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Suplementos | Por: Eduardo Escoto Robledo

Ante todo, gratitud

Clásica

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (15/MAY/2010).- El día de hoy se conmemora en México -como se viene haciendo desde 1918- el Día del Maestro. Es la institucionalización de esta celebración un merecido reconocimiento a todos aquellos que siguen el camino de una profesión de enorme trascendencia, sobre todo en los casos en los que no se repara en sacrificio, ni en la entrega y desinterés que exige, a pesar de lo cual, en muchas ocasiones ve como única recompensa la más insolente ingratitud. Si bien la docencia, como tantas otras cosas en este país, tampoco escapa del intrusismo, al final de cuentas, el tiempo y los frutos obtenidos ponen a cada quien en su lugar.

Claro que esta fecha suele asociarse en primera instancia al ámbito escolar en su acepción más convencional, sin embargo, el agradecimiento que se pretende extender es igualmente válido para todos aquellos artistas que siguieron el llamado de una vocación, que exige cuando es desarrollada correctamente espíritu de servicio, habilidades psicológicas, dedicación y, obviamente, conseguir hacerse con la difícil disposición por compartir. El ámbito musical es en lo particular un claro ejemplo de lo anteriormente expuesto.

En Guadalajara, la educación musical pasó por diferentes etapas. En la época posterior a la fundación de la ciudad, quienes deseaban aprender música lo hacían recibiendo enseñanzas de los miembros de las diferentes órdenes religiosas que llegaron aquí procedentes del Viejo Continente, destacando en esta labor los franciscanos y los agustinos, que enseñaban a los naturales y criollos a cantar, así como a tocar instrumentos como el órgano, lo trompeta, la flauta y el bajón (instrumento renacentista parecido al actual fagot), siguiendo el esquema empleado en el resto de la Colonia.

De esta manera, los alumnos se iban incorporando al servicio musical de las iglesias, aunque es de señalar que la actividad musical en la otrora capital de la Nueva Galicia no tuvo el auge que se vivió en otras ciudades de la Nueva España, quizá debido en gran medida al crecimiento económico más modesto que se tuvo en esta región y que urgía a sus habitantes a ocuparse de actividades más básicas.

Así continuó la enseñanza musical en esta ciudad, dependiendo sobre todo de la actividad de las capillas musicales, que afortunadamente fueron ganando importancia con el correr del tiempo. Los maestros de capilla se encargaban de la dirección artística y la educación de estos grupos en la que los músicos empezaban su formación desde pequeños.

En el siglo XIX, tras la Guerra de Independencia, Guadalajara no contaba con una institución dedicada a la educación musical; no la había heredado del Virreinato y en aquellos momentos de relativa inestabilidad no iba a recibir para tal fin un apoyo oficial. De esta forma, las labores propias de la instrucción musical recaían en aquellos músicos que ejercían la docencia de manera particular, acudiendo al domicilio de sus alumnos o recibiéndoles en su propia casa, llegando en ocasiones a convertirlas en la práctica en los conservatorios que no existían de manera institucional.

Uno de los casos más destacados fue el del maestro José de Jesús González Rubio (c.1800-1875), organista de la catedral tapatía y que, según se cuenta, no dejaba de recibir alumnos a lo largo del día, a quienes instruía en la ejecución de diferentes instrumentos y materias musicales. No era extraño el hecho de que no cobrara por sus servicios, sobre todo a aquellos discípulos de escasos recursos, llegando en el caso de los niños más pobres a darles de comer o a donarles ropa y calzado, además de alojar a muchos de los alumnos que eran enviados de fuera para estudiar con él.

Injustamente, este organista y profesor es más recordado por haber compuesto el conocido “Jarabe tapatío”, pero su labor en favor del arte fue quizá la más importante de su tiempo; fue poseedor de un vasto archivo musical, trabajó como maestro de capilla y formó una orquesta de la que era director, llegando a tener entre sus alumnos más destacados a Clemente Aguirre y a Francisco Godínez, quienes también en su momento se dedicaron entre sus múltiples labores a la docencia de forma particular.

Jesús González Rubio enseñó música también a su hijo Francisco, quien, según noticias de la época, era un muy destacado pianista destinado a alcanzar la fama, además de que ya hacía sus primeros ensayos en cuanto a composición. Sin embargo, para desgracia del medio artístico tapatío y obviamente de manera muy particular para su padre, Francisco moría en 1852 a la edad de 18 años. El escritor Pablo Villaseñor narra un encuentro que tuvo con aquel joven en sus últimos días y cuenta como éste, abatido, le confiaba: “Guadalajara es fatal para los poetas, para los músicos y para los pintores”.

A finales del siglo XIX se funda en la ciudad la Escuela de Artes y Oficios del Estado, en donde se daba un espacio para la enseñanza musical. No obstante, la primera institución educativa dedicada exclusivamente a la música nació en 1907, otra vez como producto del entusiasmo de particulares. Se trataba de la Academia de Música de Guadalajara, fundada por los maestros Benigno de la Torre, Guillermo Michel, José Godínez, Félix Bernardelli y José Rolón.

Se ubicaba esta academia en la calle Pedro Loza, entre Independencia y Juan Manuel. Con el paso del tiempo, Rolón se hizo con el control absoluto sobre las decisiones académicas y ante su crecimiento terminó por transformarla en 1924 en la Escuela Normal de Música de Guadalajara. En 1927 sería reformada por el profesor Tomás Escobedo, quien quedó al frente de la misma cuando Rolón partió hacia Europa.

Digna de mención es también la Academia Serratos, que estuvo en funcionamiento de 1919 a 1936 y era dirigida por el nayarita Ramón Serratos (1895-1973), que trabajaba en la enseñanza del piano al lado de su hermana Guadalupe y de su esposa Aurora Garibay, quienes contaron entre sus alumnos con Áurea Corona y el padre Manuel de Jesús Aréchiga, así como con Consuelo Velázquez.

Corona fundaría después su propia academia de piano -sobra referirse en detalle acerca de su importancia-, mientras que el padre Aréchiga se encargaría de dar vida en 1936 a la Escuela de Música Sacra de la Arquidiócesis de Guadalajara y de conducirla a lo largo de su proceso de consolidación.

Posteriormente, en la década de los años cuarenta, se instituye la Escuela de Bellas Artes, transformada al poco tiempo en la Facultad e incorporada a la Universidad de Guadalajara por instrucciones de José Guadalupe Zuno.

De esta forma, con bases más sólidas que en el pasado, la educación musical es una parte importante de la vida cultural de la ciudad y a pesar de que falta mucho camino por recorrer -por hablar en términos generales-, hay que señalar que, afortunadamente, el espacio de este artículo ha sido insuficiente para referirse en lo particular a tantos artistas que se han dedicado con verdadera vocación a la preponderante labor de la enseñanza y a quienes siempre se debería agradecer.

Tapatío

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