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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Suplementos | Una combinación entre engaño, frustración y baja credibilidad presidencial

Anatomía de una mentira

Una combinación entre engaño, frustración y baja credibilidad presidencial, tiene al país en los bordes de una innegable crisis de gobernabilidad

Por: EL INFORMADOR

El “gasolinazo”, el incremento de hasta dos pesos con 54 centavos del costo de la gasolina, ha desencadenado la cólera. EL INFORMADOR / J. López

El “gasolinazo”, el incremento de hasta dos pesos con 54 centavos del costo de la gasolina, ha desencadenado la cólera. EL INFORMADOR / J. López

GUADALAJARA, JALISCO (08/ENE/2017).- Reza el dicho: la capacidad de empeorar es infinita. Despedimos 2016 con la sensación de que la impopularidad del Gobierno de Enrique Peña Nieto no podía ser más profunda. Tocó fondo, algunos dijeron. Sin embargo, el “gasolinazo”, el incremento de hasta dos pesos con 54 centavos del costo de la gasolina, ha desencadenado la cólera y la indignación de amplios segmentos de la población mexicana. Incluso, las clases medias, pasivas hasta hace algunos días, hoy están dispuestas a manifestarse y a mostrar su repudio ante la decisión más impopular que ha tomado el Presidente en cuatro años. El incremento en los precios de los combustibles democratizó la indignación; el malestar con la actual administración, y con los partidos que apoyaron la medida, no tiene parangón en las últimas dos décadas.  

Pero, ¿qué indigna del gasolinazo? ¿Será una reacción porque ahora nos cuesta cien pesos más llenar nuestro tanque? ¿Es una reacción de las clases medias, híper dependientes del auto? ¿Son los sectores productivos que claman ante la insensibilidad gubernamental en una coyuntura dura de esquivar y contener? ¿Es todo junto? ¿O es la impopularidad de Peña Nieto? ¿Tal vez la mentira y el engaño de un candidato priista que prometió combustibles de baratos y una reforma energética casi mágica?  

El gasolinazo es el derrumbe de un proyecto. Es cierto, antes de la impopular decisión, Peña Nieto demostró que había perdido el timón de mando. La Casa Blanca, Ayotzinapa y el repunte de la violencia, son indicativos del extravío presidencial. Aquél que prometió el proyecto de modernización más ambicioso del país desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, se topó con la densa pared de la realidad. Más que futuro, Peña Nieto comenzó a transpirar pasado y continuidad.  

Sin embargo, a Peña Nieto le quedaba una bala. Tal vez la munición más representativa del priismo: la eficacia. El PRI volvió a Los Pinos en 2012 por el fracaso de la alternancia. El PRI regresó por la inexplicable mímesis que contagió al PAN, desde el foxismo hasta el calderonismo. Los blanquiazules reprodujeron muchos de los vicios que criticaron desde la oposición y, con sus contradicciones, le abrieron la puerta de vuelta al “dinosaurio” que esperaba con abierta calma, el fracaso de los portadores del cambio. El tricolor obtuvo el 38% de los votos no por su transformación democrática o porque los mexicanos consideraran que el PRI había purgado sus excesos desde el banquillo de la oposición, sino por esa histórica narrativa de eficacia que hizo del PRI, siempre una opción. “Podemos ser corruptos, pero ante esta bola de inexpertos, nosotros sí sabemos gobernar”. Durante años, con el PRI en la oposición, escuché a muchísimos tapatíos que decían: con el PRI, esto no pasaría. Ellos sí saben gobernar; saben tomar decisiones.

 La narrativa de eficacia pavimentó el retorno del PRI al poder federal. Un Peña Nieto arrojado y comprometido con una serie de reformas, venció a un López Obrador que no pudo remontar la montaña de negativos que se apilaban frente a él. Peña Nieto fue el reformista, el del cambio sensato y equilibrado. La nostalgia de un pasado, que desde mi punto de vista nunca existió tal como aparece en el imaginario nacional, llevó a los mexicanos a darle a Peña Nieto una segunda oportunidad. El mexiquense se comprometía ante notario: el PRI nunca cambió, pero sabemos gobernar. Ésa es la gran derrota del peñanietismo y es posiblemente el epitafio del PRI tal cual como lo conocemos. El partido de la eficacia, el partido que sabe gobernar, da paso al partido de la ingobernabilidad, la inestabilidad y el fracaso reformista. El núcleo discursivo del PRI se diluye y la estafeta de los “que saben gobernar” les revienta en la cara con los últimos sucesos.  

