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Jueves, 20 de Septiembre 2018

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Suplementos | Música versus inteligencia

Ciencia Scientología

Destacado: Si opta por tratamientos de “estimulación temprana” mediante música para sus hijos, es mejor tener primero todos los datos en claro

Por: EL INFORMADOR

Pocos ingredientes de la experiencia humana han desatado tantos mitos como la música o lo que nos ocurre en el interior de nuestras madres antes de nacer. Lafayette Ronald Hubbard creó la pseudociencia de la dianética (la antecesora de la Scientología actual seguida por estrellas como Tom Cruise y John Travolta) basada en supuestos recuerdos ocurridos en dicho periodo, la mayoría nefastos, a los cuales llamó “enegramas”. Nuestras neurosis, afirmaba Hubbard, procedían de tales memorias reprimidas. En su doctrina, facilitadores llamados “auditores” desempeñaban una labor freudiana de “recuperar” –inventar sería más preciso- dichas memorias. A aquellos liberados de los enegramas se les llamaba “esclarecidos”, de los cuales Hubbard era desde luego uno, pero rechazaba incluirse en el plano trascendental de los esclarecidos por piedad a nosotros, los pobres mortales necesitando de su sabiduría. El hecho de que la Scientología es hoy un gran negocio podría resultar en una respuesta más convincente.   Menos extravagantes pero con frecuencia igualmente infladas, son las afirmaciones hacia los beneficios –reales o no- de la “estimulación temprana” mediante música.  “Los niños ya no son lo que eran”, se lee en uno de los artículos promoviendo estos materiales. “Muchas mujeres vienen y buscan lo que es estimulación temprana -nota de un vendedor en una tienda local de música-, buscan más lo que es música prenatal para tener bebés más despiertos, y tiempo después dicen que notan una diferencia entre los niños a los que les pusieron música en el embarazo y los que no”. En otra tienda a unos cuantos metros, su contraparte me refiere un argumento similar: “Se venden bastante bien”, observa.  El catálogo ha superado el universo de la música clásica o formal, yendo desde los Beatles hasta Guns and Roses. Fue el doctor Afred Tomatis, quizás su más grande popularizador, quien lo llamara “efecto Mozart” en su libro Pourquoi Mozart?, presentándolo como un tratamiento mediante estímulos auditivos pudiendo curar ciertas patologías. Más tarde los investigadores Rauscher, Shaw y Ky publicaron un artículo en el semanario Nature justificando cómo dichas terapias podían mejorar el “razonamiento especial” de los sujetos.  “Si un niño está en una predisposición positiva para aprender porque le pusiste una música que le gusta, que además le pone en un cierto tono su cerebro para poder aprender, pues le vas a facilitar un cierto aprendizaje; a diferencia que le pongas otra música que lo active demasiado, que lo acelere y no pueda poner atención, o que lo duerma, y entonces pues tampoco: tiene que tener un nivel óptimo de activación”.

La visión local

Tales son las observaciones hechas por la doctora Julieta Ramos de la Universidad de Guadalajara, quien se ha especializado en los efectos de la música en el cerebro, y quien en principio no niega que ciertos beneficios puedan venir de dicho tratamiento: “También puede estimular ciertas áreas del cerebro que tengan que ver con cierto tipo de aprendizaje, sobre todo se ha visto en términos del aprendizaje viso-espacial. Nosotros hicimos un experimento con respecto a esto, y vimos que sí es posible que mejore en un niño el entrenamiento a largo plazo en una habilidad viso-espacial por efecto de estar escuchando música previo al aprendizaje; entonces, le pones al niño 10 minutos de música, y luego lo entrenas en laberintos, en rompecabezas, en seguimiento de líneas, y sí se ve que puede mejorar en ciertos aspectos, pero no en otros, algunas tareas sí las puede hacer mejor, otras no”.  Quizás alertado por la gran ola de afirmaciones exageradas debidas a este “efecto Mozart”, Rauscher, uno de los autores del trabajo en Nature, escribió en 1999 un artículo indicando que: “Nuestros resultados en uno de los efectos de escuchar la Sonata número Dos de Mozart para dos pianos en el desempeño de tareas espaciales-temporales han generado mucho interés pero abundantes errores, muchos de los cuales son reflejados en los intentos por replicar la investigación. Los comentarios hechos por Chabris y Steele repiten a los más comunes: que escuchar a Mozart aumenta la inteligencia.

Sin hacer tal afirmación, se puede sostener que el efecto está limitado a tareas espacio temporales relacionando imaginería mental y ordenamiento temporal.  El autor llega incluso a sugerir el uso del dinero empleado en estos tratamientos en “programas de educación musical”. Los comentarios de la doctora Ramos van justo en esta dirección: “Va a depender del tipo de música, del tipo de tarea, de la edad del niño, del contexto, de muchos factores; no es como si le pones Mozart, el niño se va a volver genio. Eso no es cierto. O el que lo lleves a una terapia de música, y que le digan ‘Hay, es que tengo una pieza musical particular para ese niño, y le voy a poner una secuencia’. No. Depende por una parte del nivel de activación que le estás generando, que sea el adecuado. Por otra parte, si es un niño que está estresado normalmente, si es un niño ansioso y por medio de la música logras relajarlo y tranquilizarlo, eso va a hacer que mejore su ejecución, pero no por un efecto directo sobre una tarea en particular, sino porque le estás disminuyendo su nivel de ansiedad y al disminuir la ansiedad, favoreces el aprendizaje”. Los pitagóricos solían decir que “la tonalidad del universo eran armonía y número”. El uso de la música como una herramienta para el aprendizaje requiere, en este sentido, de una armonía entre sus propiedades reales y los mitos.

por: josé langarica

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