Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Espero que hayan saboreado las pitayas, rosas, amarillas y moradas, porque ya se acabó la temporada

Capicúa: Historias de tapatíos

Don Martirio se detiene como puede frente a cada ventana de automóvil para sacar un botecito de plástico donde atesora las monedas que a otros les sobran.

Por: EL INFORMADOR

Por: Laura Zohn

No lo puedo evitar. El tiempo de lluvias me entristece el ánimo. El cielo está gris, el sol se esconde tras alguna nube espesa y el día se mira igual a las diez de la mañana que a las seis de la tarde. Así como me quejaba hace unos días del insoportable calorón, ahora toca quejarme del aguacero y las inundaciones y el entorpecimiento del tráfico. Aunque creo que el panorama anterior bien vale la pena sufrirlo ante al extraordinario verde que los parques y jardines ostentan.

Hoy, los seis tapatíos localizados por mi te-lescopio están en una misma esquina y en un mismo momento. Coinciden en este escenario urbano de una manera contrastante. La primera en aparecer es una señora muy bien peinada, recién salida del salón de belleza, manicure incluido,-está en esa edad en que ocultar la edad es crucial-, aprovecha el rojo del semáforo para retocar el maquillaje frente al espejo retrovisor y añadir un chisguete más de perfume al cuello, de esos perfumes florales, dulzones, casi sofocantes. María Blanca del Pilar, aunque prefiere que la llamen Kikis, va cubierta de oro y plata, y se dirige muy campante, en su enorme camioneta último modelo, cargada de víveres en el super, vidrios arriba, aire acondicionado, asientos de piel, a tomar el café con las amigas, -amigas que como ella madrugaron a las diez de la mañana. Ahí, al calor de un capuchino y un pastelillo nada dietético, la plática fluye amena, entre los altos costos de los zapatos de tacón y las nuevas tendencias de la moda. El principio de la tarde transcurre deliciosamente entre el tijereteo meticuloso de aquellas amigas que no asistieron, la maravilla que ha resultado la nueva crema antiarrugas y la organización del próximo evento de caridad a realizarse en el salón del club. Una vida productiva y benéfica para la comunidad, sin duda alguna.

El segundo en aparecer en un señor más bien obeso, sentado en una silla de ruedas improvisada, con la misma y única cachucha que algún piadoso le obsequió, la barba y el bigote crecidos, impulsando su vehículo con ambas manos sobre un manubrio que asemeja pedales de bicicleta, ya que sus piernas terminan justo debajo de las rodillas. ¿Un accidente? ¿Una enfermedad mal cuidada? El caso es que Don Martirio se detiene como puede frente a cada ventana de automóvil para sacar un botecito de plástico donde atesora las monedas que a otros les sobran. Cuando se cansa de “pedalear”, se baja con dificultad al pavimento y camina, si se puede usar el término, sobre unos pedazos de llanta que alguien le ayudó a atar en sus extremidades. Cuando anda así, sus brazos caídos le permiten equilibrarse y su mirada, nunca feliz, llega justo a la altura de las placas. Crueldad del destino: las letras de la placa que le anteceden son JDT. Una vida a medias y sin esperanza, sin duda alguna.

Otras dos personas intervienen en la escena. Un vendedor de periódicos muy entusiasta, envuelto en un overol anaranjado fosforescente, sonriendo sin cesar –ignoro por qué-, ofreciendo a cada automovilista esos papeles impresos que a diario carga y que nunca lee ni leerá simplemente porque no sabe hacerlo. Atrás de él, viene su hija, con su cajita de chicles, el rostro desaseado y pálido, masticando aire con menta, descalza, vestida con ropa de color azul muy grande para su tamaño, tanto que las mangas dan vueltas y vueltas en sus brazos para poder maniobrar la mercancía. Inocencio vocea la noticia del día, con el brazo en alto, incansable, mientras Esperanza murmura incoherencias, con la panza vacía y el deseo fijo de intercambiar todos sus chicles por una barra de chocolate. Dos vidas, un mismo camino.

Una persona más se acerca: es una adolescente que cruza la calle a paso veloz, salpicando zapatos y medias en cada charco. Lleva una falda corta que le permite lucir sus largas piernas. La mochila le cuelga a un lado y sus caireles se mecen al compás del viento. Está muy contenta porque hoy es último día de clases en la secundaria y su novio la espera en la esquina con una rosa roja. Si acaso ha subido el precio del jitomate, si se ha inundado el paso a desnivel, si ganó la güera o el moreno la candidatura, si ya venció el plazo para el pago de impuestos... a ella, todo eso la tiene sin cuidado. Para Elisa, sólo importan la frescura del presente, la canción que canturrea desde sus audífonos y el inminente abrazo.

Finalmente, se acerca Trancisco el cuico, con su barriga reglamentaria y su cara de pocos amigos, bota brillosa, camisa impecable, dentadura afilada, a multar a la señora elegante que arrancó antes del siga, casi atropella a la alegre muchacha y por poco se lleva de corbata al señor sin piernas. El periodiquero aprovecha la infracción para colocar un par de ventas más, a ver si así ya le ajusta para el lonche y el refresco. La escena se desvanece poco a poco, los personajes se dispersan por los truenos sonoros que atraviesan de punta a punta el cielo. A pesar de que llueve a cántaros, las gruesas gotas de agua no consiguen lavar ni la pobreza ni la riqueza, y mucho menos la melancolía que el color gris me causa.

Por cierto y por último, espero que hayan saboreado las pitayas, rosas, amarillas y moradas, porque ya se acabó la temporada.

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