Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Miércoles, 14 de Noviembre 2018

Suplementos

Suplementos | Joe Concella

Cuento corto

Por: ángel cervantes ilustración: sofía echeverri

Por: EL INFORMADOR

M i primera aventura en los Estados Unidos fue en el año del 77. Llegué a la ciudad de San Francisco, a invitación de mi hermano mayor, su esposa estaba por tener a su primogénito, y según eso yo iba para ayudarle en una carnicería que tenía en el corazón del barrio latino, en la calle Mission y la calle 25. La carnicería se llamaba El gordo meat shop, y yo era el comodín, pues mi inglés no era muy fluido, así que sólo me dedicaba a llevar y traer lo que hiciera falta en la carnicería. Así fui conociendo a los clientes de mi hermano, y con algunos hasta amistad hice. En especial, uno que era el cocinero de un restaurante italiano allá en el barrio de North Beach, hasta donde cada día me desplazaba para llevar los cortes especiales que pedían. El restaurante se llamaba Vanessis y ese lugar era muy visitado por gente importante de todos los ámbitos. Mi amistad se hizo muy cercana a Joe Concella, el cocinero, hasta el punto de pedirme que le ayudara a trabajar después de terminar mi “chamba” con mi hermano, cosa que me agradó sobremanera, pues iba a conseguir dinero extra, que a los 20 años nunca sobra. Mi horario de trabajo era de 5 de la tarde a las 11 de la noche todos los días, y me podían dar un día de descanso, eso si yo lo pedía.

Los primeros días fueron de conocimiento incesante, desde lavar platos y verduras, hasta meter mano en las estufas. El restaurante era pequeño, pero en el dinner había gente que esperaba hasta dos horas para cenar, el platillo por excelencia de los comensales era el veal scallopini, unos bistecs delgados de ternera, marinados con aceite de oliva y especias frescas con limón, y la mano de Joe. Eran un éxito total. Después de las oleadas de gente, llegaba Enzo, el dueño, y nos decía que podíamos tomar 15 minutos de descanso, los cuales aprovechábamos Joe y yo para comer algo, tomar café y fumar algún pitillo, sin filtro por supuesto, pues eran los únicos que Joe fumaba, y que yo arteramente le pedía. En uno de esos días sentados en el cuarto de descanso, sacó de su lonchera unos bocadillos que le había preparado su nuera, los bocadillos eran buenísimos, pero lo que me llamó la atención fue que en la puerta de su locker había un poster  de Frank Sinatra firmado y dedicado “a su hermano querido, Joe Concella”.

La curiosidad me mataba, así que no dudé en preguntarle si en verdad conocía a Frank Sinatra, a lo cual con cierto remilgo mezclado con orgullo me contestó:
- Claro, Angelo, él es mi hermano.

Le iba a pedir una explicación más clara pero él mismo me dijo.
- ¿Quieres conocer la historia?  
A lo cual inmediatamente le dije que sí.

Preparó dos espressos, sacó sus Lucky Strike, empezamos a fumar y a tomar café, y él con la calma del mundo, como si estuviera acomodando la historia, de tal manera que hasta impaciente estaba por escuchar el relato del viejo Joe. Me miró y sonrió, y dijo: “Hace algunos años, siete para ser exactos, estaba yo aquí mismo descansando después de haber hecho diez mil órdenes de veal scallopini, cuando entró el dueño, y me dijo: ‘Joe, prepara el mejor veal que hayas hecho jamás’. Yo le dije que siempre lo hacía igual para todo el mundo, pero casi con lágrimas en los ojos me pidió que por favor me esmerara un poco más con esta orden, que lo hiciera como un favor especial, le contesté que iba a preparar la mejor carne de toda mi vida. Así lo hice, me esmeré como nunca, y la mandé a esa persona tan importante que después me dejaría sorprendido. Pasaron 20 ó 30 minutos, y el dueño me dice: ‘Joe, quieren darte las gracias por haber hecho la mejor carne que jamás hayas preparado’. Contesté que no era necesario, que dejaran una buena propina y con eso bastaba, pero el dueño insistió, y noté que estaba nervioso, así que le dije que los pasara al cuarto de lockers. Se le hizo descabellada la propuesta, pero así lo hizo. Grande fue mi sorpresa al ver entrar a Frank Sinatra y un guardaespaldas, y me dijo: ‘Gracias amigo, ha sido la mejor carne que haya comido jamás’. Yo no podía creerlo, pero ahí estaba, no sabía qué decirle, estaba bloqueado, sólo me salió un ‘Gracias’ muy tibio por la boca y me dijo: ‘Así que sólo deje una buena propina’, y soltó una carcajada: ‘Vamos Joe, pide algo más’.

Me dirigí al locker y saqué un pequeño acordeón que solía usar en mis tiempos libres y le dije: ‘¿Me acompaña con una canción señor?’. Cuando vi a mi jefe, creí que le iba a dar un infarto, casi le saltaban los ojos de la cara, pero Frank, con mucha gracia me dijo: ‘¿Cuál quieres Joe?’. Y le contesté que quería tocar I left my heart in San Francisco; afirmó con la cabeza y dijo: ‘¡Adelante!’.

Esa noche también toqué como nunca el acordeón, mi ojos dejaban escapar lágrimas de emoción y sentimiento, me hubiera gustado que mi esposa viviera y que compartiera ese momento conmigo, pero ya hacía tiempo que había muerto, así que lo disfruté con los demás empleados. Cuando terminé de tocar, le iba a dar las gracias y me dijo: ‘Ahora me gustaría que tocaras Strangers in the night y me quede frío, él me pedía que lo acompañara, fue un momento de eternidad; al terminar me dio un fuerte abrazo y me dijo: ‘¿Eso es todo Joe?’.

‘¡Sí!’, le contesté, pero me arrepentí en ese mismo instante, y le dije que si podía firmar un poster que tenía en la puerta de mi locker. ‘Claro, con gusto’, abrí la puerta del locker y ahí estaba Frank Sinatra de piloto aviador en la película The Ryan Rail Road, vio la foto y dijo con mucha comicidad: ‘En esa foto debo tener 20 años menos’, y rió de buena gana. ‘¿La dedico sólo a Joe?’. ‘No -le contesté-, por favor con mi nombre completo: Giussepi Concella’. Se detuvo, me miró a los ojos y me dijo: ‘¿El de Chicago?’, ‘Sí’, le contesté.

‘Nunca te encontramos, sólo desapareciste con tu esposa, y no hubo nadie que supiera dónde estabas’.
‘Sí señor, así fue, después de limpiar el nombre de la familia lo único que me importaba era mi esposa que estaba embarazada’.

‘Te entiendo -dijo-, ahora pídeme lo que quieras, pues al limpiar tu nombre, también limpiaste nuestro camino, y nunca te encontramos para pagártelo, así que pide lo que quieras, que yo me encargaré que se cumpla lo que me pidas’.
Estaba tan nervioso, pues nunca imaginé que se iba a acordar de mí. ‘No sé qué pedirle señor’, dije entrecortando la voz, y él respondió: ‘No, no me digas señor, dime hermano’, y me abrazó fuertemente, y riendo le dije: ‘Cuando muera, quiero una docena de rosas rojas  sobre mi ataúd’. Sin más, firmó el poster y se fue, cuando iba saliendo le dije: ‘Te juro Frank que ha sido la mejor propina de mi vida’, ambos reímos. Y así es como Frank y yo nos hicimos hermanos”.
Emocionado por esa historia tan singular, me atreví a preguntarle que qué había hecho para que lo tratara así una persona tan importante como Frank Sinatra. Se rió y me dijo: “Angelo, esa es historia para otro día, vamos a limpiar que es hora de marcharnos a descansar”.

 Las siguientes semanas ya no pude ir a trabajar al Vanessis, pues mi cuñada había dado luz a una bebita y tenía que atender la carnicería, cocinar, lavar ropa, etcétera, etcétera. Algunas semanas después, tuve que regresar a México, y pasaron varios años para que regresara a San Francisco. Cuando regresé, mi hermano y mi cuñada se habían ido a vivir a otra ciudad, pero eso no fue obstáculo para ir a buscar a Joe. Cuando llegué a Vanessis, encontré en la puerta a Enzo, el dueño, y de inmediato le pregunté si podía pasar a ver a Joe. Me miró con tristeza, y me dijo que Joe había muerto el invierno pasado, sentí remordimiento por no haber vuelto antes a San Francisco, le pregunté al ex jefe que si había sido bonito su funeral y me dijo que los cinco días que estuvo en la funeraria, llegaban miles de rosas rojas y que nadie se explicaba quién o por qué alguien mandaba tantas rosas rojas. Yo, sí lo sabía y me dio gusto. Después de despedirme de Enzo, salí a las calles frías de San Francisco, caminé por ellas, al pasar por un estanco de tabaco, entré, compre unos Lucky Strike sin filtro, abrí lentamente el paquete, no dejaba de pensar en mi amigo; saqué del paquete dos pitillos, me los llevé a la boca y los encendí, fumé lento los dos cigarrillos al mismo tiempo, al terminarlos y depositar las colillas en un basurero, respire hondo el frío aire de San Francisco y le dije a Joe: ‘Gracias por haberte conocido’.



Temas

Lee También

Comentarios