Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Tres historias de víctimas de la delincuencia

Cambio de país, de consultorio, de salud mental

Luego de ser víctima de la delincuencia hay formas de resolverlo: algunos pueden cambiar de país, otros sólo de humor para enfrentar los hechos

Por: EL INFORMADOR

Los asaltantes sólo cumplen con su trabajo.  /

Los asaltantes sólo cumplen con su trabajo. /

GUADALAJARA, JALISCO (02/MAR/2014).- SARA Y CORNELIA
Tres muchachos ni altos ni chaparros, ni viejos ni jóvenes, eso sí muy arreglados, rodearon a Sara. El más guapo le puso un revólver en la panza y le exigió, a gritos, las llaves de la camioneta de Cornelia, la amiga de Sara. Los otros dos aprovecharon para quitarle las bolsas a los que cenaban en el restorán, Cornelia incluída.

Ocurrió como a las 10 de la noche, a mediados de febrero pasado, en la colonia La Estancia, en Zapopan.

Desde entonces, Sara y Cornelia —no son sus nombre reales—, ambas veinteañeras, decidieron que se van de México, en cuanto una de ellas termine la universidad, en una privada muy cara.

Ellas que pueden.

Dicen que están “como en shock”. Nunca las habían asaltado y cuando las asaltaron fueron a perder una camioneta, de esas que sólo llegan a Guadalajara por pedido especial. Una Jeep, como la que nomás hay dos o tres en todo el estado.

“¡Ámonos, ámonos!”, bastó que dijera uno de los rateros, para que las muchachas no volvieran a ver la Jeep de lujo, a la que ahora se imaginan luciéndose de aquel lado, de Chihuahua o de aquel otro, de Guatemala.

Según ellas los policías que llegaron a atenderlas pudieron haber encontrado la camioneta; si la hubieran buscado.

Pero dicen que, en vez de buscarla, los polis se pusieron a platicar a través de sus radios con un comandante, quien por lo que dijo andaba muy a gusto en una taquería y, a través del aparato, sonsacaba a los gendarmes para que le hicieran segunda.

Desde aquella noche Sara y Cornelia se imaginan a ellas mismas en Europa, empezando una vida tranquila. “Ya no me duele pensar en irme de México, no me da pena ni me siento malinchista. No me importa. No quiero vivir aquí”, escribe Sara, en el Facebook.

No es que esté decepcionadas de los rateros, afirma. Ellos hicieron bien su trabajo.

2. El paciente impaciente


Los doctores de los consultorios que están por la calle Justo Sierra, cerca de la Minerva (no quiera usted saber Justo Sierra esquina con cuál), se andan cambiado de domicilio.

Todos sus clientes nuevos están bajo sospecha y unos médicos no pueden vivir así.

La culpa, dicen ellos, la tuvo el paciente impaciente.

Casi a finales de diciembre de 2013, en una de esas mañana en las que nadie trabaja por el exceso de posadas, llamó al consultorio un muchacho para hacer una cita. Le dolía mucho una muela, gimió. Es más, ya no aguantaba.

Con todo y flojera, el médico del dolor en las muelas le hizo al adolorido un lugar para esa misma tarde. Él médico sabe que un padecimiento como aquel no se aguanta tan fácil.

El paciente impaciente llegó, adolorido y acompañado por un amigo. Ni viejos ni jóvenes ni altos ni chaparros. Muchacho muy formales, como que abundan en Guadalajara y muchas madres desean para sus hijas de familia.

Cuando el impaciente entró al consultorio y abrió la boca, su amigo ya estaba amarrando a la recepcionista.

Al médico le fue peor. El paciente y el otro lo ataron con una soga y le dieron patadas hasta que se hartaron.

Como los ladrones habían llegado en pickup, tuvieron chance de llevarse dinero y cargar varios aparatos caros, propiedad del médico pateado y de sus colegas de dos consultorios contiguos.

A los que no pudieron cargar los descompusieron, del puro del coraje.

De estos rateros no se volvió a saber.

Eso sí, los médicos de Justo Sierra andan paranoicos. Les cuesta trabajo aceptar enfermos nuevos y hasta están pensando tomar una terapia de grupo que les quite el terror a los pacientes-impacientes, que abundan en este mundo.

Lo único seguro es que en un par de semanas partirán a un edificio en la entrada del cual hay un policía con cara de muy pocos amigos, se jactan.

3. Psicología para el susto


En un momento avanzado de la terapia gestalt que comenzó hace varios meses, Sofía —no se llama así— llegó con su psicóloga el jueves pasado, a las 12:10 del día, en la calle Isla Pantenaria, en la colonia Cruz del Sur, un barrio popular abundante en grafitti.

Como ya era tarde y a la terapeuta no se le veía para cuándo llegar, Sofía se sentó en la banqueta y sacó el teléfono celular para llamar a la que le cura los sentimientos de frustración.

En esas estaba cuando vio venir a dos muchachos, cuyas características físicas recuerda muy bien, porque desde que los miró le dieron tan mala espina, que se metió el teléfono debajo de la nalga derecha.

Uno es alto, flaco, tatuado y tiene una sola rasta, sobre la cabeza rapada. El otro es chino, de cabello largo, muy moreno, muy chaparro.

El chaparro sacó un cuchillo de Cocodrilo Dundeey y se lo puso a Sofía en el cuello. Le ordenó: “Sácate el celular o te va a cargar la fregada”. El pelón se interesó por el efectivo: los 500 pesos que la treintañera traía para pagar la terapia y regresarse en camión a su empleo.

Sin chistar, Sofía accedió a levantar la nalga de la banqueta y sacó la cartera. El chaparro agarró el celular. El alto, la credencial del IFE y los 500 pesos; la cartera no le gustó.

Los que vieron la acción sacaron palos y persiguieron a los ladrones, pero se les escaparon.

Los vecinos le dijeron a Sofía que esos mismos ladrones andan por ahí cada jueves, pero la policía se asoma poco al barrio y los muchachos tienen los pies muy ligeros.

Sofía, madre soltera y trabajadora de tiempo completo, no ha olvidado lo que le advirtieron sus asaltantes. “Si haces escándalo regresamos a enterrarte el cuchillo”.

Lo malo es que no pudo sacar el trauma el jueves. En vez de ver a la psicóloga vio a un agente del Ministerio Público, porque puso una denuncia: se le hizo sospechoso que se hayan llevado su IFE y no su tarjeta del banco.

Es casi seguro que los asaltantes de Sara y Cornelia, los de los doctores de Justo Sierra y los de Sofía no pisarán nunca los separos. En México sólo se resuelve tres por ciento de los delitos que se denuncian.

Con tanta impunidad, lo que debería sorprendernos es que no haya más delincuencia, ha dicho el investigador en seguridad de la Universidad de Guadalajara, Marcos Pablo Moloeznik.

Contagiada por la tendencia del cambio de país de Sara y Cornelia y de dirección de los médicos le pregunto a Sofía si se piensa mover a alguna parte. “A donde nos vamos a ir todos los de a pie. A la fregada”, responde llena de resentimiento.

Luego de ser víctima de la delincuencia hay formas de resolverlo: algunos pueden cambiar de país, otros sólo de humor para enfrentar los hechos.

FRASE

"Ya no me duele pensar en irme de México, no me da pena ni me siento malinchista".

Sara, víctima de un asalto.

Tapatío

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