El gasolinazo provoca tanta indignación por el engaño. Peña Nieto les mintió a los mexicanos, prometió lo que siempre supo que no podía cumplir. Tras la reforma energética, el mexiquense obtuvo un voto de confianza. Les pidió a los mexicanos dejar atrás el modelo público, histórico y arraigado en la identidad nacional, y apostar por la apertura y la competencia. Todo ello, el cambio, atado a un futuro idílico de creación de medio millón de empleos extras en el sexenio, más recursos fiscales para el estado y combustibles más económicos que dinamizaran la estancada competitividad del país. El gasolinazo es la cúspide de una mentira y, por lo tanto, el mazazo más agudo tras una serie de decisiones que desmontaron consensos que tuvimos los mexicanos por décadas-como la irrestricta propiedad pública de los hidrocarburos. La mentira es una de las actitudes más castigadas en democracia, porque rompe el vínculo de confianza entre el ciudadano y su clase política.  

El incremento en los precios de los combustibles también constituye el ocaso de un discurso que alimentó a las precarias clases medias mexicanas por muchos años. El cuento iba más o menos así: ten un trabajo formal, saca un crédito para tener un auto, otro para tener tu casa, vive en los suburbios, llena tu tanque una y otra vez, pasa dos horas en tu auto, que eso es sinónimo de éxito y estatus. Una narrativa de aversión al transporte públicos y sus incomodidades. Exitoso es quien tiene un auto propio, símbolo de la autonomía individual y del desarrollo familiar. La gasolina se convirtió en el elixir del ascenso social y los gasolinazos una afrenta a ese modo de vida. Un discurso que alimentaron los partidos de la alternancia y que hoy nos tiene encerrados en ciudades inundadas de autos y una calidad de vida paupérrima. El régimen cultivó su propia rebelión.  

La indignación por el gasolinazo es, también, la confirmación oficialísima del abismo entre los problemas de la gente y la opulencia de la clase política. Mientras, el gasolinazo se teñía de oficialidad, los diputados votaban a favor de un suculento bono navideño-todos menos los diputados de Morena, MC y el independiente. Votaban por menos dinero para educación pública y recorte al gasto en salud. El representante como verdugo. El representante popular divorciado de la voluntad de las mayorías. El Congreso como una lamentable oficialía de parte de Presidencia.  

Y la reacción de Peña Nieto es sólo la reconfirmación de su falta de reflejos. Primero, el incremento se hace oficial durante su periodo vacacional, que incluía golf en Mazatlán. El episodio es sintomático de la realidad política nacional: el Presidente vacacionando y el país enfrentado desabastecimiento, especulación y un temor inusitado al alza de los combustibles. La prueba de esa brecha insalvable que hoy existe entre el Presidente de la República y el común de los mexicanos. Suspender sus vacaciones y dar la cara oportunamente ante los incrementos, podría haber sido un mensaje de sensibilidad en un momento complicado para el país. El Presidente dio la cara hasta el cuatro de enero de este año, luego de al menos 15 días de inestabilidad y ausencia de liderazgo político.  

Y cuando todos ansiábamos una reacción a la altura de las circunstancias, a un Presidente que anunciara acciones concretas para evitar la inflación y la afectación a la economía popular tras el gasolinazo, el Presidente apeló a la “responsabilidad” y a lo inevitable del aumento. Cuando los mexicanos esperábamos medidas de austeridad para hacer frente a un duro 2017, reducciones de relevancia en los privilegios de la alta burocracia de su administración, Peña Nieto prefirió el traje de polemista y espetó el ahora célebre: ¿tú qué hubieras hecho? Hasta el colmo de culpar a Felipe Calderón del dispendio que significó el subsidio de la gasolina durante su sexenio, interpretación que comparto, pero que sin embargo olvida que José Antonio Meade ha sido secretario de Hacienda en ambos gobiernos-comparte responsabilidad.  

Por último, la indignación es reflejo de la reprobación de un gobernante bajo los criterios que él mismo puso sobre la mesa. Peña Nieto es el verdugo de Peña Nieto. El Presidente se ha convertido en el colmo de la ineficacia no por la habilidad de la oposición o por maniobras tendientes a desestabilizar su administración. “El pez por la boca muere” y el Presidente ató la eficacia de su administración a los precios de la gasolina, la electricidad, el gas y las reformas estructurales que hoy parecen más un asunto enterrado en el pasado, que la constatación de una apuesta de futuro.  

No sabemos cuál será el devenir de la indignación por el gasolinazo. La irritación es palpable, los bloqueos son continuos y nos acercamos a escenarios de franca ingobernabilidad. Brasil ardió con un incremento en el costo del camión y el norte de África por el desempleo y repuntes inflacionarios. Hablar de una “primavera mexicana” es todavía pronto, incluso por la cultura política nacional. Sin embargo, la acumulación de errores en la administración de Peña Nieto abre la puerta a una reconfiguración de las fuerzas políticas de cara al 2018, con un PRI que podría caer a mínimos históricos-incluso por debajo de 2006. La impopularidad del Presidente lo desarma, no puede tomar ninguna decisión para solventar la crisis que tenemos y aún faltan 23 meses para que deje Los Pinos. La demagogia de los precios baratos de la gasolina, hoy se convierte en la pesadilla de ingobernabilidad en el país. El castigo a una mentira que marcará su sexenio.

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