si el cerro entero se estuviera deslavando. Pocos minutos después queda claro: son las bocinas de la fiesta que ensayan la tortura que a continuación repartirán. Nadie parece quedar en el caserío que se oponga a la barbarie del ruidajal bronco y patán. La música que se difunde luego refleja el abismo estético en el que el personal parece avanzar en limpia caída libre. La fealdad empequeñece, sobaja, lleva a la ruina. La laguna se encarga, por fortuna, en contradecir tantos agravios. La mediocridad que persigue, continúa diciendo la muchacha, no está allá afuera: va con quien la lleva como un destino que más se asume a fuerza de rehuirlo. En vano los lamentos que claman contra la pequeñez o la adversidad del lugar en que se vive. No es culpando a la circunstancia como se puede vivir lo que se quiere. Ya lo dijo Constantino Kavafis, de manera indeleble, en el poema que se llama La ciudad: Dices “Iré a otra tierra, hacia otro mar y una ciudad mejor con certeza hallaré. Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado, y muere mi corazón lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez. Donde vuelvo mis ojos sólo veo las oscuras ruinas de mi vida y los muchos años que aquí pasé o destruí”. No hallarás otra tierra ni otra mar. La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás. Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques -no hay-, ni caminos ni barco para ti. La vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra. Ciego desde el sesenta. El hombre saca su órgano y tiende el estuche a sus pies para mejor recoger las monedas. Acomoda, cuidadoso, un cartel que da la seña de su ceguera. Cuarenta y ocho años y contando. Todo lo que por esos años pasa fue después de la luz. Las notas que se elevan dicen todo lo no visto. El muro de la Merced refleja el paso de la lluvia que se acerca. Antes de que llegue, el hombre guarda su órgano, recoge el cartel, pone las monedas en su bolsa y desaparece con las primeras gotas. Queda un poco de esa música que mira. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones