Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | La última lucha

Cuento corto

Así se llamaba la tienda de abarrotes que se encontraba en la esquina de 5 de Mayo y Javier Mina en el Centro Histórico de Zapopan

Por: EL INFORMADOR

Por: angel Cervantes

Así se llamaba la tienda de abarrotes que se encontraba en la esquina de 5 de Mayo y Javier Mina en el Centro Histórico de Zapopan, aunque la gente del barrio la conocíamos como “la tienda de Doña Nacha”. Bueno es mencionar que estoy hablando de los primeros años de la década de los años sesenta, “La última lucha” tenía entrada por ambas calles, lo cual es parte importante de este relato. Les contaré que ahí había de todo, o casi de todo, por las mañanas se reunían las señoras, en parte para comprar lo necesario ya fuera para desayunar o para comer, después de las compras necesarias las señoras se quedaban en la puerta de la tienda para comentar los pormenores del barrio, o dicho de otra manera y más entendible, a chismear. Cosa rara que no se da en los grandes supermercados hoy en día y en honor a la verdad, creo que se perdió una gran tradición. Con siete u ocho años de edad, se me hacía cosa normal ver a las señoras enrrebozadas con sus alcatraces de papel de estraza ya fuera con sal, queso fresco, birote calientito recién llegado de los hornos de la panadería de Los Chatos, arroz del entero o del quebrado, dependiendo para que se “ocupara”, comentando, platicando y gesticulando lo que le pasó a fulanita o zutanita, o que el Don de la Doña había llegado borracho y no había dado “el chivo”, o que la María, la hija de Doña María, se había jullido con “Toño El Albañil”. Eso y mil cosas más se comentaban cada mañana en la tienda de Doña Nacha. Así, después de desayunarse al prójimo, se dirigían a casas para hacer el desayuno, alimento corporal, no el espiritual, después a hacer el “quiacer” que consistía en asear la casa, barrer, trapear, lavar los trastes, “levantar la pieza” incluyendo tender la cama, después a lavar la ropa y tenderla en los mecates para que se secara a los rayos del sol. Ya casi al medio día a preparar la comida.
Como era tiempo de vacaciones, los escuincles nos juntábamos contra esquina de “La última lucha” a jugar valero, trompo, canicas, chinchilegua y un juego que se llamaba chan-gai -espero que algunos de los lectores recuerden este juego y en un futuro me lo comenten. Así nos divertíamos hasta que se escuchaba a las madres de los escuincles con el clásico grito “¡A comer!”. Después de la comida regresábamos a la esquina a contar los coches que pasaban, no había muchos, pero de los que más recuerdo eran de los wolswagen, cuando veíamos venir uno, pellizcábamos al compañero que estuviera cerca y le decíamos “pulguita licencia”, ¿por qué? ¡Nunca lo supe! Un día muy especial fue cuando llegaron a “La última lucha” los gansitos Marinela, un manjar inalcanzable para nuestros precarios bolsillos. En una ocasión, estábamos Javier “El calaverita”, Nacho “El burro”, Roberto “El jetón” y yo, reunimos fuerzas económicas, llegamos a la suma de 25 centavos, muy poco para los 40 que costaba el pastelito de chocolate relleno de mermelada de fresa, por más que escarbábamos en los bolsillos, no aparecía ni una moneda más, nos mirábamos sin encontrar solución a nuestro deseo, después de un rato, llegó a mi cabeza una idea fabulosa, le dije a mis compinches: “¿Tenemos una peseta no?”. “Sí ¿y qué con eso? No alcanzamos para el Gansito”, dijo El calaverita. “No para el Gansito, pero sí para una Favorita”. Todos reclamaron: “Queremos Gansito ¡no limonada!”. “¡Espérense! -dije en tono autoritario-, este es el plan -todos atentos me miraron incrédulos-. Tú, Jetón que eres el más grande, llegas por la puerta de 5 de Mayo y le pides a Doña Nacha una Favorita al tiempo; se va a meter al cuarto donde tiene los refrescos sin hielo, luego, El burro se mete por Javier Mina, se acerca cuando tú le digas y después agarra cuatro gansitos; el Javier se pone en el poste de la luz y yo más adelante y hacemos cadenita aventándonos los gansitos. Para cuando llegue Doña Nacha con la limonada, nosotros ya estamos enfrente esperándote, le dices que si te la puede dar con todo y casco, que te lo vas a tomar enfrente con nosotros para que no te cobre importe, después nos escondemos atrás del coche de Don Cudberto Gómez a comernos nuestros gansitos. ¿Cómo la ven? Y ya que acabemos, le devuelves el casco y todos contentos”. El burro no estuvo de acuerdo porque era pecado mortal; El calaverita no quiso por que si lo descubrían, su mamá lo iba matar a cintarazos, así que el ejército quedó reducido a dos, lo cual no fue excusa para realizar tan codiciado anhelo. El sabor a Gansito Marinela con limonada Favorita sigue siendo uno de mis favoritos.
Hace algunos días en este 2008 fui con Luz López quien es mi dentista e hija de Doña Nacha, y dimos rienda suelta a nuestras memorias. Contamos varias anécdotas, entre ellas esta que acabo de narrar. Cuando la escuchó, me miró muy seria y después soltó una sonora carcajada que hasta las lágrimas salieron de sus ojos, después ya con la calma del mundo, cuando me despedía, me dijo: “Gracias por haberme hecho regresar a La última lucha”.

Destacado: Un día muy especial fue cuando llegaron a “La última lucha” los gansitos Marinela, un manjar inalcanzable para nuestros precarios bolsillos. En una ocasión, llegamos a la suma de 25 centavos, muy poco para los 40 que costaba el pastelito de chocolate relleno de mermelada de fresa...

Tapatío

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