Viernes, 10 de Octubre 2025

Diario de un espectador

.

Por: EL INFORMADOR

El tren de los meses va doblando la curva del verano. Agosto y su luz y sus relámpagos van quedando atrás, y algunas tormentas tempraneras imprimen a los días un haz de sombras que se extiende más allá del mediodía taciturno. El avión toma altura contra un cielo cerrado, la voz del piloto anuncia turbulencias: una vez pasadas las sacudidas el espacio se abre en una luz amplísima que vuelve el lomo de los nubarrones blancas praderas apacibles. La lección de las nubes transcurre con la tarde. Quién leerá las señales en esta arquitectura sabia que no sabe repetirse. De pronto, entre dos bancos espesos se abre, clarísimo, un hueco: como un inmenso estanque de aguas diáfanas que revela en su fondo la ardua cara milagrosa de la tierra.

Palabras. Las instrucciones que el pasajero recibe en cualquier vuelo son abrumadoras en su cansina reiteración, en su abundancia entre burocrática y regañona. Una de tantas órdenes exige formar “una sola línea” para abordar el aparato. ¿Línea? ¿Desde cuando la buena y precisa palabra “fila” fue expulsada del burocratés aeroportuario para ser sustituida por el pochismo de marras? Curioso como estas mínimas invasiones rebelan algo profundo en quien las oye. Como si la suma de pérdidas y trastocamientos en el habla cotidiana acelerara una deriva que nos aleja del territorio común y compartible, del ámbito en el que el sentido, certero y familiar, hace habitable y claro lo que nos decimos. Muy distintas son las nuevas y bienvenidas invenciones que van fortificando y haciendo más eficaz al lenguaje. Evolución, que no invasión. Dice la azafata que hay que “levantar las cortinillas” para el aterrizaje. O sea las persianas. Por la ventanilla se ve una dilatada marea de precaria fealdad que cubre a la ciudad que se aproxima. Todo se conecta.

Diarios. De la última entrega de Biblioteca de México. Dice Albert Camus: “Se escriben libros sobre Florencia y Atenas. Estas ciudades han formado tantos espíritus europeos que forzosamente tienen que tener sentido. Conservan elementos con qué exaltar o enternecer. Calman el hambre del alma cuyo alimento es el recuerdo. Pero a nadie se le ocurriría escribir sobre una ciudad donde nada solicita al espíritu, donde la fealdad no tiene límites, donde el pasado está reducido a nada. Y sin embargo esa idea es a veces tentadora”.

La construcción de una presa. Como lo saben los buenos ingenieros, como lo sabía de sobra el lamentado y bien recordado Carlos Orozco, las presas son una de las piezas maestras en la ciencia de la ingeniería. Desde hace años una corriente del ecologismo ha venido insistiendo en los graves perjuicios que para la naturaleza representa la hechura de presas. Interrupción de ecosistemas, alteración de hábitats naturales, expulsión de especies, y etcétera. Con esta grave consideración hecha, vale repetir el asombro y la admiración que estas prodigiosas obras civiles causan en quien las mira. Hace no mucho, en una visita a la presa del Cajón, en Nayarit, pudo este espectador constatar la vastedad de los trabajos, la amplitud de las alteraciones. Queda también la esperanzada sospecha acerca del increíble poderío de la naturaleza para sanar sus cicatrices, para restablecer sus flujos: miríadas de cataclismos naturales, sabiamente superados, lo demuestran. Así que no es menos el asombro que una fotografía recientemente aparecida en la prensa provoca: se trata ahora de la presa Picachos en Sinaloa. Su cortina forma una inmensa escalera, una gradería contra el agua y sus embates. Al fondo, el vertedero, con sus rampas magníficas, resbaladero del agua, da idea de la fuerza que por ahí habrá de discurrir. Contención y fluidez: estas dos ideas establecen una tensión que se vuelve hipnótica, obsesiva. Quién sabrá, al final, si esta violencia impuesta a lo natural tiene en sus beneficios la justificación de su factura. Por mientras, ahí queda la imagen de una escalera para retener el agua, de un inmenso muro cuya energía paciente es el gran generador de una fuerza que se quiere benefactora, pacífica, destinada al hombre y sus trabajos.

Más de Scott Fitzgerald, su prosa deslumbrante. “Las seis de la tarde llegaron temprano e hicieron sonar las quejumbrosas campanadas de Santa Ana, en la esquina. A través del crepúsculo en ascenso caminaron hacia la avenida, en donde las multitudes, como prisioneros liberados, caminaban con paso elástico al fin tras el largo invierno, y las partes altas de los autobuses rebosaban con amistosos reyes y las tiendas llenas de finas y suaves cosas para el verano, el raro verano, el alegre y prometedor verano que semejaba para el amor lo que el invierno para el dinero. La vida cantaba por su cena en la esquina. La vida servía cocteles en la calle”.

Mudanzas. Se levanta el viento, decía Valéry. Las cosas empiezan su desfile, prolijo y fatigoso. Cuánto se queda, cuánto es materia salvable: los meses y los años, su marea de señales, sus leves testimonios al azar de los días. Materiales que fueron, combustible en la incesante lumbrada del tiempo en fuga. Líneas trazadas sobre papeles que se vuelven amarillos, proyectos que son muros ahora, que son materia destinada al polvo y la sombra. Intactos juguetes y muebles al tamaño de dos niños, músicas que se quedan y que regresan. Tres o cuatro objetos que fijan cierto tiempo. Por delante la luz va abriendo las páginas de lo que viene, de las mañanas que esperan bajo otro cielo, otras veces.

Tapatío

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones