Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Al llegar a la casa club, una periquera reverberante con música ochentera de fondo nos esperaba

Crónica: Cuando los ex preparatorianos se encuentran

Hace 20 años éramos otros y la ciudad era otra también. Antes todos teníamos pelo, el cutis terso y podíamos ir de la Minerva a Plaza del Sol en 15 ó 20 minutos, en camión o en carro. Ahora, en cambio, presas de un embotellamiento de algunos añitos, decimos: “Hace mucho que no voy para ese lado de la ciudad”.

Por: EL INFORMADOR

Crónica: Cuando los ex preparatorianos se encuentran

Por: Grardo Lammers

“Te habla la voz de tu pasado”, escuché por la bocina del teléfono. Se trataba de un querido amigo del que hace mucho no tenía noticias. El motivo de su llamada era invitarme a una reunión de ex compañeros de la prepa: se cumplían 20 años desde que salimos del Cervantes Costa Rica.

Las cosas que han pasado —y las que no— en esa cantidad de tiempo. Hace 20 años no había celulares, por ejemplo, y casi que ni computadoras. Apenas si contaba el colegio con unos maquinones gigantescos, bien custodiados por el hermano Víctor, maestro de física y cibernética, a quien con admiración apodábamos “el Newton”. Entregábamos nuestros trabajos escritos a máquina, tachoneados o corregidos con liquid paper. Eso por hablar de la pre-historia tecnológica en la que nos encontrábamos. Pero si hablamos de la educación (marista en este caso), pues también me parece que habitábamos otro mundo: rezábamos antes de cada clase, llevábamos la difícil materia de ética —impartida por el hermano Nabor— y los más clavados íbamos de misiones a la Tarahumara.

Hace 20 años éramos otros y la ciudad era otra también, tal y como lo pudimos constatar quienes asistimos a esta reunión. Antes todos teníamos pelo, el cutis terso y podíamos ir de la Minerva a Plaza del Sol en 15 ó 20 minutos, en camión o en carro. Ahora, en cambio, presas de un embotellamiento de algunos añitos, decimos: “Hace mucho que no voy para ese lado de la ciudad”.

El convivio comenzó con una misa en un templo con estacionamiento propio (primero que conozco con estas características), ubicado en Acueducto casi con Periférico, una zona residencial repleta de cotos y rodeada de centros comerciales, que algún despistado bien podría confundir con algún suburbio de Phoenix.

Durante el sermón, el sacerdote habló del caos ecológico, del hambre en el mundo, y al final nos lanzó, como lo hubiera hecho tal vez el padre Rodarte (el párroco del colegio) o el propio Nabor, a que transformáramos a la realidad. Cuando salimos de la iglesia, la realidad estaba tan transformada que no se podía cruzar la avenida de tantos coches.

La taquiza se llevó a cabo en la casa-club de un coto, frente al templo. Pasar la caseta de vigilancia de dicho fraccionamiento no fue nada rápido. Como si quisieran quedarse también para ellos un recuerdo de “nuestros 20 años”, los policías de la entrada tenían instrucciones de tomarnos una foto.   

Esperaba yo en la fila, derritiéndome bajo los efectos del calentamiento global, cuando mi auto se quedó sin gasolina. Oportunidad inmejorable para probar si, entre mis ex compañeros, quedaba aún una alma caritativa que me llevara a comprar un tanque de gasolina y después, gasolina.

Por fortuna, el lema de ser buenos cristianos y virtuosos ciudadanos se cumplió (aunque fuera muy modestamente) cuando uno de mis mejores amigos—como solíamos decir en la primaria— me llevó hasta  el Home Depot. En el camino conversamos como en los viejos tiempos. Mi amigo me confesó que no estuvo de acuerdo en que se convocara “preferentemente sin parejas” a la reunión. Aunque, por lo que me pude dar cuenta, fue el único en no estar de acuerdo.

Al llegar a la casa club, una periquera reverberante con música ochentera de fondo nos esperaba. Éramos casi cien personas, algunas venidas de fuera de la ciudad y un par que se descolgó desde Estados Unidos, disfrutando de las canciones de Mecano y otros hits.

El ambiente era, claro, muy cordial. Me pareció que al principio nos dirigíamos a los demás tal vez con un exceso de tacto: “¿Te casaste?”, “¿cuántos hijos tienes?”. Con aquella cantidad de pelones y panzones había material de sobra para darle rienda suelta a la apolillada carrilla, pero nadie se atrevió a ir muy lejos... por lo menos mientras las cervezas y el tequila no surtían su efecto. Pero ya entrados en gastos, fuimos perdiendo el estilo, como debe ser para que sea más divertido, y hasta un viejo lobo de mar se desplomó en medio de acalorada disertación. Estaba muy... emocionado.  

Hubo consenso en que las mujeres habían llegado a la reunión en mejores condiciones. Por lo menos no llevaban las faldas largas (hasta el tobillo), que se pusieron 20 años antes en la foto de la generación, reliquia que algún nostálgico enfermizo subió a la internet.

En fin, que contradiciendo aquella letra de tango: que 20 años sí es algo. Pero para ser optimista, me quedo con lo que me dijo otro de mis amigo ex preparatorianos, a estas alturas ya con el pelo completamente canoso, mientras me escribía sus datos en una tarjeta de presentación:

—Es que ahora somos más interesantes.

Tapatío

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