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Lunes, 18 de Noviembre 2019
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Hamlet tenía razón

Por: EL INFORMADOR

El conocido soliloquio de Hamlet sobre “ser o no ser”, trata de las razones que impiden a un ser humano optar por el suicidio, y en consecuencia le llevan a soportar un sinnúmero de situaciones, que, aunque descritas hace varios siglos, parecen ser de ahora y de siempre; entre éstas señaló dos: la insolencia de la burocracia y el juicio prepotente de los ignorantes.
Viene al caso al constatar una y otra vez la persistente idiosincrasia mexicana, sentimental, visceral, obtusa, siempre a punto del fanatismo, bajo las banderas más dispares, exigiendo debates y diálogos que, cuando por fin se dan, rara vez ocurren entre iguales.
En parte la situación es consecuencia del surgimiento de un grupo social que se acreditó con títulos, no necesariamente con conocimientos, lo cual le llevó a una sobrestimación de sí mismo basada en el hecho de haber leído un libro de lo que sea, sin tener las herramientas adecuadas para analizarlo; de guiarse por los comentarios radiofónicos o televisivos de quién sabe quien, sin poseer el suficiente criterio para discernirlos; de asimilar sin discusión la pública opinión, e intentar arraigarse en el mundo de avanzada por el simple afán de ser distintos o superiores; grupo frecuentemente cobijado por un nuevo concepto de izquierda que es banal y hueco, capaz de amparar la corriente que sea, siempre y cuando le reporte votos y curules.
Para hablar de cualquier tema basta con tener boca, y muchas personas suelen cotidianamente dedicarse a ese ejercicio. Para debatir se requiere mucho más, se requiere primeramente un nivel homogéneo de preparación específica para el tema en debate, pero además toda una serie de principios básicos, siendo la honestidad el mayor de todos. Debaten los que buscan la verdad, no los que creen haberla ya encontrado y usan el debate sólo como una estratagema para imponer su punto de vista. Debaten igualmente quienes buscan acuerdos, no complicidades.
En una discusión de fondo se requiere también el antecedente de una educación más amplia que la que brinda la escuela primaria, para entender que “indígena” no es un término peyorativo emparentado con la palabra “indio”; que a una organización públicamente definida como jerárquica, no se le puede reprochar el que no sea democrática; que no se puede defender la educación laica invocando a Benito Juárez, ya que el Benemérito defendió siempre la educación religiosa en la escuela pública; tampoco se puede satisfactoriamente juzgar positiva o negativamente el Tratado de Libre Comercio (TLC) sin haberlo por lo menos leído una vez y tratado de entender las necesarias; que nadie debería quejarse de lo que le pasó, si con bastante anterioridad se le había prevenido que le pasaría; y que usar los derechos propios para atacar los derechos de los demás resulta verdaderamente primitivo.
Pero si como ha dicho conocido político de nuestros días, los debates no deben ser otra cosa que pretextos para lograr otros objetivos, desde luego, ocultos, sale sobrando cualquier consideración sobre las condiciones de la discusión, ya que falta el supuesto esencial: honestidad.

ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO / Licenciado en historia.



    

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